“Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No es el ruido externo lo que nos aturde; es el grito de las pasiones. No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas un medio para acallar la propia algarabía”.

Fernando González Ochoa

domingo, 13 de mayo de 2012

El Ratón

El cerrojo no abría como ya era de esperarse, y la impaciencia se estaba adueñando de su cuerpo, su búsqueda fracasada para encontrar una salida, para encontrar cualquier rastro de libertad había sido en vano, de esta manera se empezaba a hacer la idea de acostumbrarse al encierro y a la privación del mundo externo, pero no podía aceptar que eso fuera cierto, nunca le gustaron los límites, siempre quería caminar mas allá de lo permitido y ahora como pájaro enjaulado con ansias de volar, un momento de impotencia pura lo abrazaba.
Ladrillos grises y húmedos rodean su celda y un leve goteo busca acabar con la poca cordura que le queda. Ruidos de cadenas golpean sus tímpanos, se van y vuelven todavía mas fuertes. Su libertinaje ha sido interrumpido por ellos, ellos lo han privado de su libertad y buscan satisfacción con su locura, ellos esperan a que poco a poco su alma muera y que sus últimos momentos en el mundo sean mas tristes que el hecho de ya tener que estar vivo. De por sí su estado es deplorable y melancólico, su cara sucia, sus ojos perdidos, su espalda curva y sus huesos empiezan a marcarse en su piel, pero para ellos no es suficiente. Ríos de llanto han corrido por sus mejillas, los nostálgicos recuerdos del amor perdido y la amistad pasada carcomen su corazón, pero para ellos no es suficiente.

 Abrazando sus piernas está, su cabeza posa en sus rodillas mientras su cuerpo no se queda quieto, se balancea y vibra como teniendo pequeñas convulsiones que van y vienen. Sus ojos atentamente miran un ratón que con ansias busca sobras de comida al lado de los platos vacíos que descansan junto a la celda, cualquier minúsculo resto manda a su boca y sin haberlo tragado aún ya su nariz y sus pupilas están en la búsqueda de mas, su apetito es ilimitado, es insaciable, es él. 
Con irá, impotencia y desesperación, el hombre pronuncia estas palabras, que hacen eco en los altos muros de concreto:

"¡Oh ratón! qué pocas esperanzas le quedan a alguien como tú, que entre las sobras de los demás buscas la vida, que no sabe que será de su ser el día de mañana y que en sus desventuradas travesías tiene la muerte siempre a su lado, dime ¿quién eres tú para irrumpir en mi soledad?, ¿quién eres para maldecir mi día y mi noche?, ¿para matar las esperanzas que luchan por permanecer a mi lado?". El minúsculo roedor, detiene su actividad para mirarle fijamente, sus ojos le queman el alma y hace que empuñe sus manos con fuerza, tanta así, que de ellas empezaba a brotar un poco de sangre. Cierra fuerte sus ojos, esperando que al abrirlos todo desaparezca, jadea un poco, espera y los abre, para encontrarse con que nada ha cambiado, mismos muros, mismos barrotes y el mismo roedor que ahora ya no lo mira, sino que está de vuelta en su actividad inicial.

"Maldito has de ser, ahora y para siempre, dime ya para qué te muestras en el momento en que me derrumbo para caer en el mundo de las sombras, abandonar mi exánime y desnutrido cuerpo y finalmente fundirme en el todo, para no ser mas", el roedor vuelve a fijar su mirada en el hombre pero esta vez también se dirige hacia él, que yace igual, abrazando sus piernas y con sus ojos desorbitados, pero ahora recostado en el frío y húmedo piso. Los dos se miran fijamente durante horas, largas horas, pero el tiempo ha pasado a ser irreal para estas dos almas perdidas, que se alejan del mundo y ahora todo lo demás pasa a segundo plano. Son sólo ellos dos y sus ojos son el puente que conectan la desgracia del uno con la benevolencia del otro, es como si ya se conocieran de toda la vida y en lo mas profundo sintieran una afinidad tan sorprendente y tan grande que en el insondable interior de cada uno, una felicidad de estupefaciente empieza a surgir. No son diferentes.

De pronto hay amor. De pronto hay amistad y otra vez todo se vuelve oscuro, los muros se materializan con los barrotes de la celda, y el lúgubre y tétrico habitáculo vuelve a ser tan húmedo y frío como antes, o incluso mas. En sus mejillas empiezan a rodar las lágrimas, pero no hay sollozos ni gimoteos, y en su interior nace la confusión de no saber el origen de esas lágrimas, la felicidad o la tristeza, o las dos, o quizás... la propia muerte que le toca el hombro con sus manos gélidas y álgidas. El miedo. 

"Oh amigo, solo tú eres espectador y oyente de mi tragedia, excúseme si mis soeces palabras han ofendido su persona, pero ahora a gritos pido que me libere, que acabe conmigo para ellos puedan sentirse victoriosos por su logro y yo por fin sienta la pura paz. Tú que de lo mas bajo sacas lo mas grande, que encuentras vida en la muerte como los cuervos, dame el placer de morir". Dicho esto, el hombre ve como el roedor no se inmuta y continua impávido con sus pupilas clavadas en él, fuerte viento comienza a entrar por una pequeña ventana y el eco de las cadenas al fondo comienza a hacerse mucho mas fuerte, voces, gritos y suplicas se oyen y el piso empieza a resquebrajarse. Finas grietas suben por los muros, sonidos de cañones a lo lejos en el exterior,  luz y oscuridad en una estroboscópica batalla se pelean la posesión del acontecimiento, todo es estruendos desesperantes.

El hombre observa que el techo empieza a ceder,varias piezas de él caen a su alrededor, los barrotes de la celda están varios en el suelo, debilitados por los estrépitos. Él atina a correr como puede, sale y corre por los esquizofrénicos pasillos en busca de una salida, no hay mucho tiempo, todo cae, la esperanza esta latente ahora mas que nunca, rostros flotantes adornan los pasadizos y lo miran cuidadosamente, pero él solo corre. El miedo le da más energía, ahí está la salida, un gran hoyo con vista al iluminado exterior, "rápido, rápido", piensa. Lo va a lograr, lo logrará, el momento de volver a su feliz pasado ha llegado; da grandes zancadas, mientras un gran bloque del techo cae y da con él, pierde el sentido unos segundos y vuelve en sí, el gran bloque de cemento esta cubriendo desde su espalda a sus pies, mas roca empieza a cubrirlo y siente como su alma hace las maletas y se va desprendiendo del cuerpo burdo. Siente como el peso aumenta proporcional al dolor, siente la humedad de la sangre y su insignificante cuerpo siendo aplastado.

Sus ojos lo vuelven a ver, ahora libre, lo ven por última vez antes de cerrarse para siempre, todavía mirándolo impávido y curioso, todavía apetitoso y sucio, todavía sabio y distante... todavía un pequeño ratón.






1 comentario:

  1. El miedo nos impone limites; ese es el problema. Sin miedo seriamos libres.

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