En el manto santo
se esconde al llanto
y aunque no canto, no son
tantos mis desvelados dolores
que predica el atardecer.
Antes fue gloria,
euforia implacable de
fiestas marroquínes,
en bulbosos trajes de olor
a canela.
Su piel sabor a miel,
apegada a mi tan fiel,
díganme quién a puesto el
sabor de su enriquecido corpus.
Grande el que ande por
la pradera y muera
con la fiera del salvaje
y errante amor sabor salmuera;
o acaso fuera nuera de
mi adornado paso,
que escaso y descalzo
se mira el albornoz
terso y raso.
Fuera flor sabor a sol,
si bemol, qué gran control,
sabor amargo y un pavor
que a veces le han llamado amor.
Sube en las nubes,
acaso nunca pude
en aquel cielo y sus clubes
buscar el hielo de mi
vagabundo corazón.
Esa sazón candente al diente,
si cazó fue en oriente,
o tal vez miente porque siente
que su cliente a otro observa.
Pero si no abrí
la puerta al colibrí,
vuela conmigo
y contigo
volará mi abril.
“Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No es el ruido externo lo que nos aturde; es el grito de las pasiones. No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas un medio para acallar la propia algarabía”.
Fernando González Ochoa
Fernando González Ochoa
domingo, 26 de abril de 2015
domingo, 19 de abril de 2015
Índigo
I
II
III
Mientras miraba desde su balcón el enternecido atardecer de aquella tierra llana, pensaba en el rojo del cielo, el carmesí llameante que se entrelazaba con cálidos tonos amarillos y caoba; tal vez el azul dormía tranquilamente y le permitía a estos salir a jugar en la inmensidad inefable del cielo; tal vez el cielo era una zona de batalla entre los colores fríos y cálidos, donde el imperio celeste parecía triunfar en el día; pero caía derrotado en la tarde; y así, aún habiendo salido victoriosos en la tarde, todos morían y el oscurecido color de la noche servía de cuna a las estrellas, los astros, los cometas; quizás sus sueños mismos brillaban; quizás eran luz estelar.
Jugaba su lengua con el vino amargo, que moría con la tarde misma; ¿acaso no sentir dulce lo más amargo cuando la misma noche tiene más luz que el día? Sí, el vino era dulce como nunca, embriagante como siempre, y misterioso; digno guardián de las historias del ayer. Las últimas pinceladas de una tarde mueren siempre con un aire de fresca nostalgia; sin embargo la noche, donde el cielo es un lienzo de oscurecido púrpura, guarda más misterio que los cálidos y vivos colores de un atardecer. Por supuesto, en aquello exquisitamente extasiante, tan sosegador y puro que sólo puede haber sentimiento y que, la razón queda arrinconada en lo más profundo del ser; allí no hay misterio. La noche es otra cosa. Lo observa ya la luna, piensa.
"Nadie puede definir nada", se decía a sí mismo, ya que: "nada está hecho para ser definido, para qué perder el tiempo."
La mujer de pelo castaño (la misma que conoció hace siete años y no veía hace dos) llegó a su apartamento, como habían acordado con anterioridad; dejó su bolso y su abrigo sobre un sillón; aceptó el vino ofrecido y sonrío con el primer trago. Ella lo sabía y él claramente también, Le Montrachet, DRC 1966, aquel que ella mencionó alguna vez como el vino más exquisito que por sus labios había llegado a correr. Se sentaron en una mesa, frente a frente, con la noche abrazándolos. ¡Ay noche, si hablaras!
-¿Cómo vas con eso? -preguntó inquisitiva; con una una sonrisa curiosa pero discreta.
Él miró al suelo sonriendo y en su rostro se veía que la pregunta era esperada, no lo cogía por sorpresa.
-Va y no va. Creo que no puede haber nada como escribir para que uno se de cuenta de que su propia identidad está perdida en la de los demás. Para que en sus oraciones se impresione al darse cuenta de que lo que uno llama originalidad literaria es simplemente una burda y muy fingida copia de aquel escritor que más nos gusta, o acaso una mixtura de quienes más nos conmueven y más nos tocan. Pareciera que para escribir habría primero que saber actuar, para poder personificar con tanta precisión como sea posible a aquel que con sus versos hace que nuestro mundo ondule, se transforme, se embellezca, muera y vuelva a renacer.
La mujer del pelo castaño no dejo de esbozar una sonrisa y él la miraba. Un momento, ¿qué era esa sonrisa? Esa sonrisa, pensaba él, no tenía ni la más mínima pizca de felicidad ni alegría; podía ser una sonrisa de malicioso rencor o incluso de burla. Se le pasó la idea de que era una sonrisa de picardía, con el sello de la coquetería notablemente marcado; esas sonrisas que esconden los deseos de un futuro cálido y carmesí como el cielo del atardecer; pero con la locura de cómplice. Por supuesto, claro que eso debía ser, ella lo deseaba profundamente; quería hacerse de él y entregarse en la desnudez, entregar su pasión sensual, mientras cansada y envuelta en sudor caía entre las sábanas a su lado, con sus cuerpos más cuerpos que nunca. Dulce sabor de la piel deseada.
Por supuesto que esa sonrisa no ocultaba ningún deseo carnal ni mucho menos; ninguna coquetería ni deseo en absoluto. No es que no fuera atractivo, ni que para sus bellos ojos de mujer su ser fuera tan vano como la hojarasca; gustaba de él; pero, precisamente esa sonrisa no. Era una sonrisa compasiva, más maternal imposible; porque por un momento (y sin que ella misma diera cuenta de ello) lo vio como un niño pequeño; indefenso ante el mundo y sus atrocidades; tierno, infantilmente tierno e impotente; sin nada qué hacer frente a lo desconocido; incapaz de velar por su propio bienestar en un mundo frívolo y tosco. Era un niño a la deriva de las multitudes, que ve la adultez como la más lejana de sus realidades.
En la mesa había un libro abierto con la compilación de las obras de Poe; plasmado en negrilla sobre la parte superior de la hoja grabado un título, El pozo y el péndulo. Al lado del libro, una pluma sobre una hoja llena de notas yacía expectante a que la fluidez literaria continuara tocando su piel pálida mientras le realizaba hermosas caricias que se convertirían en historia, sentimiento y hasta en la vida misma. Diríase que era un analista literario empedernido; pero para nosotros será un lector que aspira a que su escritura se asimile a la exquisitez literaria. Es pues, un hombre que ansía lo que no ha sido y que su carencia lo angustia; aunque triste pareciera, es un hombre de una búsqueda sin fin.
-Diríase que has pasado toda tu vida buscándote -dijo inquiriente la mujer de pelo castaño; con una simpatía discreta e innegablemente, atractiva.
-Diríase que voy en círculos -dijo sonriente. Miró hacia afuera, la luna seguía espiándolos y los astros titilaban juguetones. La volvió a mirar a ella a los ojos, negros como el carbón, oscurecidos como la noche.-¿Cómo salió todo?.
La mujer de pelo castaño dando un trago largo puso el vaso en la mesa; comenzó a contarle sobre el debate que se había armado en el salón de conferencias cuando un estudiante, altivo y reacio, afirmó que la vida era un tiempo tan corto y leve que, todos los trabajos literarios estaban muertos mucho antes de su concepción; porque aunque las ideas sean de vida más larga, en algún momento habrán de perecer. Los opositores manifestaron que la vida era pasajera pero el pensamiento eterno, y nada podría acabar con las ideas, porque: "aunque se quemen los libros y no quede pista de la Historia, las ideas y los pensamientos siempre estarán flotando, más vivos que nunca, más grandes que nunca. Porque la Historia es más que libros y pinturas."
A medida que hablaba se notaba su excitación por el tema; pues cada vez se emocionaba aún más mientras el relato se iba estructurando; que las ideas de Sartre; que Levi Strauss; que otros hombres de los que jamás había él en su vida escuchado. Le parecía un mundo ajeno; aunque por dentro se decía que debían ser aquellos los que están construyendo la Historia, y no lo eran los que se sentaban en las terrazas a apreciar el atardecer. Porque a los ojos de la Historia, los sensibles no llegan a ser ni la sombra de su visión del mundo, y desaparecen de un modo tan sorprendente que, pareciera que nunca anduvieron por las calles, nunca respiraron en el mundo, nunca fueron más que un alma invisible hasta para sí mismos. "Sí, pero en sus obras está su grandeza. El reconocimiento de los demás vale un cuerno. La grandeza no tiene nada que ver con la fama."
Por lo demás, estuvieron hablando un rato largo de sus propias vidas; o más bien, estaban alimentándose de la vida ajena, con tanto gusto, con tanto placer que no dieron cuenta de que la medianoche había pasado hacía poco tiempo. Y, cuando los tragos se hicieron del dominio de la situación, y la luna miraba más despierta que nunca; él la levantó de su silla y la besó en los labios. Después se quedaron mirándose frente a frente; él con la manos sobre su rostro femenino; ella, liviana y frágil como el algodón. Se dio cuenta de que estaba excitado y en su pantalón, la manifestación tácita de la condición de su cuerpo se alzaba como las columnas de las edificaciones; apuntando hacia aquel abdomen, tierra cálida para las batallas carnales y los estrépitos del libido.
Ella posó su mano sobre aquella columna aupada; una atalaya dura como el mármol; la apretó y sintió como una corriente de energía le recorría todo el cuerpo y hacía que se le erizara piel. Él, avivado por su acción, le arrancó su blusa y su sostén con agresiva pero hábil destreza. Comenzó a besar sus senos; cálidas montañas, dulces como el almíbar. Sus respiraciones aumentaban en volumen y frecuencia. Al rato, la mujer del pelo castaño tenía su sexo húmedo y llameante; mientras, en su mano, ahora sentía la superficie desnuda se aquella columna. Sí, tan dura como el mármol.
En un impulso libidinal, la empujó contra el sofá de la sala, le arrancó las bragas y aventándose como contendiente de una justa medieval, penetró con su lanza en las profundidades carnosas del cuerpo femenino que ahora, en medio de contracciones musculares gritaba: !ay, ay! Los gemidos se apoderaron del aposento mientras rítmicamente aquel hombre que hasta hace unos momentos había sido un pobre niño a la deriva de las multidudes, ahora penetraba con impetuoso placer a la mujer del pelo castaño; la misma que hasta hace unos momentos lo vio con compasión maternal y que, ahora se escuchaba gritando: ¡ay, ay! ¡Sí, así!
¿Y la luna? Siempre atenta, nunca paró de observar. Aquella mujer, cuyas nalgas se juntaban violentamente, rítmicamente y con un admirable sincronismo contra el sexo de aquel hombre; aquella mujer del vino del 66 y de los debates en la universidad sobre Sartre; era más de la noche que de cualquier hombre. Así es. La luna no lo observaba a él ni a sus sueños y aspiraciones, sus tonterías literarias o sus aptitudes; ¡qué va! La luna la mira a ella, siempre a ella; la mujer nictófila, veraz, inquisitiva y tajante; la misma que gime mientras su cuerpo se estremece y grita: !ay sí! !Sí!
Después de los espasmos mutuos y la culminación entre gritos de placer, cayeron abrazados el uno al otro; así, los acarició el aire fresco de la madrugada y cayeron en un sueño profundo, terso, delicado. Así, entrelazados, los observó el sol saliente.
Veamos entonces lo hermoso de la situación, más allá de carnal poética: era el hombre del atardecer, de las pinceladas carmesíes en el cielo; del naranja que juega a ser magenta y caoba; de las batallas de los colores cálidos que triunfantes se apoderan del reino de los cielos cuando cae la tarde; entrelazado en el acto amoroso (sí, amoroso) con la mujer de la noche: hija de la luna y el cielo oscurecido, descendiente del misterio noctívago, de caminar noctámbulo y visión hipnótica. Ella, la dama que encarna a Nicte en la tierra. Él, el hombre que encarna a Urano. Ellos, un mundo. Nosotros, espectadores.
II
Abrió la puerta y respiró el aire fresco de su nuevo apartamento; dejó sus cosas en el cuarto y fue a la cocina; hizo café, y lo bebió desde uno de los atractivos más grandes del lugar: la terraza.
Un país nuevo, una vida nueva quizás, un mundo de posibilidades a su alcance: hace poco le ofrecieron trabajo en la editorial del pueblo; para un libro, quizás dos. Pero no la tomó; optó por ser columnista del periódico de la ciudad; no pagaban una fortuna, pero un soltero podía vivir muy bien con aquella suma. Hay que aclarar que nunca creyó que fuera mejor ser columnista de un periódico en donde la mayoría de la gente sólo lee los titulares y ve las imágenes; nunca creyó que sus opiniones sobre la situación política y económica del país fueran más valiosas que sus sentimientos puestos en las letras de un poema, una novela o un cuento. Si rechazó aquel trabajo no fue porque prefería la idea de ser periodista; sino más bien porque le aterrorizaba la idea de asumir su papel de escritor, de poeta, de novelista y cuentero; sentía un peso gigante sobre sus hombros, y no sabía si podría aguantar mucho ese peso. Así, eligió un trabajo estable, donde la opinión de sus columnas era la opinión del periódico, que al final era la opinión del estado; así mismo, es fácil escribir sobre las ideas de los demás cuando ni siquiera se entiende bien cuáles son las propias. Aquella fue la primera vez que se traicionó así mismo.
Cuando era niño, creía que la vida de los adultos era maravillosa; porque eran ellos los que vivían el mundo real, enfrentaban problemas reales y peleaban con gente real. Nunca dejó de lado su fascinación por las cosas de su alrededor y (siendo un niño) reconocía el importante valor de dicha capacidad de sorpresa; pero nunca abandonó la añoranza de vivir en ese mundo donde las cosas verdaderamente están sucediendo. En realidad, el día de hoy, sigue añorando ese mundo.
Mamá le ayudó para que se fuera del país; allá la situación no era la mejor y para qué arriesgarse a morir cuando pareciera que no se ha estado existiendo; porque (así lo creía él) tenía un increíble potencial para desplegar cosas maravillosas; pero esas cosas aún no existían, sólo flotaban en el aire como las ideas eternas de los opositores de aquel debate universitario.
Por lo demás, se fue y llegó a un país que le deparaba más; pero por supuesto, aquí a la oposición no la estaban desapareciendo ni agarrando a tiros como en su país; aquí el aire era menos denso. Lo primero que hizo una vez instalado en su apartamento fue buscar unos libros en la biblioteca: "a muchos nos gusta visitar otros mundos a través de la negra tinta que yace sobre celulosa". El día estaba frío en esa tarde blanquecina y nublada; llevaba un terso gabán que le dio el abuelo; una bufanda vieja que le dio su madre; y finalmente, una boina que heredó de su padre. ¡Su familia estaba grabada hasta en su ropa! Los pantalones, esos sí los había comprado él.
En la biblioteca tomó cuatro libros que llamaron su atención y se sentó en una mesa a ojearlos; no había mucha gente en esos momentos (!quién se dignaba a ir a una biblioteca con ese gélido atardecer afuera!). En su mesa, una larga mesa con varios asientos, habían tres personas: una chica joven leyendo; una mujer madura que, al igual que él ojeaba unos libros; y un señor de edad entrada, con semblante recio y aura de sabiduría, experiencia y una vida de desengaños; que incluso la pipa que se posaba en su boca escupía en ese humo todas las penas malditas de un pasado atroz; aquel hombre tenía un libro abierto en la mesa, pero miraba por la ventana (ya había comenzado a llover) como si quisiera agarrar los recuerdos que con insistencia se intentaban alejar de él.
Comenzó a ojear el tercer libro, deleitándose con pureza; tanto así que, sin que pudiera controlarlo, se le salió un susurro que le venía del alma: "!Ay Victor Hugo! Habría que estar muerto para no amarte." Miró con deleite las letras pero inmediatamente dio cuenta de que había irrumpido en el silencio del lugar; miró con vergüenza a sus compañeros de mesa. La mujer madura no lo había escuchado; el señor de edad lo miró con una sonrisa y le dijo con satisfacción cansada, "Amén", y volvió a su libro abierto. La chica lo miró con gesto de confusión, casi que de molestia; sintió que el leve reconforte que le había convidado la amigable complicidad del señor de edad se desvanecía y lo invadía incluso más pena que antes. La chica se levantó de su asiento con su libro y caminó en su dirección; "!Dios! ¡Qué vergüenza!". La chica caminaba con una extraña seguridad y cuando llegó hasta él, y éste espero su reprimenda; ella sonrió, esa sonrisa ya la hemos visto; comenzó a hablarle de Victor Hugo. Él no lo podía creer, por un momento no escuchó bien sus palabras debido al impacto de lo sucedido; pero inmediatamente se hizo parte de la situación y comenzó una hermosa conversación sobre el romanticismo francés.
Hablaron un buen rato. Y cuando ya caía la noche, él la invitó a cenar; ella, aceptó contenta y los dos salieron acariciados por el aire gélido, no de la tarde, sino de la noche.
Allí cenaron sin parar de hablar, era tan bello mirarlos; de verdad, era tan bello mirarlos. Porque eran niños, eran dos niños pequeños hablando como adultos; su palabras bailaban y cantaban; sus ojos se iluminaban y sus sonrisas... !Ay sus sonrisas! Sobra decir que el vino que tomaron era el favorito de la chica; no nos sorprende: Montrachet, DRC 1966. Aquella fue una hermosa velada, y más bello aún era el hecho de que fue Victor Hugo quien los presentó, !pero es que los poetas nunca se han muerto! !Todavía escriben sus poemas!
Cuando llegó a su casa, tenía una hermosa sensación por su cuerpo. Arrojó el peso de su vestimenta sobre el sofá y se derrumbó en su cama. Sintió una dulce gracia al caer en cuenta de que no trajo ninguno de los libros que se había ido a traer; ni siquiera le importó; "tengo todo el tiempo del mundo."
III
Se levantaron al medio día, cuando el sol estaba más alto en el cielo; se sonrieron mutuamente e hicieron el desayuno; huevos revueltos con tocino y un vaso de chocolate caliente. Ella tenía puesta una camisa leñadora que él le había prestado y que le daba un aire de tierna belleza; de fresca juventud.
―¿Cuál es el itinerario? ―le preguntó dudoso.
―Mañana tengo que tomar mi vuelo a Londres a las diez y cuarto de la mañana. Estaré las cuatro semanas dictando las conferencias e incluso es posible que en Escocia pueda realizar alguna. No estoy muy segura. ¿Has estado en Edimburgo, verdad?
—Algún tiempo con la familia de mi padre, pero eso hace ya mucho tiempo. Era sólo un niño.
Ella sonrío.
—Pues allá mismo.
Él se tomó un momento para pensar y habló.
—No sabía que allá existiera interés por el pensamiento de Heidegger.
—Realmente la posibilidad de dictar la conferencia está dada por un grupo de jóvenes que se reconocen así mismos como seguidores del pensamiento de Ortega y Gasset.
—Los brazos de Husserl llegan hasta nuestra época.
—Así parece —dijo mirando por la ventana, mirando en el horizonte el alcance de las acciones de un hombre.
La mujer del pelo castaño, aquella misma que siendo una chica se le acercó hace años en una biblioteca para hablarle de Victor Hugo, le explicó toda la estructuración del viaje que, con motivos académicos, realizaba al Reino Unido. Al final se dieron un abrazo y él la despidió en la entrada de su casa; se prometieron otro encuentro a su regreso; y así, sin más, ella se marchó.
Él se sentó en su mesa y trajo cerca de sí aquel libro de la obra de Poe. Comenzó a leer la obra que tenía separada y a tomar notas; escribía todas las citas que más lo conmovían; razonaba el pensamiento del personaje; se imaginaba como él, a oscuras y con la muerte a su lado; y admiraba la riqueza del vocabulario y lo profundo y lúgubre de aquel relato; tenía un sabor amargo pero delicado, fuerte pero sutil; todo lo que él siempre había querido escribir y no había escrito aún.
Podría pensarse que nuestro personaje se pierde en la añoranza de lo que aún no tiene; !pero por supuesto! Ese sello está fuertemente marcado en su ser y en toda su vida. Añorar es su actividad característica; es el hombre de los mil sueños; el hijo de la esperanza.
IV
Para la mujer del pelo castaño la vida es una exquisita oportunidad de conocer; los paisajes, las obras de arte y la gente son mundos profundos, con su propia estructuración y semántica; estos, pueden ser comprendidos sólo con los ojos de la curiosidad infantil; aquella que es pura y que no se ha destrozado al entrar en el mundo de los adultos. Ella habla con seguridad y convicción sobre su pensamiento y sus ideas; pero escucha tan sumisa y dócil que es una oyente ejemplar.
Para la mujer del pelo castaño la vida es una exquisita oportunidad. Cuando era niña su padre la llevó al museo de arte moderno y le enseñaba las pinturas; hablaba sobre el color, la técnica y la Historia que se escondía detrás de cada pincelada. Podría pensarse que una niña no podría entender aquello y que eso es tema de los adultos; pero, esas palabras llenaban de tanto ánimo a la niña que aunque su significado fuera desconocido, su efecto era claro; fuerte y claro. Miraba como su padre se ensimismaba hablando de la Historia y ella se quedaba impávida observándolo. Qué gran hombre era su padre, aquel hombre hablaba con gran pasión sobre las guerras, los conflictos, las tragedias y la esperanza que no moría en el pueblo; sobre los artistas exiliados de sus tierras por su pensar rebelde; sobre los familiares que desaparecieron y nunca más volvieron a aparecer; sobre tantas cosas que se podría decir sin mucho temor a equivocarnos que, aquel hombre era un libro de sucesos. Y así, ella se alimentó de aquel hombre que admiraba y que verdaderamente, amaba con todas las fuerzas de su alma.
Para la mujer de pelo castaño la muerte no es ninguna pesadumbre, nada por qué sentir miedo ni lamentarse. Claro que ha llorado por la muerte; cuando murió su padre sus lágrimas cayeron como una fuerte tormenta sobre su almohada y aquel fue tal vez el llanto más desesperado que su vida llegó a experimentar; pero, de igual manera sentía una satisfactoria alegría, porque su padre se marchaba al mundo de la Historia de la que tanto hablaba; quizás a encontrarse con aquellos familiares desaparecidos y a reír con viejos amigos que hace mucho tiempo habíanse marchado. Su padre partía a la Historia, y para ella, la Historia es lo más bello y valioso del mundo. De esta manera, vio como su padre volaba con las alas de muerte, esbozando una sonrisa, desvaneciéndose en el viento, a la refulgente figura de la Historia.
Eso es la muerte para la mujer de pelo castaño: "la entrada en la Historia". La muerte es bellísima.
Para la mujer de pelo castaño la vida es una exquisita oportunidad para prepararse para la Historia.
Son tan diferentes. Son tan pero tan diferentes, pero comparten algo mutuo, algo tan puro como el agua: son apreciadores del mundo y de la vida.
Para él la muerte es avasalladora; la muerte es el final de las cosas y es el final de todo; la muerte está acechando calladamente cada acción, cada pensar, cada sueño. La vida pasa demasiado rápido y tiene que aprovechar todo el tiempo posible para que su vida no haya sido en vano; sí, para él la muerte es aterradora y lo sabe; sabe que la búsqueda de sus obras es dejar los restos de sí mismo en la tierra; aquellos que ni siquiera la muerte maldita se podrá llevar; porque estarán muy por encima de la muerte, del bien y del mal, y se elevarán hacia el infinito iluminadas por el finito sol.
Pero esas obras aún están en su mente y en sus sueños; aún es la sombra de lo que quiere ser; sin embargo, entre su angustia y su pena, es prolífico; y hay días en que ha escrito tanto que la luna se va unos momentos y cuando vuelve, él sigue allí; con una máquina de escribir, dibujando su retrato en prosa.
V
—Es muy bonito tu apartamento.
—Eso es porque hay poca luz y no puedes ver mucho —dijo con sonrisa traviesa.
Ella río y volvió a acomodar su cabeza en su pecho desnudo.
Hubo un silencio hermoso por el que vagaban sus recuerdos entrelazados, lo que ha sido, lo que es y lo que será algún día; en esa habitación, merodeando entre las paredes estaban las ninfas, ondinas, dríadas con su mudo cantar. En la casa del poeta, la poesía está hasta en las paredes. Con su cabeza reposando en el pecho, como reposa la montaña sobre la greda que sirve de cuna para la vida. Él, dominado por su alma rompió el silencio con su voz templada y mañanera.
—Imagínate un mundo —comenzó—donde todos tuviéramos los ojos vendados seis de los siete días de la semana. Imagínate que todos viviéramos a lado de los más hermosos paisajes que la naturaleza puede ofrecer, con las aves cantando y el sonido del agua deslizándose entre nuestras vidas. Imagínate un vasto océano azul que esconde un mundo marino donde florece la vida que crea las mareas y oleajes. Imagínate un cielo más hermoso que nunca, donde las nubes juegan a ser objetos del día a día y se desvanecen para rehacerse nuevamente. Imagínate que todo eso estuviera a nuestro alrededor; pero tenemos los ojos vendados seis de los siete días de la semana. Ahora, ¿cómo crees que sería el día en que no tenemos la venda puesta?
Ella respondió sin pensarlo mucho.
—Maravilloso.
—Exacto, sería maravilloso. Todo lo que nos rodea tomaría un valor gigante para nosotros. Miraríamos los atardeceres con un deleite inefable. Oiríamos el sonido melifluo del agua y sólo eso nos haría sonreír. El verde de la naturaleza se haría inspiración de artistas y poetas. Todos valorarían su alrededor. Y en esos días cuando las vendas estén sobre nuestros ojos no haremos más que ansiar lo que sólo podemos disfrutar un día. Ahora, imagínate que sólo una vez al año nos quitaran la venda. ¿Cómo crees que sería ese día?
Animada por la imagen y la emoción que recorría su cuerpo, no pudo evitar ocultar una animada sonrisa.
—¡Sublime! —gritó alterada.
Él continúo extasiado.
—Claro que sí. Los días en la oscuridad serían martirizantes y seríamos seres del tacto. Pero qué tal si nos hubieran mostrado lo hermoso que es el mundo, los paisajes, las obras de arte y el universo infinito. Y que un día nos pusieran la venda y se nos dijera que en veinte años podremos gozar de un día (y sería el último) sin la venda. Veríamos por última vez los paisajes, el azul celeste, los astros, la noche, la lluvia, las nubes, las plantas, el océano, los lagos y ríos, y el cuerpo lábil de la persona amada. ¡Ay cómo sería esa vida!
Ella conmovida y sin sonreír dejó caer una lágrima.
—Sería el día más hermoso de nuestras vidas—dejó salir.
Él puso su mano en su rostro femenino, sin acariciarla, sólo la dejó puesta allí y sintió la exquisita humedad de la lágrima de una mujer; aquel néctar que podía acabar con un alma y revivirla otra vez. La besó, comenzó a acariciarla toda, y le hizo el amor otra vez.
Allí estuvieron un rato, hasta que se levantaron y se fueron a hacer el desayuno; pues ella tenía que realizar los preparativos de su viaje, mañana se iba a para Londres.
VI
Se podría decir que estos saltos temporales son de lo más confuso y que no tiene lugar una historia sin un tiempo lineal; pero, si el tiempo es absoluto en nuestra vida y no puede ser alterado por nuestras acciones; en este texto el tiempo se mueve de un lado a otro, como el péndulo del reloj. Y pueden escribirse hojas largas sobre los personajes que hemos creado y que han hablado de sus vidas. Pero nos tomaremos el atrevimiento de acabar con esto pronto, no porque no haya más que escribir, sino porque no es el lugar ni el momento para contarles sobre los acontecimientos venideros por los que tuvieron que atravesar nuestros personajes. Es, y me puedo avergonzar un poco, imposible para mí, escribir con la delicadeza necesaria todo lo que aconteció después en las vidas del hombre del atardecer y la mujer del pelo castaño; sin embargo, permítaseme admitir que lo más hermoso de todo es imposible anexarlo en sólo letras y que lo que pasó durante el tiempo que ella se fue a Londres a pesar de dar un marco mucho más exacto de la naturaleza que los abraza, se me escapa por ahora. Porque las historias no se inventan, se cazan. De esta manera, prosigamos.
VII
Por lo demás, ella murió en Edimburgo en la última semana de su visita al Reino Unido y él nunca la pudo volver a ver. Pero vamos unos días atrás.
En la que sería su última semana de vida, se la pasó planeando entusiasta su conferencia en Edimburgo (¡había resultado!). Un día, salió a pasear por la ciudad mientras admiraba la arquitectura de los edificios grandes que se levantaban e intentaban tocar el cielo; pero no, no era como New York; aquí la intención no era acariciar las nubes sino realizar las construcciones más bellas que hicieran honor a la Historia. Y ella, dócil, sumisa, no dejaba de amar la Ciudad Vieja de Edimburgo con sus edificaciones de aire antiguo y el olor de los hombres que hace mucho ya que habían dejado de existir como cuerpo y que ahora, resonaban en las calles. Aquellas edificaciones guardaban su aire medieval y le atraían como el néctar al colibrí; hipnotizada la hipnotizante, paseó por la Catedral de Saint Giles y se dirigió al Castillo de Edimburgo, en Castle Rock. Allí contempló la vista de la ciudad y recordó a su padre, moviéndose con el viento en todos los lugares donde la Historia tenía su nombre bien marcado. Recordó al hombre del atardecer que conoció en la biblioteca hace unos años y se dio cuenta de que, aunque nunca amaría a nadie como a su padre, le encantaría pasar el resto de sus días con alguien que fuera capaz con sus locuras, con sus ingeniosos inventos y con sus fantasías, hacer derramar lágrimas por su rostro. Ella lo ama. Él se muere por ella.
Justamente había venido a Edimburgo con una intención detrás de su deber académico. Visitó el cementerio de la ciudad, ¡qué bello era aquél! Los cementerios siempre le habían llamado la atención; ¿acaso no hay en ellos un aire de indescriptible serenidad? ¿Acaso no es precisamente el cementerio las puertas al mundo de la Historia? ¿Acaso no estaban allí los restos de los abuelos del hombre del atardecer? Sí, era importante para ella, sentía que era tocar su más profundo pasado y lo más íntimo y puro de sus raíces. Y, si había decidido pasar el resto de sus días con aquel hombre, tenía que mirar lo más profundo de su pasado, de mucho antes incluso de que hubiera sido concebido. Sabía que las huellas de su vida infantil habían quedado grabadas en los rostros de sus abuelos, aquellos más históricos que su padre historiador.
En el cementerio, precisamente cuando el cielo se hacía naranja en el atardecer escocés; encontró las tumbas de los abuelos del hombre del atardecer. Lápidas de alabastro con sus nombres grabados con un negro igual al de sus ojos; sí, ella ya estaba predestinada a estar con él, porque la misma Historia había puesto sus huellas en las raíces del hombre que conocería mucho después, cuando por la acción del entrometido de Victor Hugo, se cruzaron. ¡Pero qué va! ¡Si Victor Hugo ya murió hace mucho tiempo! El amor por la vida y el mundo era quien verdaderamente los había presentado; pero el amor por la vida se puede llamar Pedro, Pablo, Andrés y porqué no, Victor Hugo.
Acarició las lápidas y leyó un grabado en la tumba que correspondía a la abuela del hombre, aquí duerme la semilla que hizo florecer el mundo, y como sí se hubiese confabulado la naturaleza, al terminar de leer el grabado la golpeó un viento fuerte y fresco que llevó consigo las hojas y los pétalos de los árboles florecidos. Era el pasado hablándole al presente. Era ella besando las raíces del hombre que se sienta con una copa de vino a apreciar el atardecer, mientras espera que caiga la noche y le traiga su hija, Nicte.
Volvía con un aura de energía renovadora hacia el hotel donde se hospedaba, la vida le daba un sí. Caminaba cuando ya la noche había entrado y la luna la observaba como fiel vigilante de su hermosa figura, su hermoso aura y su inocente distracción. Llegó a la habitación de su hotel, se sirvió vino (éste era del 68) y bebió mientras desde el amplio vitral de su hotel, la ciudad prendía las luces que no le daba el sol, y por las calles desoladas pasaban fantasmales los guerreros, los artistas, los obreros y viajeros del ayer. Hay tanto que contar sobre lo que allí andaba. Historias hay muchas, escritores pocos.
Mientras la mujer del pelo castaño mira la Historia a través de la ciudad; el hombre que se sienta a mirar el atardecer terminó su poema y satisfecho sonríe para sí mismo; porque cuando el hombre se ve así mismo dibujado en letras e imágenes, la magia que lo eleva hace que se sienta tan grande como el mundo; sedoso, leve como los tépalos de los lirios, colorido como los pétalos, discreto como los sépalos; ¡ay, uno se hace florecer! Qué bellos son sus versos, qué grande es su lírica, qué alto está su ser que mira desde las lejanías caminar a la gente fría y gris. Qué grande es su corazón que escribe los versos por él.
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VIII
Kristóf Liszt se acaricia la barba al lado de la cocina, procurando recordar todo lo que hace falta por hacer. Mañana vendrán a inspeccionar la casa y asegurarse de que todo ande bien con ella; él ha hecho todos los arreglos que recuerda y se mudará muy pronto a su natal Budapest. Tiene varias cajas dispuestas en la sala, llenas hasta el tope con sus cosas (tiene demasiados libros), muchas de ellas se las va a dejar a su vecino, quien comentó que le vendrían bien algunas herramientas, y éste le prometió regalarle las suyas cuando se fuera. Además de algunos libros y electrodomésticos que también iba a regalar, dejaba las pinturas que le había regalado un amigo cercano, que al parecer era muy cercano de József Róna, y este último le había otorgado algunas de sus pinturas.
Dirán ustedes que József nunca fue pintor, porque se la pasaba con sus esculturas y estatuas. Pero joven, muy joven, cuando no era absolutamente nadie, hizo unos cuantos cuadros de los que nadie supo jamás. Él los había dejado a su amigo cuando su carrera comenzó a tener gran éxito como escultor; pero éste, aunque valorando el gesto, no era muy fanático del arte y prefirió en cambio donárselos a alguien que la disfrutara más. Y allí, con su barba y su tierna mirada; con su mano siempre en la mandíbula en gesto pensativo; con su figura robusta e imponente; allí estaba Kristóf.
Si dejaba las pinturas no era porque no le gustarán más, ni porque ya hubieran perdido su magia; porque una obra de arte no es como un limón que se exprime hasta quedar sin zumo; no, la obra de arte permanece con la magia que fue concebida. Esta vez simplemente, sintió que aquellas pinturas no le pertenecían, sino que siempre habían estado aquí; y si aquí era su hogar, pues aquí deberían de quedarse. Llevaba ya unos veintidós años en esa casa, y desde que le habían dado aquellos cuadros, las paredes del hogar se volvieron pintorescas y gloriosas, llenas de vida y color. Si tan solo el joven József nunca hubiera abandonado la pintura.
Kristóf, dando un respiro miró hacia su alrededor e intentó evocar todos los recuerdos que alguna vez habían quedado grabados en las paredes, la alfombra, los muebles y en su propia piel. Para Kristóf los recuerdos son como una dulce cerveza: embriagantes, exquisitos, un elixir de pasado que pasando frío y efervescente por su garganta, lo ajuma y lo convierte en jumo sin rumbo. Kristóf recuerda a sus amantes y se pregunta por dónde vagaran los cuerpos en que él alguna vez caminó; si tal vez ya no harán parte del mundo como carne sólida y vuelan sosegadas en el aire; si ya sólo viven en los recuerdos de su mente y nunca nadie volvió a acordarse de ellas; como si de no ser por él, podría parecer que sus pasos por el mundo habían sido en vano y se fueron tan fugazmente que nadie se dio cuenta de que alguna vez llegaron. Pero nadie sale incólume de su vida, porque nuestros restos siempre estarán por donde pisamos con más dureza.
Kristóf pasa por aquella edad donde ni sus propios años saben si están ancianos o todavía son de adulto maduro; sólo saben el peso que han tenido que soportar y que el tiempo les ha dado a cuidar. Hace algunos años que dejó de encontrarse con sus amantes; quería tomarse un descanso de aquella vida que él no había elegido sino que lo había elegido a él; un descanso que (sin saberlo él) duraría hasta el resto de sus días. Pero él no es un hombre de tristezas ni melancolía; él no es un nostálgico que en su versión más romántica ansía desesperadamente el mundo del ayer; él no llora por lo que le ha pasado ni por lo que nunca le pasó y ya nunca le podrá pasar. Es un hombre callado, que siempre se ve con una mano acariciándole la barba; mientras mirando al ocaso, está absorto en sus pensamientos.
Salió de su residencia con un caminar tranquilo y bonachón; con la vista en el cielo espiaba sin mucho disimulo a las nubes y las veía moverse sin prisa, disfrutando el momento y disfrutándose así mismas. Se parecían tanto a él: calladas, tranquilas, inconspicuas, blanquecinas como la nieve y en una simpática armonía con el celeste azulado. Se hablaban en silencio y era la conversación más hermosa del mundo. Y así, siguiendo sus pasos, lo acompañaron mientras caminaba por la acera.
No habrá pasado mucho tiempo cuando llegó al café. Allí lo esperaba Luka. Todas la semanas, desde hace veinte años, se habían reunido allí, en the elephant house; para hablar como hablan los amigos: del tiempo, la política, el deporte, los últimos acontecimientos que los concernía y la situación de su distante país. Se contaban bromas, reían juntos y cuando ya la luna comenzaba a asomarse en el cielo se despedían abrazándose. Esto, así, durante veinte hermosos años.
Se saludaron y tomaron asiento en la mesa en que Luka lo esperaba.
—Así que vuelves a nuestras tierras —afirmó con una sonrisa en los labios.
—Así es.
—Tarde o temprano todos hemos de volver a nuestro hogar ¿no? Así éste se encuentre manchado de sangre y de llanto. Así las tropas soviéticas estén desperdigadas por las tierras de Árpád. Pertenecemos a una Hungría desmembrada por la guerra. El tratado de Trianon no es lo único que nos ha golpeado. Toda nuestra Historia la hemos vivido aguantando golpes.
—¿Viste hoy las nubes?
—Por supuesto, hoy estaban muy bellas.
—Hoy y siempre. Tan bellas como están aquí, tan bellas estarán en Budapest —dijo Kristóf con una sonrisa.
Luka dudó por un instante y miró hacia fuera del café como intentando recordar.
—Sí, supongo que así será. Hoy por hoy no recuerdo cómo era el cielo del hogar, ni siquiera los paisajes de la infancia. Parece que se hubiera borrado de mi cabeza. El tiempo en que era un niño se ve tan borroso que, si no es por unas pocas fotos que tengo con mi madre, podría llegar a jurar que nunca fui niño y la vida me puso en el mundo como un joven maduro.
—Podrías escribir un libro con eso: "el hombre que nunca fue niño" —dijo Kristóf con voz de animada complicidad.
Los dos rieron y bebieron del amargo café de sus tazas. Ésta tal vez sería la última vez que se verían en mucho tiempo, lo sabían. Hablaron un rato largo mientras el tiempo volaba junto a sus palabras; Luka siempre contando más y recordando más; Kristóf, opinando con frases cortas y bromas ocasionales. Al tiempo los dos se dieron cuenta de que la luna ya los estaba espiando; se miraron el uno al otro con una mirada alegremente triste; la gente de las calles empezaba a desaparecer; la luces comenzaron a nacer y sin que el mundo diera cuenta de ello, como si jamás allí hubiera pasado alma humana, la mesa donde aquel par de amigos estaba, se encontraba ya vacía. Aquel veinte de agosto las estrellas brillaron más que nunca.
IX
Cuando la mujer de pelo castaño terminó de responder las preguntas, fue aplaudida por todo el público asistente; ella, altiva y orgullosa, sonreía y sus dientes iluminaban las caras de todos los asistentes. Todo había salido de maravilla; la lectura, por demás fantástica, fue seguida por la regulada intervención de varios estudiantes; estos manifestaban sus opiniones a cada punto y, de tanto en tanto, surgían debates cautivantes y enérgicos; pero nunca beligerantes. Los nombres de Dostoyevski, Kierkegaard, Marcel, Heidegger, Sartre, Chestov, Jaspers, Berdiáyev y (no podía faltar) Ortega y Gasset hicieron eco en las paredes; y a ella, aquella energía juvenil le calentaba la sangre en las venas y la emocionaba tanto que era difícil contenerse. Sentía que estaba con su gente, con los suyos, los que están viviendo el mismo mundo que ella está viviendo y oyen las mismas cosas que ella está oyendo. Después de tres horas allí, la gente se levantó de sus sillas y desapareció en las salidas del salón.
Durante un rato habló con algunas personas que se le acercaron habiendo acabado ya el conversatorio; aquellas interesadas en exponer un poco más sus ideas y otras más que elogiaron su lectura y su forma de transmitir los mensajes fundamentales del discurso. Estaba más lúcida que nunca; conversó un rato con los asistentes que la esperaron hasta el final y salió de allí satisfecha. Una limusina la estaba esperando afuera del auditorio; se montó, y en poco tiempo estaba devuelta en el hotel. Le quedaba un día en la ciudad; así que al no mucho tiempo de haber entrado en su habitación ya la estaba abandonando con la promesa de volver. Pronto asomaría la luna en el cielo; pronto la noche saludaría a su hija; y ésta, airosa caminaría por la ciudad. Sería la última vez que caminara por Edimburgo.
El elevador la dejó en el piso del lobby; caminó hacia las grandes puertas del hotel y salió de las lujosas fauces del lugar. Tomó un taxi. En poco tiempo ya estaba caminando junto al césped verde de Princes Street Gardens; apreciaba el atardecer de los jardines, golpeados por los últimos rayos de sol del día. Las altas figuras de los monumentos de James Young Simpson, Allan Ramsay y del filántropo Thomas Guthrie se erguían más imponentes que nunca para darle la bienvenida al lunar blanco en el cielo oscurecido y a la hija de la noche que caminaba noctámbula por los Jardines de la Calle de los Príncipes.
Se había establecido la noche y la mujer del pelo castaño se sentó en una banqueta desde donde se apreciaba la Fuente Ross con todo su esplendor; jamás habíase visto fuente tan espléndida y llena de poética belleza. Pensaba en todas las cosas que estarían pasando en esos momentos mientras ella se encontraba allí; una persona habrá de estar ahogándose en el mar mientras otras bailan en una fiesta de graduación; un niño se muere de hambre mientras los buitres esperan que su comida esté lista; un árbol es derribado mientras una pareja está haciendo el amor; miles de aves vuelan por los cielos mientras una ballena se ahoga en soledad; un hombre está escribiendo una historia mientras una mujer se sienta en una banqueta cerca a la Fuente Ross; alguien está siendo golpeado por bandidos mientras un barco se aleja del puerto; las nubes se duermen mientras al otro lado del mundo sus parientes juegan infantilmente; un hombre dice no mientras otro dice sí; una mujer dice sí mientras la otra también; nadie dice sí mientras una fuerte llovizna cae sobre los bosques andinos.
Se sintió pequeña al lado de todo lo que en el mundo andaba ocurriendo por esos momentos y que ella ignoraba; sonrío con aquel pensamiento; recordó al hombre del atardecer; sentado, con una copa en la mano, mirando al ocaso, a la utopía del horizonte y más allá. Aquel hombre que se estaba ahogando con su propia vida y sólo respiraba cuando comenzaba a morir el día; aquel hombre loco, idiota y estúpido; aquel hombre que ya había terminado su poema y ya pensaba en su pintura.
Ella, tan segura, gallarda y elocuente; a pesar de su perspicacia ignora que, su amor por él no es más grande que el de él por ella. Ella, tan conocedora de su mundo y desconocedora del de los demás ignora que, jamás sabrá que si aquel hombre no ha muerto no fue por la poesía, ni la novela, ni la pintura; sino por su existir. Ella, tan fuerte y tan débil, siente como empieza a perder la respiración y no puede llegar el oxígeno suficiente a sus pulmones. Ella, tan bella, viéndose desvanecer se levanta de su banco y busca ayuda mientras su mano en la garganta acaricia los últimos suspiros de la hija de la noche. Ella, impecable, gritando que la ayuden no recibe respuesta; la noche se ha llevado a toda la gente y pocas almas son transeúntes de aquellos jardines fúnebres. Ella, sensual, cae de rodillas junto a la Fuente Ross desde donde le salpica el agua de la Historia y le acaricia sus dulces y hermosas mejillas. Ella, tumbada, mira un hombre que se acerca corriendo hacia su masa y que levanta su cabeza del suelo. Ella (¡qué hermosa es!), dando su último suspiro, observa los ojos llenos de miedo en la cara de aquel hombre; qué cara conocida. Ella, tranquila al fin, cierra sus ojos y deja caer la última lagrima de su existir. El hombre, limpiándole la humedad del rostro, deja caer sus propias lágrimas en aquel cuerpo aún tibio y grita con todas sus fuerzas; lamentando la muerte de aquella su última amante.
Nunca habíase visto llorar así a Kristóf. Aquella noche las estrellas brillaron más que nunca.
X
Muy lejos de allí un hombre mira el atardecer con sus colores cálidos. Se pregunta qué estará pasando allí en el cielo; si tal vez es un campo de batalla entre colores fríos y cálidos; si tal vez el azul celeste ha muerto a manos del carmesí, el naranja y el amarillo. Él espera a la hija de la noche, para mostrarle el poema que demoró seis años en realizar para retratar su hermosa persona. Al fin, su amor escrito será manifestado como nunca había sido manifestado antes; seguro a ella le va a gustar. Seguro que sí.
Mientras el atardecer cae, muere el rojo, el naranja y el amarillo. Allá, en los cielos, ella lo observa con ternura; sus ojos perdidos en el cielo oscurecido, entre los astros y cometas, entre galaxias y estrellas. Su alma, añil. Su cuerpo, índigo.
domingo, 5 de abril de 2015
Las Ranas
Ni entendí tus precoces verdades,
ni aquellas torpezas; sólo soy mujer que besas;
gritas, vuelves y me tiras al cimiento, nada de amor,
solo mi aliento.
Corres por mi con tus manos enlodadas,
y mis senos se vuelven de barro,
tú me pisas, yo me callo, tú me gritas,
yo te amo.
Y nadamos en ciénagas,
me abrazo a la tierra y me grita tu ser,
tu índice me apunta, me pinta, me canta,
me unta.
Mi rostró iluminó un alma perdida,
y me perdí mientras mi desnudez ajada
te besaba los cabellos, negros, largos, suaves,
bellos.
¿Escuchaste mi piel? ayer se fundió en arena,
arrastrada por las olas besó la costa,
y buscándote cayó, rodó, nadó,
se perdió.
Exploté y te cayeron pétalos rosas;
y lloraste cuando al tocar tu piel morían ahogados en gris,
corriste, gritaste, a lo lejos me llamaste,
hace ya mucho tiempo que morí.
Pero...
¿Por qué escucho las ranas cantar por ti?
ni aquellas torpezas; sólo soy mujer que besas;
gritas, vuelves y me tiras al cimiento, nada de amor,
solo mi aliento.
Corres por mi con tus manos enlodadas,
y mis senos se vuelven de barro,
tú me pisas, yo me callo, tú me gritas,
yo te amo.
Y nadamos en ciénagas,
me abrazo a la tierra y me grita tu ser,
tu índice me apunta, me pinta, me canta,
me unta.
Mi rostró iluminó un alma perdida,
y me perdí mientras mi desnudez ajada
te besaba los cabellos, negros, largos, suaves,
bellos.
¿Escuchaste mi piel? ayer se fundió en arena,
arrastrada por las olas besó la costa,
y buscándote cayó, rodó, nadó,
se perdió.
Exploté y te cayeron pétalos rosas;
y lloraste cuando al tocar tu piel morían ahogados en gris,
corriste, gritaste, a lo lejos me llamaste,
hace ya mucho tiempo que morí.
Pero...
¿Por qué escucho las ranas cantar por ti?
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