“Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No es el ruido externo lo que nos aturde; es el grito de las pasiones. No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas un medio para acallar la propia algarabía”.

Fernando González Ochoa

martes, 20 de enero de 2015

Cuando te vi

Te encontré cuando granizo caía violentamente desde un cielo gris y turbio. Cuando te vi estuve muy confundido, confundido como soy yo, como las gaviotas sobre el río. Y perdido, perdido en el mundo, moviéndome con las mareas y las corrientes; ¡Qué oscura era aquella agua!, ¡Qué fría y qué antipática! No era sin embargo la vida misma, sino mi vagabunda mente.

Cuando te vi no noté tus pétalos púrpuras, ni siquiera escuché los llantos de tu piel por los crepúsculos perdidos, por los amaneceres tristes, por eso que estaba inscrito en tu corazón y vagaba en tu sangre. Cuando apareciste fuiste una hoja seca más para el otoño incipiente, una gota más de lluvia, una nube sin color ni fe. Mis ojos no vieron, no captaron que a tu paso reverdecían las pampas y los valles, ni que las montañas lloraban emotivas por esa miel de tu ser. Y que las gralarias compraban más pan que nunca.

Yo era un navegante de aguas dulces, en un bote más amargo que el limón. Pintaba los paisajes de mis tierras, con el alma más descolorida y leve. Componía los cantos que entonaban las golondrinas y los azulejos por las mañanas, ya que yo mismo no tenía voz. Sabrá Dios que nunca mis pasos dejaron huellas, y que los bosques que todos los días visitaba me veían como un completo desconocido.

No sé por dónde remaba cuando la escuché, pero antes que encanto sentí indiferencia. ¡¿Cómo iba yo a saber que entre el carbón había esmeralda?! Yo parafraseé mi destino mientras hoscamente ignoraba la verdad. Recuerdo muy bien que no dejaba dormir al silencio porque los gritos que habían dentro de mí eran desesperantes y agónicos. Eran otros tiempos, pero tengo cicatrices. El ayer no es pasado.

Usted fue una pequeña luciérnaga en la ciénaga de mi noche, tan chica, tan diminuta que valía tanto como la oscuridad y tan poco como la luna. No sé cuándo se convirtió en sol de las playas donde caminaban mis penas, donde entre la arena se filtraba mi vida,y la marea se llevaba mis sueños. Usted, lábil, mucho más que yo y mi mundo.

Yo no sé quién es usted, porque a veces es fuego frío, tierra blanca, columnas de piedra caliza, atardecer y canto. Mis ojos no son suficientes para su paisaje, mis pies son débiles para recorrer sus colinas, sus barrancos y peligros. Mi cuerpo es insignificante ante su presencia. El viaje para conocerla nunca terminará, porque yo mismo soy sólo una llamita al viento, que el viento en un segundo puede acabar. Si camino en sus tierras es probable que muera, y nadie con cordura y con un poco de sentido común realizaría tal barbaridad.
Yo ya estoy caminando.

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