Yo antes era un romántico. Quizás sigo con algo de lo que fui, nunca se cambia mucho aunque no se sea el mismo que se fue antes. Yo solía pasearme por los jardines y los pastizales mientras pensaba, mientras era nostálgico y quería volver a mi niñez, cuando era un feliz investigador y no un desdichado irracional. Yo fui muy enamorado, pero siempre fui un idealista en el amor, en la búsqueda de lo perfecto, haciendo mi mundo real inabordable y mi presente una pena.
Alguna vez mencionaba Platón en esos momentos en donde llegaba a un impasse, que había que buscar la verdad en los poetas, pues eran ellos quienes conocían la verdad aunque no sabían cómo. Yo me volví poeta cuando una vez convertido en cenizas, quemado por mi propia llama renací como nuevo ser. Cuando me hundí en la nada y me fundí en la incertidumbre para vivir las angustias más fuertes y desastrosas en cuanto importantes, y abrir después los ojos para ver un nuevo sol y un nuevo mundo.
El camino hacia uno mismo no es un camino fácil, porque la verdad es simplemente incómoda, por lo general angustiante ya que revuelve al ser y pone en duda su identidad, nada más incómodo, nada más necesario que ese peligro. Pero encontrarse nunca es un camino delicioso, y se vuelve incluso más complicado cuando las personas en el entorno se ven afectadas por la búsqueda propia, cuando el caos interior se vuelve un arma en contra del vecino. Esas angustias, esas dudas y ese mundo de incertidumbre se convirtió en un tormento, no habrá palabra más adecuada, y la esperanza se vuelve necia en esos momentos porque no hace más que alargar el tormento. Es cuando abandoné la intuición como mi principio de acción, cuando adopté el análisis lógico, que poco a poco ese romántico que siempre fui comenzó a borrarse y a diluirse. En ese momento tomé la espada y el escudo, y salí a pelear bajo la intensa tormenta contra mis demonios, contra mis monstruos, al final, contra mi mismo.
¡Ay qué ingratos somos con nosotros!, siempre mintiéndonos y escapando de nuestra realidad, siempre escapando, siempre huyendo. Y es que le tememos tanto a la muerte que nuestra vida no tiene ningún valor sin ella, que nuestros deseos y nuestros objetivos no valdrían nada sin la muerte, que nada hay de valioso sin la conciencia de que el día de mañana nuestros pies ya no pisarán esta tierra. Por eso el tiempo es la tortura de muchos, porque siempre está ahí para recordarle al hombre que la vida se va a acabar y que dejará de existir. Y qué tan curioso es el hombre que se opone a su destino y no puede evitar la búsqueda de encontrar algo que lo vuelva eterno, un escrito, una escultura, un evento; una oposición al mundo en contra de la vida limitada. En definitiva, el hombre vive el mundo por lo simbólico.
Eso precisamente viví. Yo me volví poeta cuando arrullado en la brisa, las cigarras me cantaron sus tragedias mientras susurraban al viento los secretos de los sauces, mientras a su vez goteaban las doradas lágrimas de un sol apagado. Yo me volví poeta cuando el sol me contó que no dormía mucho y que la luna era más bella en el día. Por aquel tiempo el mundo era un mar de lágrimas y yo era un hombre sin habla y sin vida, mas bien un cofre de recuerdos con mirada perdida. Me volví poeta cuando las nubes cantaron en la noche las vidas pasadas, cuando con un susurro silenciaron el rumor del río y me abrazo el viento nocturno, tan puro, tan fresco, tan plácido. ¡Ay! ¡Qué no fui!