“Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No es el ruido externo lo que nos aturde; es el grito de las pasiones. No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas un medio para acallar la propia algarabía”.

Fernando González Ochoa

sábado, 21 de diciembre de 2013

El Zapato


Después de haberla visto por unos instantes cuando fui a comer al restaurante donde trabajaba, le entregué un obsequio, pues había cumplido años la semana anterior y no tuve oportunidad de verla para poder darle cualquier chuchería o baratija bonita. Solo intercambiamos algunas palabras y habiendo pagado la cuenta de una lasaña de mariscos que disfrute con gran placer, me retiré del lugar y crucé la avenida para esperar algún taxi que me llevase a casa.
Y de repente, comencé a pensar en ella, allí parado, mientras pasaban los autos, buses y algunos taxis que ya estaban ocupados, la ciudad estaba con gran actividad a pesar de ser de noche, pero claro, no es la actividad de trabajar que se da durante el día, sino aquella donde la gente busca desquitarse de sus tareas y obligaciones pasando sus ratos en bares, bailando, bebiendo, riendo, comiendo y cosas dentro de ese círculo. Ese era el paisaje donde comencé a pensarla con mucho interés. Realmente sabía que aquella amiga, de tanto tiempo, representaba también algo diferente para mí, y justo en ese momento quise saber qué era ese "diferente".
Y bueno, no estaba enamorado, de eso estaba seguro. Fue cuando fui a comprarle el obsequio. No soy un hombre que de obsequios, pero nunca es tarde para ser ese alguien que piensas que sería bueno que fueras, por lo que busqué alguna tienda en donde vendieran accesorios, manillas, pulseras y cosas por el estilo, pero al parecer ya muchas habían cerrado a esa hora de la noche, porque claro, esto fue momentos antes de ir a comer al restaurante donde estaba ella. Entonces caminé un poco más para buscar algún sitio que estuviera abierto, así que me dirigí a la plaza de la ciudad, que curiosamente quedaba justo al frente de la plaza de mercado. No demoré mucho en llegar y una vez allí mire a mi alrededor, a pesar de que había mucha gente, los lugares para comprar algo que se pueda denominar obsequio estaban de puerta cerrada con candado, menos uno en donde apenas estaban bajando la puerta dos hombres fornidos de buen porte, para mi mala suerte. Maldije para mis adentros y mis ojos por voluntad propia se posaron en un puesto de venta precisamente adecuado para mi búsqueda. Allí como si el destino me lo hubiera puesto para hacerme un favor.



Habían pasado ya unos 20 minutos y no compraba nada, sólo miraba. Al llegar y dar una vista rápida a todo me pregunté sobre cosas que yo supiera que le gustaban a ella y nada de lo que veía me parecía, porque precisamente no sabía qué le gustaría de todo eso, no sabía si las pulseras, no sabía sus accesorios favoritos, no sabía sus gustos y me decía a mi mismo: "al parecer comprar un regalo no es muy sencillo". Y es que precisamente no la veía reflejada en esas cosas porque todos los pensamientos referentes a sus gustos los relacionaba inevitablemente con sexo, siempre. Incluso veía una pulsera, me preguntaba si le gustaría y sin yo darme cuenta terminaba imaginando una escena en donde se encontraba copulando con otro hombre, esto, partiendo de una pulsera. Entendí que de todos los gustos que ella alguna vez me expresó solo los relacionados con la sexualidad quedaron en mi cabeza, eran al parecer los más importantes para mí, no hay otra explicación. Al fin compré unos pequeños chocolates porque a quién no le gusta el chocolate, pero quedé consternado al darme cuenta cómo reaccionaba mi mente a la imagen de ella.



Pasó otro taxi y también iba ocupado, "nada que hacer, habrá que seguir esperando", me dije.
No podía ser ella por sí misma la que causará todas esas imágenes en mí, sino lo que ella representaba, pues era eso lo que debía hacer surgir esas imágenes incontrolables en mi cabeza. "Me gusta", pensé. Sí, muy seguramente, ¿Pero de qué manera me gustaba y cuál era la causa o las causas de que despertara en mí aquellos pensares? Y mucho más importante aún ¿Dónde estaba Freud para que me acostara en un diván y me psicoanalizara para extraer los detalles más ocultos pero más significativos sobre la situación? Solo tengo respuesta para la segunda.



De repente se pasó un recuerdo por mi cabeza de manera fugaz pero que con esfuerzo logré retener, aquellos que son los que mas valen, mas ocultan y mas explican. Fue hace unos cuantos años, recuerdo que fui a visitarla en su apartamento en una torre de varios pisos, cercana al centro comercial de la ciudad. Fui como cualquier otro día, tomé el ascensor, me bajé en el piso correspondiente, pero me encontré con que la puerta estaba abierta, o no abierta, entre abierta. No era algo normal, pero tampoco preocupante, simplemente no era común, así que entré mi cabeza y mire hacia los lados en busca de encontrarme con su silueta pero sin éxito. Sé que debí de haber dicho "hola", pero simplemente no lo hice, una de esas cosas que no sabes porqué las haces, sólo las haces. Así que entré, abrí la puerta en su totalidad y con pasos lentos e inaudibles, cual ladrón de experiencia, comencé a caminar, la sala estaba desolada, igual que el balcón y la cocina. Divisé desde la cocina el baño del final del pasillo, el cual también se encontraba abierto y se podía apreciar que no había nadie, comencé a pensar que no estaba en su apartamento y quizás se le hubiera olvidado que yo iba a venir, a pesar de que no tuviese sentido que dejase la puerta abierta, "descuidada", pensé.

Así que entré en la cocina y busqué algún refrigerio, pues tenía algo de hambre y la verdad el desayuno fue muy pobre y muy en la mañana, abrí su nevera, un rectángulo gris de gran tamaño que fue obsequiado por su padre cuando se mudo para convertirse en mujer independiente, y a decir verdad no había mucho de qué elegir, confundía bastante que una nevera de tal porte no fuera hogar de gran cantidad de alimentos frescos como huevos, vegetales, tomates, yogures, carnes rojas, jugos y variedades de gusto al paladar. En cambio me ofrecía una jarra de agua, un aguacate a la mitad, dos cebollas y sabrá Dios porqué estaba ahí, un zapato. Me sonreí por lo anacrónico y chistoso que me parecía que allí hubiese tal cosa como un zapato, mientras mi mente ya me ofrecía unas 10 historias de cómo pudo haber llegado allí, pero saqué la jarra de agua, un vaso y me serví. Me tomé el primero de golpe, pues la sed reinaba en mi boca, me serví un segundo vaso e igualmente me lo tomé de golpe, y finalmente me serví un tercero, a este le di dos tragos cuando sentí un impulso dentro de mí cuerpo que alertaba mis músculos y me daba un mensaje claro: vejiga llena, favor evacuar.

Así, deje el vaso sobre una mesa y comencé a caminar hacia el baño, ya con toda naturalidad y sin el sigilo de criminal con que lo hice en un principio. Entré en el baño que quedaba al final del corredor y empecé a orinar. No había terminado mi actividad sanitaria cuando como si fuera una descarga eléctrica que te recorre todo el cuerpo recordé algo, que me causó quién sabe porqué, un vacío por dentro: no revisé su recámara.

"Es el lugar más obvio, qué tonto", pensé. Y habiendo evacuado mi vejiga, cerré mi bragueta y miré al cuarto. El cuarto quedaba justo al lado del baño, por lo que pasé al lado de él y no caí en cuenta sino hasta cuando estaba orinando, vaya momento inspirador. De esta manera, me convertí nuevamente en criminal cauto de paso lento, y más pausado que al comienzo de la "aventura", empecé a dar pasos, podía con solo dos llegar a la puerta, que se encontraba entreabierta justo como la del apartamento, "el día de dejar todo a medias", pensé. Pero iba dando pasos cortos mientras transitaba hacia  aquel portal, sin saber qué esperar, podía ser cualquier cosa, desde un cuarto vacío hasta un lugar repleto de sangre con restos de cuerpo humano, quién sabe, las mentes paranoicas juegan con sus hospederos.

"Llegué", así era, había llegado. Me detuve un rato frente a la puerta ni cerrada ni abierta del todo, y no quería empujarla, pero la curiosidad siempre será mas fuerte. Así que comencé a dar empujones débiles con el dorso de mis dedos, que movían un poco la puerta, la cual poco a poco se iba abriendo. Finalmente estaba toda abierta, pero mi cuerpo estaba afuera, por un miedo inexplicable no quería entrar, entonces noté que mi frente estaba llena de sudor y que mi corazón latía un poco más rápido, tenía que huir de aquella sensación y eso solo se podía hacer entrando, gotas comenzaron a bajar de mi frente a mis pómulos y finalmente a mi barbilla. Así que cerré los ojos con fuerza, los abrí con más fuerza aún y entré rápida pero silenciosamente a la habitación... Allí, allí estaba ella.





Me estremeció la bocina de un bus que pasó frente a mi y me alertó un poco. Lo miré irse con un poco de reproche por interrumpir mi mente abstraída, pero al perderse su imagen en una curva, respiré hondo y me tranquilicé. El cielo era de un azul tan oscuro que el malo de visión o incluso el poco detallista pensaría que era negro, pero no, no era negro, era de un azul de profundidades marítimas, donde solo pocos fotones de luz pueden llegar y donde los organismos vivientes son tan maravillosos como inquietantes, sí, vaya que lo son.
 Pasaron otros dos taxis de igual condición, ocupados. Y apareció ella. Cruzó la calle desde el restaurante hasta una tienda en una esquina, pero no la llamé, simplemente la miré caminar, me quedé observándola mientras cambiaba un billete, o eso creo yo que hacía, luego miró a los lados para volver a cruzar, no me vio y pasó la calle, entró al restaurante y volvió a perderse del paisaje. "Definitivamente las personas son olas en la playa de la vida, efímeras, temporales y pasajeras", pensé. Miré al cielo y me perdí en recuerdos nuevamente.






Estaba allí, mis ojos no se podían despegar de su imagen. El cuerpo desnudo de una mujer que dormita mientras su ser esta navegando en la mágica fantasía de historias oníricas es realmente una pieza de belleza en donde sonrisas y lágrimas de fascinación son fieles cómplices de la escena. Y verdaderamente explicar el sentimiento es algo que se le escapa a las palabras, después de todo, el lenguaje es limitado.
 Quedé perplejo y paralizado, mientras mis ojos se posaban en su silueta y grababan cada detalle con la mayor precisión posible para que aquella imagen nunca fuera a olvidarse o distorsionarse. Entonces sonreí cuando vi su rostro y escuché su respirar. Con la mayor cautela del mundo comencé a moverme hacia ella, nunca tan silencioso como ahora, nunca tan prevenido como ahora, lentamente, muy lentamente, como si el mundo se fuera a acabar con cualquier movimiento brusco o cualquier leve sonido que provocase. La travesía parecía eterna.

Llegué al lado de la cama y la miré, miré todo su cuerpo, sus pies, sus muslos, su abdomen, sus senos, sus brazos, sus manos y su rostro. Me senté, me dediqué a observarla, y como en un letargo, un sopor atemporal, pasó una hora sin el mas mínimo movimiento, sin sonido diferente a su respirar y el mío, mientras dentro mí, la felicidad con su inequívoca y singular redundancia, me hacia sentir feliz. Sentía que las comisuras de mis labios no querían bajar y una sonrisa gobernaba mi rostro sin el mas mínimo deseo de largarse. El mundo se perdía en la delicia del momento, esa es la manera más apropiada para describirlo, la delicia del momento, cuando finalmente no hay razón en la cabeza del hombre apreciante sino simplemente fascinación y amor por aquello que estimula la emoción, estimula la sensibilidad y mueve el corazón.
Así fue, así pasó y así lo guardó mi memoria. El observador que se maravilla con la obra, la sonrisa que gobierna el rostro, las curvas del cuerpo de una mujer dormitando, el respirar femenino tan delicado como inspirador y la escena de dos siluetas juntas en un cuarto, que se pierden en el tiempo y el espacio.



Era valioso, significaba mucho y tenía que ver algo. Pero estaba seguro de que en aquel momento no la veía con deseo carnal, sino apreciativamente. Recordé haber leído en algún texto perdido que muchas veces el inconsciente desea cosas que no tienen que manifestarse conscientemente y que la misma persona las ignora y las considera irrelevantes porque su modo de representación genera incomodidad. "Verdaderamente conocernos a nosotros mismos significa romper las barreras que nos han y nos hemos impuesto para evitar aquello que nos parece incómodo, pero que a la larga es y hace parte de la verdad que somos", pensé y luego me dije: "Tal vez vivir es nunca llegar a conocerse del todo, siempre ser un desconocido para sí mismo, pero sin dejar el deseo de querer conocerse".

Un auto amarillo respondió por fin a mi llamado y paró a unos metros delante de mí, me subí en él, "Edificio El Cantarán, calle 45", dije, las ruedas empezaron su movimiento y yo mirando alrededor pensé en ella, ahora lo sabía, ella era la apreciación de un deseo, que no se busca cumplir sino alimentar: la búsqueda de la posesión del objeto que es apreciado. Recordé todos sus gustos, le gusta el color verde, salir a caminar en las mañanas, los gatos y mirar el atardecer desde las montañas, me sentí liberado, ahora todo volvía a mi, todo pequeño e insignificante recuerdo volvía a mi mente.


Saqué las llaves, abrí el cerrojo y entré, las puse en la cocina, saqué una copa de vidrio y un vino de hace tres días, me serví con cuidado y me dirigí al balcón. Contemplé la ciudad mientras el sabor del alcohol conquistaba mi paladar, miraba las luces y dejaba volar mi imaginación sobre todas las historias que estarían ocurriendo en aquel preciso instante y eran dignas de escribirse en un libro, de quedar grabadas en el papel para que todo individuo pudiera revivir aquellos momentos con el simple y bello acto de leer. "Sin lugar a dudas, leer es evocar historias, revivir momentos pasados e introducirse a sí mismo en el relato".
  Dejé la copa vacía en el lavamanos de la cocina y caminé hacia mi cuarto, me senté en la cama y me quité mis tenis, los puse a un lado y me recosté con la luz aún encendida y los ojos clavados en el techo. Divagué en varios pensares, y me decidí a apagar la luz sin dejar de pensar. Al rato cerré mis ojos para disponerme a dormir y por esas cosas que nunca parecen explicarse los abrí súbitamente, pues algo cruzaba mi cabeza, extendí mi mano para encender la lámpara de al lado, me senté mirando al armario fijamente y al instante me levanté de la cama, prendí la luz del armario y todo se iluminó dentro de este.

Las camisas de siempre, las chaquetas de siempre, los pantalones de siempre, pero no por eso estaba allí, corrí los trajes que tenía colgados de gancho y todo mi calzado quedo al descubierto para mis ojos. Tenis dominaban la escena, el calzado más cómodo que pudiera encontrar, todos allí, junto con un par de sandalias playeras. Los miré allí, parado y curioso, y todo era normal, todo estaba como siempre había estado, nada había cambiado y porqué habría de hacerlo, "otra vez mi mente juega conmigo". Me decidía a irme a dormir pero decidí echar un último vistazo y para mi pasmo, vi lo que captó mi atención, me paralizó y me dejó sin aliento. En un rincón, dirigido hacia mi, estaba el zapato.