—Si supiera usted lo que es este duelo, si supiera que se han caído tantas cosas, que hay derrumbes y tiroteos en mi interior, que es una guerra sangrienta e inacabable, donde ya los soldados olvidaron el porqué todo comenzó. Si estuviera usted en donde yo comprendería la angustia que agobia la identidad de lo que soy o al menos de lo que he creído ser. Y pensar que todo se derrumba por mover sólo una ramita en la gran estructura que es mi presa.
—Puedo decir que no se ve bien, que no es estética su imagen a mis ojos, será por su conmoción interior. Puedo entender por lo que pasa, pero no me sentiría como usted en su posición. Yo no veo nada para caer en la pena, pero mis ojos no son los suyos.
—Es el error de todos, de esos que son incluso más cerrados que yo. Que dicen ponerse en mi posición para comprender qué me sucede, pero no entienden que ponerse en mi posición no es sólo vivir los eventos que suceden en el momento, sino que tienen que tener mis experiencias en su cabeza, mis pensamientos, mis miedos, mis alegrías, pasiones y penas. Tienen que ser yo, y eso no se puede. Ponerse en la posición del otro es metafórico, y sin embargo, lo mejor es aferrarse a esa metáfora, porque es lo único que hay de evidente y que nos permite al menos divisar que existe algo, algo que esa otra persona vive y sufre, que aunque jamás podamos entender cómo lo entiende ese sujeto, se puede al menos, tener las ideas más vagas y no por eso menos importantes sobre la naturaleza de su situación.
—Mire usted, ni siquiera intento ponerme en su posición, reconozco lo ajeno que es para mi. Pero no menosprecio su estado, ni siquiera me hago sordo cuando a veces en su discurso se percibe que habla sólo por hablar, sólo por decir, sólo por contar. Y no ignoro su condición no porque me preocupe enormemente su persona, ni por los grandes afectos que le pueda tener, sino más bien porque me reconozco en el entorno del mundo, y usted es parte de ese entorno. Ser parte del mundo del lenguaje es al fin y al cabo darle significado a las cosas, y junto con esto crearse una identidad con lo percibido. Hay restos por todos lados de cada uno de nosotros, aprender del mundo es, al fin y al cabo, aprender de uno mismo. Aunque bueno, eso es lo que creo yo, y es mi opinión, no hay nada que diga que sea un absoluto, pero tampoco nada que diga que no lo es.
—¿Todo se remite a uno, no?
—No lo sé.
—Pues yo sí, y así es. Habría usted de estar donde estoy yo para comprender lo que me pasa, pero sería pedirle que se convirtiera en mí, cosa que no veo posible, además no tengo el objetivo de ser entendido ni por usted ni por nadie, eso no es parte de mi angustia ni aumenta mi sudoración nerviosa. Pero no ser entendido si quiera por mi mismo es algo muy diferente y muy impreciso, por no decir confuso. Y le cuento si de algo vale.
—Cuénteme.
—Por voz de una mujer me he sentido como se sienten ustedes y todos cuando hay de algo de eso que los lleva a realizar poemas y dedicatorias, esas vibras extrañas que se escapan al razonar. Entiéndase que las palabras pueden ser sólo palabras a la boca de una persona y ser ataques, canciones, alegorías, poemas y penas en la voz de otras. Es algo común el caso segundo cuando se ama, y si ha amado usted aunque no ame como yo, podría atisbar la idea que creo pretendo transmitir. Las palabras de la amada siempre serán palabras sagradas, guías divinas, vocablos irreprochables, y siempre siempre, de un gran impacto, y aquel que ama está a la merced de aquello, pues es su sentir quien lo mueve, es su corazón quien lo dirige, no su razón. Sabiendo esto, le digo que me dijo algo absurdo, algo tan leve como el aire, tan imperceptible como el polen, tan minúsculo y simple como una gota; pero que para mi resultó ser una llama de violenta presencia, que una vez habiendo tocado la hojarasca de mi bosque interno, se expandió tan rápidamente, que sorprendido me encontré cuando vi que los árboles se caían y el humo era negro y denso, que todo se derrumbaba y las coloridas flores se volvían negras como el carbón. Así, así como le pasa a uno. Y sigo siendo espectador de semejante catástrofe, pero sabe usted, qué catástrofe tan penosa, tan angustiante, tan dolorosa, pero tan necesaria. La llamita de un principio por sí misma no representa la fuente de la pena y la angustia, porque nada tan pequeño e insignificante como una minúscula llamita al viento puede derribar las construcciones que tan fuertemente se han montado al interior de uno. Es su manifestación, es aquello que desencadena, es lo posterior, lo puntual, lo increíble. Eso precisamente, eso que parecía tan absurdo y leve, ha atestado golpes tan fuertes que mi cuerpo me duele, que mi identidad se balancea en el limbo, que las verdades escondidas y ocultas salen a la luz con más fuerza y energía que nunca, que la realidad me golpea con la fuerza astronómica de un Dios griego; y yo, tan mortal y tan débil, tan insignificante y chico, tan indefenso como la tortuga que apenas rompe el cascarón, yo, tan humano, no puedo soportar esta tragedia. Dije en un principio que había una guerra en mi interior, ¿pero sabe usted? Yo ya no tengo un ejercito que pelea, toda esta hecatombe ha acabado con él, y ahora sólo quedan volcanes y tormentas, terremotos y avalanchas... Y restos, restos de lo que soy, o bueno, que fui. ¿Se construirán nuevas edificaciones, tal vez mucho más fuertes que las que han caído? Todo se ve tan acabado, tan derruido, tan desgastado y tan triste, que decir que no, es lo más tentador, lo más atractivo a la razón, y sin embargo, lo más trágico.
Es evidente que vivimos en duelos constantes que nos construyen, y no debe ser eso misterio alguno. !Pero ay! !Cuando no hay siquiera un punto para pararse firme, cuando no hay lugar para asentarse, para decir qué es y qué no, cuando uno se vuelve tan ajeno a sí mismo y lo alto y lo bajo se convierte en lo mismo, cuando no se conoce nada sobre la verdad y desaparece todo criterio efectivo de ella, se precipita todo en la subjetividad, y se cae en el escepticismo, qué existencia tan trágica!
Venga usted a ver qué es el mundo cuando uno se diluye con él y no logra distinguirse del mismo. Qué locuras pasan por la cabeza de aquel acabado y melancólico lacayo de su amor, de su mente, su razón o de quién sabe qué impulso trascendental. No controlamos ni siquiera lo que pensamos, y cómo pretender controlar la vida cuando ni siquiera nos hemos de controlar a nosotros mismos, a eso que somos. Es lo mismo que creer en la posibilidad necia de navegar los mares sin conocer cómo usar los remos o cómo utilizar la barca. Tonterías.
—Usted es un hombre de certidumbres.
—Todos lo somos, no hay humano sin certezas.
—Es cierto, usted ni es consecuente ni razonable cuando se ensimisma, cuando se vuelve más humano, y que es, no me sorprende, cuando habla de su sentir. Yo no soy como usted, y sé que lo sabe, pero su visible exigencia a entender lo que usted, ver lo que usted como usted, aunque tentadora, no me es hoy posible. ¿Sabe usted? Creo que podría, ya que es un universo de probabilidades, entenderlo e incluso sentir lo mismo, pero si lo hiciera dudo mucho que identifique que he entendido como usted y he sentido como usted. A diferencia de usted, yo creo que sí es posible ponerse en la posición del otro más allá de lo metafórico, pero no creo que se pueda identificar con total certeza el momento exacto en que se está totalmente en esa posición, donde se ve y se piensa igual. Ponerse en la posición del otro, no es para mi pensar igual y sentir igual para entender igual que el otro. No. Es para mi, vivir las mismas circunstancias y con la formación que es propia de uno, que está inscrita en uno, reaccionar ante ello.
—Ha de ser imposible comprender igual al otro si no se es el otro, porque la percepción del mundo de cada cual es diferente. Sin embargo, no niego la posibilidad de un entendimiento así sea vago, que aunque entra dentro de lo entendido, no deja de ser vago. No hay un conocimiento puro que podamos tener del otro. Ciertamente jamás entenderemos ni terminaremos de conocer al otro.
—Me parece que ignora lo general. Habrán cosas que podemos sentir todos igual, como es el amor, el odio y la envidia. Aunque no deja de ser verdadero que todos aman diferente, odian diferente y envidian diferente, la esencia del amor, del odio y la envidia, es la misma. Para usted y para todos. Debo darle la razón en algo, no podremos entender al otro verdaderamente aunque lo volvamos objeto de conocimiento, sólo podremos percibirlo, interpretarlo y crearnos una representación de esa persona, pero esa representación no es ni será la persona misma. Y tal vez, sólo tal vez, la representación podrá captar su esencia, que debería ser el único objetivo del amante en cuanto a su búsqueda de conocer la amada, y dejar como misterio el resto, porque el misterio en el amor es parte importante, amar es al fin y al cabo una eterna búsqueda de conocer y de apreciar. Amar es de lo más artístico.
—No habla como humano, señor. Pareciera recitando un texto de filosofía. Pero siempre ha sido propio de su persona. A veces debería, de intentar entender el mundo sintiéndolo, no analizándolo. Todo el saber puntual no es de la lógica, y que me perdone Platón la impertinencia. En qué momento se desvalorizo el sentir, la emoción y aquello que no somos capaces de explicar con lógica.
—No debe sentirse molesto.
—No lo hago. He llorado mucho como para tener suficiente energía para molestarme por la manera en que usted vea el mundo. Además me queda mucho por llorar, de verdad, de verdad que si supiera, si tan sólo supiera lo que siento, lo que me pasa, como sufro, entendería mi pena, entendería las lágrimas, y quizás podría entender algo de sí mismo. Quizás es este mundo hecho para vivir en la incomprensión, y saber vivirla con la mayor tranquilidad. ¡Pero ay! ¡Tan humano, tan mortal, tan débil, tan simple, que me estoy ahogando de a poco!
Amigo mío, me estoy muriendo en vida.
—Amigo mío, está viviendo más que nunca.
“Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No es el ruido externo lo que nos aturde; es el grito de las pasiones. No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas un medio para acallar la propia algarabía”.
Fernando González Ochoa
Fernando González Ochoa
jueves, 4 de diciembre de 2014
lunes, 1 de diciembre de 2014
La tertulia del macilento
Cuando recostado desperté en medio de la lluvia, sólo había oscuridad y humedad fría y penetrante, las gotas galopaban en la hojarasca y me abofeteaban la cara con ansias para después acariciarme con lentitud, cada vez más lentas, cada vez más cálidas. Se oía la fuerte ventisca que golpeaba el bosque de altos e imponentes pinos y a su vez estos crujían con tono terrorífico y casi fantasmal. Mi ropa estaba sucia y mojada, además de desgastada y fría como todo y como ella. Abrí los ojos y me quedé por un instante mirando al cielo, el que me lloraba con ansias desesperadas; yo miraba la luna que era la única luz del paisaje, la única divinidad de la travesía, y al fin y al cabo mi única compañía pura y divina.
Cuando intenté levantarme, mi cuerpo se contorsionó y por mi boca gemidos de dolor asustaron las ramas de las herbáceas y los arbustos. Me quedé recostado y mandé intuitivamente mi mano derecha a mi costado, para toparme con una hendedura ardiente de la cuál brotaba un líquido cálido acuoso y hasta podrán, quién sabe, decir los búhos y las gargolas que de color magenta.
El ramaje, violento se estremecía a medida que se hacía más fuerte el ventarrón de aquella tormenta de los mil demonios, o de los mil ángeles, o sólo del cielo mismo, diré que mía. Entonces un hermoso lago comenzaba a nacer gracias al agua celestial que precipitadamente se suicidaba contra la tierra, y mi cuerpo de a poco comenzaba a ser tapado por él. Las ranas comenzaron a nadar sobre el agua y realizaban piezas sincronizadas para demostrar sus habilidades anfibias únicas mientras sus futuras parejas desde una rama admiraban hoscamente sus intentos valientes para encontrar ese amor tan anhelado.
Con la fuerza que aún quedaba en mi, comencé a arrastrarme lentamente a una orilla, pero sólo conseguí llegar a un lugar donde mi cabeza era la única parte de mi consumido cuerpo que podía respirar del húmedo aire. El crujir de los pinos se hizo más constante y más fuerte, y sonreí al ver que el terror tenía más miedo que yo y se escondía entre los arbustos temblando, me daba cuenta que quizás, sólo quizás, jamás le hemos tenido miedo al terror ni al mismo miedo, más bien a nosotros mismos, más bien a esa rareza que llamamos yo. Quizás las mismas ranas que nadaban danzantes en su baile acuático sabían eso, tan convencidas en su accionar y tan elocuentes en sus movimientos.. !Ay es que ellos saben tanto más que nosotros!
Me había dormido por un momento, y desperté en la misma escena, quizás con un poco más de negro, menos viento y un toque de debilidad. La ranas estaban por parejas en el ramaje, hasta parecían haciéndose caricias mutuas y susurrándose secretos, tal vez hablaban de mi, después de todo no es común ver a un prospecto de ser humano en su momento más desastroso y raído. Qué curioso es que yo en realidad, en tal oscuridad jamás podría ver nada más que la misma luna, y que en ningún mundo cercano sería capaz de divisar esas ranas que con tanta avidez puse allí a mi lado, bailando, danzando, nadando, amando quizás. Qué curioso es que en dicha oscuridad ignorara tanto el dolor que mi cuerpo sentía y me perdiera en fábulas hermosas y sonrisas tontas, pero tan extasiantes fábulas, tan necesarias sonrisas, de igual manera, ya no quedaba nada por lo que pelear más que por lo último a lo que verdaderamente me podía aferrar, la locura, sus incongruencias, sus contradicciones y sus radiantes cambios de identidad. !Ay! !Hacía rato que la vida había dejado de ser algo para aferrarse! ¡Hacía rato que no era nada para mi! ¡Hacía rato que me había convertido en la burla, la insania y lo absurdo, que hasta había dejado de ser persona! !Y cómo diablos le puede doler el cuerpo a alguien que no es más humano y que no tiene nada porque no es un ser de carne!
No... Sí era de carne... Pero falsa carne
En un momento un rayo azotó violentamente uno de los árboles más altos y gruesos, y por un leve momento se hizo luz a mi alrededor. Ojos por todos lados, penetrantes y grandes ojos posados en mi, de diferentes tamaños y tan terroríficos que un vacío devastador azotó mi pecho y abdomen y sentí mi desesperado corazón agitarse, pánico. Los ojos se acercaban más y formas extrañas se comenzaban a acercar lentamente hacia mi, siluetas de personas que no eran personas, brazos más largos y gruesos, uñas largas y rojas, dientes filosos que se salían de las bocas de sus dueños, y un cabello negro y largo que tapaba gran parte de los rostros demoníacos. Sus formas extrañas precipitadamente contra mí se arremeterían y pronto todo habría llegado a su fin. Una lágrima alcanzó a salir de mi ojo derecho para ser la última de las muchas que alguna vez fueron, en aquellos tiempos en que quise ser feliz y dichoso, en aquellos tiempos en que sonreía y amaba, aquellos mismos en donde la inocente mirada de una mujer estremecía mi mundo, cuando fui apasionado y hasta bello.
Cerré los ojos con fuerza y escuché un estruendo mientras seguían cayendo estrepitosamente las gotas de lluvia. Abrí los ojos instantáneamente buscando a Dios, quizás a Pedro o al mismísimo diablo. No fue así. El árbol que había recibido el violento golpe de aquél rayo se precipito justo a unos metros de mi, en donde aquellas bestias buscaban mi sangre.
Y de repente, tan terrorífico como nunca, la lluvia cesó de golpe y un silencio de demencia invadió el lugar. Nada se oía, ni viento, ni lluvia, ni el crujir de los pinos, ni mis pensares. Esperé.
Un rostro blanco pálido se apareció frente a mi rostro, tocando mi nariz con la suya y con su cabello negro y largo cubriéndome parte de la cara. Su boca se dirigió a mi oído con una eterna lentitud y soltó unas frías y metálicas palabras: "Cesó la lluvia".
Y dormí. Al despertar todas las ranas estaban muertas y yo me fui saltando, porque en realidad jamás había sido, porque siempre las ranas habían sido yo, porque muerto ya estaba, mucho, mucho antes de morir.
Cuando intenté levantarme, mi cuerpo se contorsionó y por mi boca gemidos de dolor asustaron las ramas de las herbáceas y los arbustos. Me quedé recostado y mandé intuitivamente mi mano derecha a mi costado, para toparme con una hendedura ardiente de la cuál brotaba un líquido cálido acuoso y hasta podrán, quién sabe, decir los búhos y las gargolas que de color magenta.
El ramaje, violento se estremecía a medida que se hacía más fuerte el ventarrón de aquella tormenta de los mil demonios, o de los mil ángeles, o sólo del cielo mismo, diré que mía. Entonces un hermoso lago comenzaba a nacer gracias al agua celestial que precipitadamente se suicidaba contra la tierra, y mi cuerpo de a poco comenzaba a ser tapado por él. Las ranas comenzaron a nadar sobre el agua y realizaban piezas sincronizadas para demostrar sus habilidades anfibias únicas mientras sus futuras parejas desde una rama admiraban hoscamente sus intentos valientes para encontrar ese amor tan anhelado.
Con la fuerza que aún quedaba en mi, comencé a arrastrarme lentamente a una orilla, pero sólo conseguí llegar a un lugar donde mi cabeza era la única parte de mi consumido cuerpo que podía respirar del húmedo aire. El crujir de los pinos se hizo más constante y más fuerte, y sonreí al ver que el terror tenía más miedo que yo y se escondía entre los arbustos temblando, me daba cuenta que quizás, sólo quizás, jamás le hemos tenido miedo al terror ni al mismo miedo, más bien a nosotros mismos, más bien a esa rareza que llamamos yo. Quizás las mismas ranas que nadaban danzantes en su baile acuático sabían eso, tan convencidas en su accionar y tan elocuentes en sus movimientos.. !Ay es que ellos saben tanto más que nosotros!
Me había dormido por un momento, y desperté en la misma escena, quizás con un poco más de negro, menos viento y un toque de debilidad. La ranas estaban por parejas en el ramaje, hasta parecían haciéndose caricias mutuas y susurrándose secretos, tal vez hablaban de mi, después de todo no es común ver a un prospecto de ser humano en su momento más desastroso y raído. Qué curioso es que yo en realidad, en tal oscuridad jamás podría ver nada más que la misma luna, y que en ningún mundo cercano sería capaz de divisar esas ranas que con tanta avidez puse allí a mi lado, bailando, danzando, nadando, amando quizás. Qué curioso es que en dicha oscuridad ignorara tanto el dolor que mi cuerpo sentía y me perdiera en fábulas hermosas y sonrisas tontas, pero tan extasiantes fábulas, tan necesarias sonrisas, de igual manera, ya no quedaba nada por lo que pelear más que por lo último a lo que verdaderamente me podía aferrar, la locura, sus incongruencias, sus contradicciones y sus radiantes cambios de identidad. !Ay! !Hacía rato que la vida había dejado de ser algo para aferrarse! ¡Hacía rato que no era nada para mi! ¡Hacía rato que me había convertido en la burla, la insania y lo absurdo, que hasta había dejado de ser persona! !Y cómo diablos le puede doler el cuerpo a alguien que no es más humano y que no tiene nada porque no es un ser de carne!
No... Sí era de carne... Pero falsa carne
En un momento un rayo azotó violentamente uno de los árboles más altos y gruesos, y por un leve momento se hizo luz a mi alrededor. Ojos por todos lados, penetrantes y grandes ojos posados en mi, de diferentes tamaños y tan terroríficos que un vacío devastador azotó mi pecho y abdomen y sentí mi desesperado corazón agitarse, pánico. Los ojos se acercaban más y formas extrañas se comenzaban a acercar lentamente hacia mi, siluetas de personas que no eran personas, brazos más largos y gruesos, uñas largas y rojas, dientes filosos que se salían de las bocas de sus dueños, y un cabello negro y largo que tapaba gran parte de los rostros demoníacos. Sus formas extrañas precipitadamente contra mí se arremeterían y pronto todo habría llegado a su fin. Una lágrima alcanzó a salir de mi ojo derecho para ser la última de las muchas que alguna vez fueron, en aquellos tiempos en que quise ser feliz y dichoso, en aquellos tiempos en que sonreía y amaba, aquellos mismos en donde la inocente mirada de una mujer estremecía mi mundo, cuando fui apasionado y hasta bello.
Cerré los ojos con fuerza y escuché un estruendo mientras seguían cayendo estrepitosamente las gotas de lluvia. Abrí los ojos instantáneamente buscando a Dios, quizás a Pedro o al mismísimo diablo. No fue así. El árbol que había recibido el violento golpe de aquél rayo se precipito justo a unos metros de mi, en donde aquellas bestias buscaban mi sangre.
Y de repente, tan terrorífico como nunca, la lluvia cesó de golpe y un silencio de demencia invadió el lugar. Nada se oía, ni viento, ni lluvia, ni el crujir de los pinos, ni mis pensares. Esperé.
Un rostro blanco pálido se apareció frente a mi rostro, tocando mi nariz con la suya y con su cabello negro y largo cubriéndome parte de la cara. Su boca se dirigió a mi oído con una eterna lentitud y soltó unas frías y metálicas palabras: "Cesó la lluvia".
Y dormí. Al despertar todas las ranas estaban muertas y yo me fui saltando, porque en realidad jamás había sido, porque siempre las ranas habían sido yo, porque muerto ya estaba, mucho, mucho antes de morir.
domingo, 23 de noviembre de 2014
Qué no fui
Yo antes era un romántico. Quizás sigo con algo de lo que fui, nunca se cambia mucho aunque no se sea el mismo que se fue antes. Yo solía pasearme por los jardines y los pastizales mientras pensaba, mientras era nostálgico y quería volver a mi niñez, cuando era un feliz investigador y no un desdichado irracional. Yo fui muy enamorado, pero siempre fui un idealista en el amor, en la búsqueda de lo perfecto, haciendo mi mundo real inabordable y mi presente una pena.
Alguna vez mencionaba Platón en esos momentos en donde llegaba a un impasse, que había que buscar la verdad en los poetas, pues eran ellos quienes conocían la verdad aunque no sabían cómo. Yo me volví poeta cuando una vez convertido en cenizas, quemado por mi propia llama renací como nuevo ser. Cuando me hundí en la nada y me fundí en la incertidumbre para vivir las angustias más fuertes y desastrosas en cuanto importantes, y abrir después los ojos para ver un nuevo sol y un nuevo mundo.
El camino hacia uno mismo no es un camino fácil, porque la verdad es simplemente incómoda, por lo general angustiante ya que revuelve al ser y pone en duda su identidad, nada más incómodo, nada más necesario que ese peligro. Pero encontrarse nunca es un camino delicioso, y se vuelve incluso más complicado cuando las personas en el entorno se ven afectadas por la búsqueda propia, cuando el caos interior se vuelve un arma en contra del vecino. Esas angustias, esas dudas y ese mundo de incertidumbre se convirtió en un tormento, no habrá palabra más adecuada, y la esperanza se vuelve necia en esos momentos porque no hace más que alargar el tormento. Es cuando abandoné la intuición como mi principio de acción, cuando adopté el análisis lógico, que poco a poco ese romántico que siempre fui comenzó a borrarse y a diluirse. En ese momento tomé la espada y el escudo, y salí a pelear bajo la intensa tormenta contra mis demonios, contra mis monstruos, al final, contra mi mismo.
¡Ay qué ingratos somos con nosotros!, siempre mintiéndonos y escapando de nuestra realidad, siempre escapando, siempre huyendo. Y es que le tememos tanto a la muerte que nuestra vida no tiene ningún valor sin ella, que nuestros deseos y nuestros objetivos no valdrían nada sin la muerte, que nada hay de valioso sin la conciencia de que el día de mañana nuestros pies ya no pisarán esta tierra. Por eso el tiempo es la tortura de muchos, porque siempre está ahí para recordarle al hombre que la vida se va a acabar y que dejará de existir. Y qué tan curioso es el hombre que se opone a su destino y no puede evitar la búsqueda de encontrar algo que lo vuelva eterno, un escrito, una escultura, un evento; una oposición al mundo en contra de la vida limitada. En definitiva, el hombre vive el mundo por lo simbólico.
Eso precisamente viví. Yo me volví poeta cuando arrullado en la brisa, las cigarras me cantaron sus tragedias mientras susurraban al viento los secretos de los sauces, mientras a su vez goteaban las doradas lágrimas de un sol apagado. Yo me volví poeta cuando el sol me contó que no dormía mucho y que la luna era más bella en el día. Por aquel tiempo el mundo era un mar de lágrimas y yo era un hombre sin habla y sin vida, mas bien un cofre de recuerdos con mirada perdida. Me volví poeta cuando las nubes cantaron en la noche las vidas pasadas, cuando con un susurro silenciaron el rumor del río y me abrazo el viento nocturno, tan puro, tan fresco, tan plácido. ¡Ay! ¡Qué no fui!
Alguna vez mencionaba Platón en esos momentos en donde llegaba a un impasse, que había que buscar la verdad en los poetas, pues eran ellos quienes conocían la verdad aunque no sabían cómo. Yo me volví poeta cuando una vez convertido en cenizas, quemado por mi propia llama renací como nuevo ser. Cuando me hundí en la nada y me fundí en la incertidumbre para vivir las angustias más fuertes y desastrosas en cuanto importantes, y abrir después los ojos para ver un nuevo sol y un nuevo mundo.
El camino hacia uno mismo no es un camino fácil, porque la verdad es simplemente incómoda, por lo general angustiante ya que revuelve al ser y pone en duda su identidad, nada más incómodo, nada más necesario que ese peligro. Pero encontrarse nunca es un camino delicioso, y se vuelve incluso más complicado cuando las personas en el entorno se ven afectadas por la búsqueda propia, cuando el caos interior se vuelve un arma en contra del vecino. Esas angustias, esas dudas y ese mundo de incertidumbre se convirtió en un tormento, no habrá palabra más adecuada, y la esperanza se vuelve necia en esos momentos porque no hace más que alargar el tormento. Es cuando abandoné la intuición como mi principio de acción, cuando adopté el análisis lógico, que poco a poco ese romántico que siempre fui comenzó a borrarse y a diluirse. En ese momento tomé la espada y el escudo, y salí a pelear bajo la intensa tormenta contra mis demonios, contra mis monstruos, al final, contra mi mismo.
¡Ay qué ingratos somos con nosotros!, siempre mintiéndonos y escapando de nuestra realidad, siempre escapando, siempre huyendo. Y es que le tememos tanto a la muerte que nuestra vida no tiene ningún valor sin ella, que nuestros deseos y nuestros objetivos no valdrían nada sin la muerte, que nada hay de valioso sin la conciencia de que el día de mañana nuestros pies ya no pisarán esta tierra. Por eso el tiempo es la tortura de muchos, porque siempre está ahí para recordarle al hombre que la vida se va a acabar y que dejará de existir. Y qué tan curioso es el hombre que se opone a su destino y no puede evitar la búsqueda de encontrar algo que lo vuelva eterno, un escrito, una escultura, un evento; una oposición al mundo en contra de la vida limitada. En definitiva, el hombre vive el mundo por lo simbólico.
Eso precisamente viví. Yo me volví poeta cuando arrullado en la brisa, las cigarras me cantaron sus tragedias mientras susurraban al viento los secretos de los sauces, mientras a su vez goteaban las doradas lágrimas de un sol apagado. Yo me volví poeta cuando el sol me contó que no dormía mucho y que la luna era más bella en el día. Por aquel tiempo el mundo era un mar de lágrimas y yo era un hombre sin habla y sin vida, mas bien un cofre de recuerdos con mirada perdida. Me volví poeta cuando las nubes cantaron en la noche las vidas pasadas, cuando con un susurro silenciaron el rumor del río y me abrazo el viento nocturno, tan puro, tan fresco, tan plácido. ¡Ay! ¡Qué no fui!
viernes, 3 de octubre de 2014
Bellos idiotas
Menestetes y Tridias se encuentran como siempre en el balcón de la edificación arcaica del teatro, el día no es más soleado que los demás ni tan sórdido como todos. Alcidias les ha dejado vino y un pan francés con uvas, se marchó dejándoles no más que una sonrisa y un ademán de respeto.
—Por estos días decía Licias que nada puede ser peor que un enamorado y que no hay error más grave que hacerle caso a una persona enamorada—dice Menestetes—.
—¿Por qué?
—Porque no hay nadie que tenga menos capacidad crítica que un enamorado. Al enamorado le parece divino todo lo de su amada, incluso sus defectos que pueden ser tan o más grandes que sus virtudes, ¿Cómo hacerle caso a una persona así, que se encuentra trastornada?
—El amor es un delirio al fin y al cabo.
—Ciertamente, el amor es un delirio.
—Pero recuerda que el delirio no es malo, sin el delirio no habría arte, sin la locura no hay arte, no hay amor. Las reglas de la métrica y los acentos bien estudiadas no hacen grande al poeta, jamás es el arte una colección de reglas que posteriormente se llevan al papel, al lienzo o al mármol. Es el delirio, de allí sale esa esencia bella y natural, donde reluce la más altísima demostración artística y junto con el conocimiento, dan lugar a las bellas obras.
—No debe ser el delirio malo, ¿Pero qué espacio encuentra el delirio en la lógica? En el delirio no hay una mentalidad crítica, ni siquiera racional.
—No es racional, no parece serlo. El delirio es una manifestación intangible que se escapa al razonamiento. Vaya que uno se enamore, y la razón se hace de lado automáticamente, las ideas lógicas se esconden, y el ser se pierde en la admiración de lo amado, es por eso que el hombre se convierte en el ser con menos capacidad crítica, porque no está en el plano de la razón, está elevado en nubes rosas mientras oye sonatas dulces, y sonríe a las hadas y los duendes. Es por esto, que el amor está sobre la razón.
—Ese mundo del amor es una fantasía. No puedo negar que el amor se nos escapa, pero no porque no este al alcance del razonar, sino que su complejidad es abrumadora y daría la impresión que el pensar se queda corto a su lado. El amor puede relacionarse con la levedad, el cuerpo está elevado sobre el piso y flota con la brisa, mientras se mece un ser sonriente y agraciado. La razón, en cambio, es de peso, el cuerpo está con los pies bien establecidos en la tierra, pero el ser es más abrumado y atribulado, no sonríe tanto y ciertamente no es muy agraciado, pero es más conocedor.
—¿Dirías entonces que el enamorado es un ahogado en el delirio, con su razón borrosa y su ser sosegado?
—No es tan sosegado como aparenta a primeras.
—¿Por qué lo dices?
—Tridias, el sosiego es el punto de partida para la angustia. El enamorado en su delirio afirma que su objeto de amor es completamente esencial y necesario para su vida, y sin él no puede vivir, lo cual es peligroso. Además exige al amado que proclame lo mismo de él y tiene la disposición para servir cual esclavo a ese objeto de su amor. Eso es, un esclavo del amor, es una marioneta de su sentir, a pesar de que puede ver los hilos que lo mueven no opone resistencia ante ellos, y bueno, tampoco es que la tenga que oponer.
—Diciendo esto Menestetes, te contradices. Estas equivocado. Me decías que el amor se relaciona con la levedad y ahora me pintas el amor como un peso gigante, como un servilismo incondicional al objeto del amor y una angustia por la complacencia constante y la búsqueda de la reciprocidad en el sentimiento. Eso es un peso grande, eso no es levedad. El enamorado es tan inestable como una edificación sin columnas. Podría decirse que el enamorado oscila entre peso y levedad, es leve cuando tiene su objeto de amor en la cercanía y éste se encuentra plácido, dichoso, cómodo; vive en la aletargante belleza de su enamoramiento. Pero se vuelve pesado cuando el objeto de amor está ausente, cuando recuerda que no puede vivir sin él, que es completamente esencial, que debería estar complaciéndolo y que podría perderlo (a pesar de no tenerlo); vive en la angustia y la pena de su enamoramiento.
—Es un idiota.
—Ciertamente es un idiota... Pero es bello.
—Es un bello idiota entonces, pero es un idiota. Sin embargo, no pierde una autoridad en su vida, al menos tiene un punto de referencia para actuar, y no se ha perdido en el escepticismo de nuestro pueblo. Qué peligroso sería caer allí, porque aquel que se enamora al menos vive en la certeza, y no duda de su existir ni de su amor. Pero aquel que pierde una referencia para actuar y pierde toda noción de verdad ha caído en la más insoportable levedad de todas; ése sí, ése sí anda en las nubes, ése está suspendido en el espacio y ni de su existir tiene certeza, porque en el mundo de la más altísima e insoportable levedad, certeza es una palabra desconocida.
Siendo así, el enamorado es un ser de peso, con los pies en la tierra, pero que a veces da largos saltos, donde flota por momentos pero siempre vuelve a caer en la tierra.
—Y cómo es de fuerte el enamoramiento que incluso racionalistas tan distinguidos como tú, una vez atrapados por él no muestran el deseo de escaparse de esa sensación y se pierden de la misma manera en la admiración de su amada. Por eso, Menestetes, por eso es que el amor está por encima de la razón.
—Por eso, todos somos unos potenciales idiotas.
—Por eso todos somos bellos.
—Bellos idiotas.
—Por estos días decía Licias que nada puede ser peor que un enamorado y que no hay error más grave que hacerle caso a una persona enamorada—dice Menestetes—.
—¿Por qué?
—Porque no hay nadie que tenga menos capacidad crítica que un enamorado. Al enamorado le parece divino todo lo de su amada, incluso sus defectos que pueden ser tan o más grandes que sus virtudes, ¿Cómo hacerle caso a una persona así, que se encuentra trastornada?
—El amor es un delirio al fin y al cabo.
—Ciertamente, el amor es un delirio.
—Pero recuerda que el delirio no es malo, sin el delirio no habría arte, sin la locura no hay arte, no hay amor. Las reglas de la métrica y los acentos bien estudiadas no hacen grande al poeta, jamás es el arte una colección de reglas que posteriormente se llevan al papel, al lienzo o al mármol. Es el delirio, de allí sale esa esencia bella y natural, donde reluce la más altísima demostración artística y junto con el conocimiento, dan lugar a las bellas obras.
—No debe ser el delirio malo, ¿Pero qué espacio encuentra el delirio en la lógica? En el delirio no hay una mentalidad crítica, ni siquiera racional.
—No es racional, no parece serlo. El delirio es una manifestación intangible que se escapa al razonamiento. Vaya que uno se enamore, y la razón se hace de lado automáticamente, las ideas lógicas se esconden, y el ser se pierde en la admiración de lo amado, es por eso que el hombre se convierte en el ser con menos capacidad crítica, porque no está en el plano de la razón, está elevado en nubes rosas mientras oye sonatas dulces, y sonríe a las hadas y los duendes. Es por esto, que el amor está sobre la razón.
—Ese mundo del amor es una fantasía. No puedo negar que el amor se nos escapa, pero no porque no este al alcance del razonar, sino que su complejidad es abrumadora y daría la impresión que el pensar se queda corto a su lado. El amor puede relacionarse con la levedad, el cuerpo está elevado sobre el piso y flota con la brisa, mientras se mece un ser sonriente y agraciado. La razón, en cambio, es de peso, el cuerpo está con los pies bien establecidos en la tierra, pero el ser es más abrumado y atribulado, no sonríe tanto y ciertamente no es muy agraciado, pero es más conocedor.
—¿Dirías entonces que el enamorado es un ahogado en el delirio, con su razón borrosa y su ser sosegado?
—No es tan sosegado como aparenta a primeras.
—¿Por qué lo dices?
—Tridias, el sosiego es el punto de partida para la angustia. El enamorado en su delirio afirma que su objeto de amor es completamente esencial y necesario para su vida, y sin él no puede vivir, lo cual es peligroso. Además exige al amado que proclame lo mismo de él y tiene la disposición para servir cual esclavo a ese objeto de su amor. Eso es, un esclavo del amor, es una marioneta de su sentir, a pesar de que puede ver los hilos que lo mueven no opone resistencia ante ellos, y bueno, tampoco es que la tenga que oponer.
—Diciendo esto Menestetes, te contradices. Estas equivocado. Me decías que el amor se relaciona con la levedad y ahora me pintas el amor como un peso gigante, como un servilismo incondicional al objeto del amor y una angustia por la complacencia constante y la búsqueda de la reciprocidad en el sentimiento. Eso es un peso grande, eso no es levedad. El enamorado es tan inestable como una edificación sin columnas. Podría decirse que el enamorado oscila entre peso y levedad, es leve cuando tiene su objeto de amor en la cercanía y éste se encuentra plácido, dichoso, cómodo; vive en la aletargante belleza de su enamoramiento. Pero se vuelve pesado cuando el objeto de amor está ausente, cuando recuerda que no puede vivir sin él, que es completamente esencial, que debería estar complaciéndolo y que podría perderlo (a pesar de no tenerlo); vive en la angustia y la pena de su enamoramiento.
—Es un idiota.
—Ciertamente es un idiota... Pero es bello.
—Es un bello idiota entonces, pero es un idiota. Sin embargo, no pierde una autoridad en su vida, al menos tiene un punto de referencia para actuar, y no se ha perdido en el escepticismo de nuestro pueblo. Qué peligroso sería caer allí, porque aquel que se enamora al menos vive en la certeza, y no duda de su existir ni de su amor. Pero aquel que pierde una referencia para actuar y pierde toda noción de verdad ha caído en la más insoportable levedad de todas; ése sí, ése sí anda en las nubes, ése está suspendido en el espacio y ni de su existir tiene certeza, porque en el mundo de la más altísima e insoportable levedad, certeza es una palabra desconocida.
Siendo así, el enamorado es un ser de peso, con los pies en la tierra, pero que a veces da largos saltos, donde flota por momentos pero siempre vuelve a caer en la tierra.
—Y cómo es de fuerte el enamoramiento que incluso racionalistas tan distinguidos como tú, una vez atrapados por él no muestran el deseo de escaparse de esa sensación y se pierden de la misma manera en la admiración de su amada. Por eso, Menestetes, por eso es que el amor está por encima de la razón.
—Por eso, todos somos unos potenciales idiotas.
—Por eso todos somos bellos.
—Bellos idiotas.
viernes, 30 de mayo de 2014
Lluvia
Sí, la lluvia es cantar de naturaleza,
encarnación de bella vida,
alimento de las verdes montañas,
néctar de los colores de allá afuera,
donde duermen vidas muchas,
donde nacen vidas nuevas.
Sí, la lluvia es cantar de naturaleza,
y se oye su voz en las frescas notas,
resuena su coro en las pampas y los bosques,
se escuchan sus versos cuando la flor florece,
cuando cantan las aves más bellas
que el verde paisaje ofrece.
Sí, la lluvia es cantar de naturaleza,
su bullicio es la calma misma,
acariciando los cielos y las colinas,
susurrando bellas coplas a los coloridos tominejos,
que con el rumor del río
cuando cerca, cuando lejos.
Sí, la lluvia es cantar de naturaleza,
si no fuera por sus caricias,
no habría alegrías ni tristezas,
no viviría el estrepitoso trueno
ni su danzar misterioso y fulgurante,
de corta belleza maliciosa,
de actitudes nobles e infantes.
Sí, la lluvia es cantar de naturaleza,
que cuenta historias de tiempos pasados,
que relata los cuentos de vidas aquellas,
y haciendo dúo con lustrosas estrellas,
mientras lloran tristes las argentadas nubes,
recuerdan sus lágrimas noches bellas.
Sí, la lluvia es cantar de naturaleza,
encarnación de bella vida,
alimento de las verdes montañas,
néctar de los colores de allá afuera,
donde duermen vidas muchas,
donde nacen vidas nuevas.
encarnación de bella vida,
alimento de las verdes montañas,
néctar de los colores de allá afuera,
donde duermen vidas muchas,
donde nacen vidas nuevas.
Sí, la lluvia es cantar de naturaleza,
y se oye su voz en las frescas notas,
resuena su coro en las pampas y los bosques,
se escuchan sus versos cuando la flor florece,
cuando cantan las aves más bellas
que el verde paisaje ofrece.
Sí, la lluvia es cantar de naturaleza,
su bullicio es la calma misma,
acariciando los cielos y las colinas,
susurrando bellas coplas a los coloridos tominejos,
que con el rumor del río
cuando cerca, cuando lejos.
Sí, la lluvia es cantar de naturaleza,
si no fuera por sus caricias,
no habría alegrías ni tristezas,
no viviría el estrepitoso trueno
ni su danzar misterioso y fulgurante,
de corta belleza maliciosa,
de actitudes nobles e infantes.
Sí, la lluvia es cantar de naturaleza,
que cuenta historias de tiempos pasados,
que relata los cuentos de vidas aquellas,
y haciendo dúo con lustrosas estrellas,
mientras lloran tristes las argentadas nubes,
recuerdan sus lágrimas noches bellas.
Sí, la lluvia es cantar de naturaleza,
encarnación de bella vida,
alimento de las verdes montañas,
néctar de los colores de allá afuera,
donde duermen vidas muchas,
donde nacen vidas nuevas.
jueves, 29 de mayo de 2014
Sórdido
No sé que pasa,
pues si ha pasado, no lo entiendo,
si lo he visto, no lo comprendo,
si en mi vive y soy su casa.
No sé si esperar
por lo que no sé si existe.
No sé siquiera si estar triste
por lo que no me habré de enterar.
No veo lumbres coloridas,
ni taciturnas soledades.
No encuentro edades
para estas todas mis vidas.
No canta el ave,
ni duerme el hada,
si no sabe nada
y ya ni duda cabe.
No es felicidad,
no ventura, ni bonanza,
no hay música en esta danza
de chalada identidad.
No hay bullicio
o debe ser que me he vuelto sordo,
pues ya ni el excelso tordo
se detiene a contemplar mi vicio.
No sé si estoy,
si es que aún hago parte de esto.
No sé si tal vez es un pretexto
para olvidarme de quién soy.
Voy contando alegorías,
sin importar corolarios
y aunque son ellos muchos varios
voy con penas y alegrías.
Abajo, donde no voy yo, y tal vez nunca irías.
Allá cuentan tragedias y chistosas tonterías.
pues si ha pasado, no lo entiendo,
si lo he visto, no lo comprendo,
si en mi vive y soy su casa.
No sé si esperar
por lo que no sé si existe.
No sé siquiera si estar triste
por lo que no me habré de enterar.
No veo lumbres coloridas,
ni taciturnas soledades.
No encuentro edades
para estas todas mis vidas.
No canta el ave,
ni duerme el hada,
si no sabe nada
y ya ni duda cabe.
No es felicidad,
no ventura, ni bonanza,
no hay música en esta danza
de chalada identidad.
No hay bullicio
o debe ser que me he vuelto sordo,
pues ya ni el excelso tordo
se detiene a contemplar mi vicio.
No sé si estoy,
si es que aún hago parte de esto.
No sé si tal vez es un pretexto
para olvidarme de quién soy.
Voy contando alegorías,
sin importar corolarios
y aunque son ellos muchos varios
voy con penas y alegrías.
Abajo, donde no voy yo, y tal vez nunca irías.
Allá cuentan tragedias y chistosas tonterías.
lunes, 26 de mayo de 2014
Grato
Siento mucho quererla,
tanto así para que jamás a mi lado estuviese;
porque disfruto tanto de verla,
que en mis campos: endebles orquídeas florecen.
¡Y reverdecen prados muchos!
Por aquel sonreír efímero y libre;
que haciéndome guerrero que por desconocida patria lucho,
me rindo enternecido a su ser sensible,
¡y vaya que la quiero mucho!
Y oigo el dulce tañer,
de un chelo de astronómicas armonías;
y pareciese que fue ayer,
que sembró en mi ser alegrías.
Compañía grata es,
¨llena de gracia¨: grabado está en su nombre;
coloridas rimas evoca su luz,
de suaves perfumes que guardase en un sobre.
Y grato, sólo me siento grato,
todavía sonrío cuando su voz escucho;
todavía disfruto de la miel de hace un rato
¡y vaya!... ¡Vaya que la quiero mucho!
tanto así para que jamás a mi lado estuviese;
porque disfruto tanto de verla,
que en mis campos: endebles orquídeas florecen.
¡Y reverdecen prados muchos!
Por aquel sonreír efímero y libre;
que haciéndome guerrero que por desconocida patria lucho,
me rindo enternecido a su ser sensible,
¡y vaya que la quiero mucho!
Y oigo el dulce tañer,
de un chelo de astronómicas armonías;
y pareciese que fue ayer,
que sembró en mi ser alegrías.
Compañía grata es,
¨llena de gracia¨: grabado está en su nombre;
coloridas rimas evoca su luz,
de suaves perfumes que guardase en un sobre.
Y grato, sólo me siento grato,
todavía sonrío cuando su voz escucho;
todavía disfruto de la miel de hace un rato
¡y vaya!... ¡Vaya que la quiero mucho!
viernes, 23 de mayo de 2014
Silueta
Abrió los ojos y miró a su alrededor, los pocos rayos de luz que penetraban por las pequeñas fisuras de las cortinas le permitía observar su entorno, en su desorden natural, con sábanas y libros abiertos dispersos por todos lados y en la esquina de la habitación un gato negro escudriñando entre papeles arrugados y los restos de la comida del día anterior. Sus ojos fotofobicos por los rayos de luz que golpean su retina son defendidos por párpados que se cierran y abren un poco a manera de ciclo, mientras sus oculares vuelven a acostumbrase a la vida diurna. No hay mucho qué hacer hoy, y bueno, de todas maneras nunca hay mucho qué hacer, y ante tales palabras posándose en su mente, trata de recuperar el sueño que aún queda, cierra sus párpados y cae en el letargo nuevamente.
Cuando ha despertado, la noche ha caído, todas sus cosas permanecen intactas, iguales que cuando la luz hacía visita, mientras ellas como su cuerpo parecen dedicarse al sedentarismo en su mas grande expresión. Sin cambiar la posición en la que se encuentra, comienza a explorar con sus ojos el todo que le rodea, su mundo perdido en el tiempo y a espaldas de su persona, escucha una puerta cerrarse, inmediatamente da vuelta y divisa una silueta que se pierde junto con el sonido de la puerta, alguien. Y todo vuelve a ser igual.
Cuando ha despertado, la noche ha caído, todas sus cosas permanecen intactas, iguales que cuando la luz hacía visita, mientras ellas como su cuerpo parecen dedicarse al sedentarismo en su mas grande expresión. Sin cambiar la posición en la que se encuentra, comienza a explorar con sus ojos el todo que le rodea, su mundo perdido en el tiempo y a espaldas de su persona, escucha una puerta cerrarse, inmediatamente da vuelta y divisa una silueta que se pierde junto con el sonido de la puerta, alguien. Y todo vuelve a ser igual.
jueves, 22 de mayo de 2014
G. y El Profesor. Parte II
Durante unos momentos, sólo se oían las gotas precipitándose afuera, golpeando violentamente el asfalto, los autos y los transeúntes, y por misteriosa preferencia, acariciando las hojas de los árboles. El cielo gris violáceo argentaba las nubes, que misteriosas, calladas y silentes, daban luz a perlas blanquecinas de inmensa belleza y luminosidad idílica, que animadas por el mismo sol, se despeñaban cándidas hacia la tierra de verde vida, y el cemento anodino y plomizo.
Una paloma blanca se refugiaba bajo un pequeño techo saliente de uno de los tantos ventanales de la ciudad, esperando a que calmase la lluvia vespertina, y en su curiosidad inocua, miraba con discutible curiosidad hacia el salón al otro lado del ventanal, donde un hombre recostado en un diván con mirada perdida en el espacio esperaba lo desconocido; y otro hombre detrás de éste, y sentado en una silla, apoyaba la barbilla sobre su mano y parecía buscar ideas en el aire, tan invisibles para él como para la paloma y las gotas de lluvia.
—No sé si estar de acuerdo con eso que usted dice—masculló G.
—No tiene que estarlo.
—Simplemente creo que no estoy buscando salirme de nada, estoy confundido, por chocar con el hecho de que parece que todo no es lo que siempre fue, si no que se reduce a conceptos, que por su obvia naturaleza, son subjetivos en su constitución, y me parece imposible entender las cosas si no es objetivamente, por lo que tengo que situarme en la duda de todo y en la no comprensión, si es que quiero ser fiel a mi razonar... Sea lo que sea esto que acabo de decir.
—¿No le parece que me está dando en parte la razón?
—No sé.
—¿No cree que esto que lo aflige es el producto de ser una víctima de la pasión?
—No lo sé...Y no lo sé, porque no entiendo, me resulta difícil entender lo que usted dice, porque he llegado al punto en que me confunde la manera en que se expresan los demás, y no puedo comprender verdaderamente lo que querían decir, si no más bien, capto ideas, y las relaciono con lo que se supone significan, y acto seguido, doy un sentido a aquello.
G. dio cuenta del alado espía en el ventanal y lo señaló con su mano derecha, la que levantó débil del diván, como si pesara más que su propio cuerpo.
—Esa paloma... Es bella, sé que no sé, pero inevitablemente algo me impulsa por dentro a sentir impulsos tan misteriosos como el mirar de esa ave. A veces me encuentro en la noche, mirando las estrellas, clavadas en un amplio manto cobalto, y aunque mis pensamientos nunca me abandonan, no puedo evitar dejarlos a un lado por un momento para decirme: ´´no sé porqué lo digo, no sé qué digo, no sé para qué lo digo, incluso no sé si es cierto que nada sepa... Pero esto es algo tan bello, tan hermoso, que conmueve, que fascina``... Y algunas lágrimas corren por mi rostro.
—Razonar no siempre es lo mejor, no siempre es la conciencia quien tiene la razón, a veces hay que dejar hablar el alma.
—No sé ponga poético profesor.
—No viva confundido G.
—Acláreme usted algo: ¿a qué se refiere con víctima de la pasión?
El profesor se levantó de su silla y soltó un suspiro expresando el cansancio de un día ajetreado. Se dirigió a la cafetera que se encontraba a lado del escritorio de la estancia, poco más a atrás del diván donde G. se encontraba, éste le miró mientras él se servía un café con toda tranquilidad y dando la espalda a su huésped. Tomó un sorbo de aquel oscuro y amargo elixir etiópico, y cerró los ojos mientras dejaba al líquido caliente recorrer su boca y su garganta. Finalmente, dio un nuevo suspiró y se volvió hacia G.
—Esa pasión nace de los deseos y anhelos ilimitados, que nos atan a las actividades materiales y crean el apego. Todo es consecuencia de los sentidos y no tener una mente controlada. Me explico: aquella persona sin apego, que no se regocija cuando lo bueno le sucede, ni se enfada algo malo le pasa, tiene una estabilidad mental perfecta. No es fácil llegar a tal punto, pues renunciar al goce de los sentidos mediante regulaciones, no borran la permanencia del deseo sensual. Esto que digo, es algo de conocimiento védico. Ahora, lo sentidos son parte de todos nosotros y no se puede pretender eliminarlos, pero sí controlarlos, a pesar de que son tan fuertes e impetuosos, que llegan a arrastrar la mente del hombre que intente controlarlos.
—Continue.
—Aquí llegaría la parte interesante, que explica el origen de su confusión. Cuando son contemplados los objetos de los sentidos, una persona desarrolla apego por ellos, de este apego nace la lujuria, y de esta lujuria surge la ira. De la ira, nacerá la ilusión, y de ésta, la confusión de la memoria. Entonces es aquí, cuando la memoria se confunde, que se pierde la inteligencia, y una vez perdida esta, caemos en el charco materialista, a merced de nuestros sentidos. Esa pasión, se fundamenta en la identificación con el cuerpo, y la búsqueda por complacer los sentidos.
—Pero...—Se detuvo G.—¿Si no soy mi cuerpo, qué soy?
—Esa pregunta, es una pregunta que usted debe de hacerse.
—Me gustaría que me diera respuestas.
—Y a mi me gustaría ser portador de ellas.
G. se detuvo a pensar un momento, absorto en sus pensares, mientras clavaba su mirada en las argentadas nubes del cielo, que servían de testigos a aquella conversación de dos hombres en negro, con nada más que sus pensares, y nada menos que sus sentimientos, sólo dos hombres en el tiempo de apurado paso, nada más que uno de tantos recuerdos, que se van añejando y se vuelven amarillentos.
—Yo...—entonó G.—Creo que esta conversación no llegará a una respuesta.
—Llegará a donde deba llegar.
—Pues entonces creo que ha llegado allí. A veces nuestras palabras se pierden en el aire, nuestras miradas en el rumor de la lluvia, nuestras ideas en las penumbras y nuestras emociones en la pasión. Yo no sé porqué sigo viniendo a hablar con usted. Siempre vengo buscando respuestas, y me marchó con muchas preguntas; no comprendo porqué usted continua recibiéndome, porqué continua escuchándome, y porqué me habla con tan amistosa elocuencia. He de decir, que en lo estrepitosa que es la actividad de vivir, aún quedan razones para sonreír, como esta simple y pueril plática, tan vana, pero tan única.
—Ahora el poeta no soy yo, su manera de hablar dice mucho de usted, el fiel ejemplo de dos personas luchando dentro de una sola. Una constante pelea entre el Yo racional y el Yo emocional, esa relación tan estruendosa que lo llena a usted de angustias y preocupaciones. Usted se hunde en los charcos filosóficos propios de la razón, pero lo domina tanto la emoción y el sentimiento, que se siente perdido, se confunde y cae en la intranquilidad y la zozobra. Usted es aquel que come con pinceles, y pinta con cubiertos.
—¿Dice que no soy racional?
—Digo que es una persona de emoción, de intensa pasión y sentimiento. Digo que busca desesperadamente aferrarse a la razón como único medio para entender un mundo tan inentendible como él mismo. Que cae desconsolado en una lucha sin espadas ni soldados, que sólo vive en una mente turbia como lo es la suya. Usted es la fiel imagen de la pelea entre lo que se es y lo que se quisiera ser, y cae en el círculo del tormento como si no hubiese otro destino. Está perdido, porque así parece quererlo, buscando con ahínco a quien le ha robado, para encontrarse con que aquel criminal es usted mismo.
—No lo sé.
—Claramente lo sabe, pero hoy no será cuándo se de cuenta de ello.
—Gracias por el tiempo prestado profesor, valoro esta charla. Hoy es una de las muchas conversaciones que sin fin tendremos.
—Ciertamente.
G. se levantó del diván y le extendió la mano al profesor, el cual se la tomó y la apretó con fuerza, dejando avistar una ínfima señal de sonrisa maliciosa en su rostro. La puerta del aposentó se cerró al tiempo que caían las últimas gotas en las azuladas montañas de aquel manso paisaje, mientras una paloma blanca hacia allí volaba, buscando el azul que en el cielo aún quedaba.
Una paloma blanca se refugiaba bajo un pequeño techo saliente de uno de los tantos ventanales de la ciudad, esperando a que calmase la lluvia vespertina, y en su curiosidad inocua, miraba con discutible curiosidad hacia el salón al otro lado del ventanal, donde un hombre recostado en un diván con mirada perdida en el espacio esperaba lo desconocido; y otro hombre detrás de éste, y sentado en una silla, apoyaba la barbilla sobre su mano y parecía buscar ideas en el aire, tan invisibles para él como para la paloma y las gotas de lluvia.
—No sé si estar de acuerdo con eso que usted dice—masculló G.
—No tiene que estarlo.
—Simplemente creo que no estoy buscando salirme de nada, estoy confundido, por chocar con el hecho de que parece que todo no es lo que siempre fue, si no que se reduce a conceptos, que por su obvia naturaleza, son subjetivos en su constitución, y me parece imposible entender las cosas si no es objetivamente, por lo que tengo que situarme en la duda de todo y en la no comprensión, si es que quiero ser fiel a mi razonar... Sea lo que sea esto que acabo de decir.
—¿No le parece que me está dando en parte la razón?
—No sé.
—¿No cree que esto que lo aflige es el producto de ser una víctima de la pasión?
—No lo sé...Y no lo sé, porque no entiendo, me resulta difícil entender lo que usted dice, porque he llegado al punto en que me confunde la manera en que se expresan los demás, y no puedo comprender verdaderamente lo que querían decir, si no más bien, capto ideas, y las relaciono con lo que se supone significan, y acto seguido, doy un sentido a aquello.
G. dio cuenta del alado espía en el ventanal y lo señaló con su mano derecha, la que levantó débil del diván, como si pesara más que su propio cuerpo.
—Esa paloma... Es bella, sé que no sé, pero inevitablemente algo me impulsa por dentro a sentir impulsos tan misteriosos como el mirar de esa ave. A veces me encuentro en la noche, mirando las estrellas, clavadas en un amplio manto cobalto, y aunque mis pensamientos nunca me abandonan, no puedo evitar dejarlos a un lado por un momento para decirme: ´´no sé porqué lo digo, no sé qué digo, no sé para qué lo digo, incluso no sé si es cierto que nada sepa... Pero esto es algo tan bello, tan hermoso, que conmueve, que fascina``... Y algunas lágrimas corren por mi rostro.
—Razonar no siempre es lo mejor, no siempre es la conciencia quien tiene la razón, a veces hay que dejar hablar el alma.
—No sé ponga poético profesor.
—No viva confundido G.
—Acláreme usted algo: ¿a qué se refiere con víctima de la pasión?
El profesor se levantó de su silla y soltó un suspiro expresando el cansancio de un día ajetreado. Se dirigió a la cafetera que se encontraba a lado del escritorio de la estancia, poco más a atrás del diván donde G. se encontraba, éste le miró mientras él se servía un café con toda tranquilidad y dando la espalda a su huésped. Tomó un sorbo de aquel oscuro y amargo elixir etiópico, y cerró los ojos mientras dejaba al líquido caliente recorrer su boca y su garganta. Finalmente, dio un nuevo suspiró y se volvió hacia G.
—Esa pasión nace de los deseos y anhelos ilimitados, que nos atan a las actividades materiales y crean el apego. Todo es consecuencia de los sentidos y no tener una mente controlada. Me explico: aquella persona sin apego, que no se regocija cuando lo bueno le sucede, ni se enfada algo malo le pasa, tiene una estabilidad mental perfecta. No es fácil llegar a tal punto, pues renunciar al goce de los sentidos mediante regulaciones, no borran la permanencia del deseo sensual. Esto que digo, es algo de conocimiento védico. Ahora, lo sentidos son parte de todos nosotros y no se puede pretender eliminarlos, pero sí controlarlos, a pesar de que son tan fuertes e impetuosos, que llegan a arrastrar la mente del hombre que intente controlarlos.
—Continue.
—Aquí llegaría la parte interesante, que explica el origen de su confusión. Cuando son contemplados los objetos de los sentidos, una persona desarrolla apego por ellos, de este apego nace la lujuria, y de esta lujuria surge la ira. De la ira, nacerá la ilusión, y de ésta, la confusión de la memoria. Entonces es aquí, cuando la memoria se confunde, que se pierde la inteligencia, y una vez perdida esta, caemos en el charco materialista, a merced de nuestros sentidos. Esa pasión, se fundamenta en la identificación con el cuerpo, y la búsqueda por complacer los sentidos.
—Pero...—Se detuvo G.—¿Si no soy mi cuerpo, qué soy?
—Esa pregunta, es una pregunta que usted debe de hacerse.
—Me gustaría que me diera respuestas.
—Y a mi me gustaría ser portador de ellas.
G. se detuvo a pensar un momento, absorto en sus pensares, mientras clavaba su mirada en las argentadas nubes del cielo, que servían de testigos a aquella conversación de dos hombres en negro, con nada más que sus pensares, y nada menos que sus sentimientos, sólo dos hombres en el tiempo de apurado paso, nada más que uno de tantos recuerdos, que se van añejando y se vuelven amarillentos.
—Yo...—entonó G.—Creo que esta conversación no llegará a una respuesta.
—Llegará a donde deba llegar.
—Pues entonces creo que ha llegado allí. A veces nuestras palabras se pierden en el aire, nuestras miradas en el rumor de la lluvia, nuestras ideas en las penumbras y nuestras emociones en la pasión. Yo no sé porqué sigo viniendo a hablar con usted. Siempre vengo buscando respuestas, y me marchó con muchas preguntas; no comprendo porqué usted continua recibiéndome, porqué continua escuchándome, y porqué me habla con tan amistosa elocuencia. He de decir, que en lo estrepitosa que es la actividad de vivir, aún quedan razones para sonreír, como esta simple y pueril plática, tan vana, pero tan única.
—Ahora el poeta no soy yo, su manera de hablar dice mucho de usted, el fiel ejemplo de dos personas luchando dentro de una sola. Una constante pelea entre el Yo racional y el Yo emocional, esa relación tan estruendosa que lo llena a usted de angustias y preocupaciones. Usted se hunde en los charcos filosóficos propios de la razón, pero lo domina tanto la emoción y el sentimiento, que se siente perdido, se confunde y cae en la intranquilidad y la zozobra. Usted es aquel que come con pinceles, y pinta con cubiertos.
—¿Dice que no soy racional?
—Digo que es una persona de emoción, de intensa pasión y sentimiento. Digo que busca desesperadamente aferrarse a la razón como único medio para entender un mundo tan inentendible como él mismo. Que cae desconsolado en una lucha sin espadas ni soldados, que sólo vive en una mente turbia como lo es la suya. Usted es la fiel imagen de la pelea entre lo que se es y lo que se quisiera ser, y cae en el círculo del tormento como si no hubiese otro destino. Está perdido, porque así parece quererlo, buscando con ahínco a quien le ha robado, para encontrarse con que aquel criminal es usted mismo.
—No lo sé.
—Claramente lo sabe, pero hoy no será cuándo se de cuenta de ello.
—Gracias por el tiempo prestado profesor, valoro esta charla. Hoy es una de las muchas conversaciones que sin fin tendremos.
—Ciertamente.
G. se levantó del diván y le extendió la mano al profesor, el cual se la tomó y la apretó con fuerza, dejando avistar una ínfima señal de sonrisa maliciosa en su rostro. La puerta del aposentó se cerró al tiempo que caían las últimas gotas en las azuladas montañas de aquel manso paisaje, mientras una paloma blanca hacia allí volaba, buscando el azul que en el cielo aún quedaba.
martes, 20 de mayo de 2014
G. y El Profesor. Parte I
Dirigíase hacia el edificio de estampa gris antigua, común ya en las visitas de los últimos tiempos. Subió las escaleras sin el mínimo apuro, hasta llegar al piso correspondido y reconocido por sus ojos sin la más mínima pista de satisfacción por el acto. Tomó asiento en una de las acolchadas bancas de afuera del aposento, mientras miraba al frente una pared en madera pulida, marrón oscura, como el lodazal, y brillante como la perla. A los momentos, un hombre abrió la puerta del aposento y le hizo un ademán para que entrase; sin pensarlo, se internó en él, y la puerta se cerró a sus espaldas, haciendo un ruido seco y metálico, que armonizaba con los truenos de la lluvia que ya comenzaba a caer afuera.
—Cuénteme entonces —dijo el profesor, que hacia un momento lo dejase entrar en su aposento.
—Estoy confundido —soltó G. mientras recostado en un diván, miraba hacia el infinito.
—Ya veo, cuénteme pues.
—Verá usted, siento una confusión gigante frente a todas las cosas que me rodean, frente a los conceptos que ha creado el hombre, frente a lo que he dicho llegar a querer y lo que he dicho llegar a odiar. Hoy siento que todos los pensamientos que en su momento mantuve como en un pedestal, no son diferentes de aquellos a los que mantuve por lo hondo, por allá, donde hace calor y vive un hombre rojo con tridente. Verá usted, yo estoy confundido, porque yo hoy no sé nada, yo sólo estoy seguro de mi no comprensión, porque ni siquiera siento entender realmente las palabras que utilizo, porque me parecen desconocidas, y a la larga, misteriosas, como las cavernas de los montes. Hoy, no sé qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, porque no encuentro diferencia alguna entre esos dos conceptos, que se predicarán opuestos, pero que concibo tan similares; y se me reprochará tal pensar, por zafio, procaz y blasfemo, pero al final no encuentro un verdadero significado a estas palabras que salen de la boca de personas que tal vez no saben lo que dicen, que tal vez sabrán lo que quieren decir, pero el lenguaje es tan limitado profesor, que al final dudo que un mensaje llegue en la pureza en que se concibió por primera vez, porque el mismo lenguaje deforma, y distorsiona esos mensajes.
—Quiero —continuó G.— preguntarle a usted profesor: ¿qué es eso que llaman bien y mal? Esos conceptos que no puedo dejar de ver iguales a mi vista y hacen que mi moral se aflija, aunque mi razón se nutra, y mi emoción, se asombre. Compártame a modo de buen samaritano, de amigo y maestro, que seré todo oídos para lo dicho por vos.
Después de un breve silencio, el profesor entonó.
Después de un breve silencio, el profesor entonó.
—Parece usted inmerso en un problema existencialista. El bien y el mal, resultan cosa seria, vana, misteriosa y tal vez, comprenderá usted la subjetividad que se oculta detrás de todo esto. Sabe usted que todos los conceptos humanos tienen un significado que el mismo hombre ha dado previamente, con el fin de explicar, exponer o dar a entender algo, y de esa manera, se va moldeando un lenguaje más estructurado, sin embargo, más propenso a ser interpretado de maneras diferentes. Verdaderamente, habré de estar de acuerdo con usted en la pluralidad del lenguaje, pero ignora usted la cualidad del concepto, a pesar de la no pureza del mismo. Entienda usted: mi sentir no será comprendido por usted, pero si se lo menciono, estará al tanto de él, seguramente detalles serán necesarios para que verdaderamente entienda mi sentir, y esos detalles los provee lenguaje. Usted, claro, no entiende lo mismo que yo por bien o por mal, o por muchos otros conceptos, y limitar en una palabra el sentir, es al final un intento de transcribir un sentir en letras, un intento aproximado de darle a entender al otro lo que pasa en mi, solamente eso. Ahora, en...
—Discúlpeme interrumpa profesor, pero no me es claro su pensar. Y no pretendo ofender la forma de estructurar sus argumentos, pero ese entender del que usted habla me es un concepto raro, así como lo es comprensión, sentir... ¡Todos! ¿Qué es entender? Resulta que la definición del concepto, expresa que es cuando se capta el sentido de algo. ¡Pero miré eso! Todas esas palabras están abiertas a la pluralidad y las diferentes interpretaciones. Cómo poder argüir que algo es entendido por mí, cuando en realidad las cosas por sí solas no pueden ser entendidas, sólo el concepto de ellas lo es. Así, la roca pasiva de la montaña al lado del raudal, no está al alcance de ser entendida por mí, pero el concepto de roca es lo que puede ser de alguna manera captado. Y perdona que utilice los términos entender y captar, cuando ya he manifestado ser un ignorante de su verdadera naturaleza, que razono, no son posibles de comprender, pero soy un victimario del lenguaje y lo que sea que signifique aquello que pronunció es lo que me hace un ser en sociedad.
—Verdaderamente, usted está confundido.
—Así lo he dicho.
—Sin embargo, parece hablar con certeza de los conceptos que decimos, a pesar que en un principio menciona no saber nada.
—Lo sé profesor, yo eso lo sé, y aun así, no entiendo porqué hablo con tal seguridad, tal vez sea esa necesidad de aferrarme a la certeza de alguna cosa y no vivir en el eterno escepticismo en que me encuentro inmerso. No imaginé que un día llegaría al punto en que vería igual a un asesino que a un estudiante promedio, o a un simple trabajador. O tal vez no los vea igual, pero no los clasifico entre lo bueno y lo malo, simplemente son personas que proceden de manera diferente, en base a lo que su placer les dicte, y así, quizás son felices, sea lo que sea felicidad; y así, quizá viven bien, porque están satisfechos haciendo aquello de lo que gustan.
—El mundo sería un caos si todos hicieran lo que quisieran, usted lo sabe.
—Yo lo sé profesor... O tal vez no lo sé, no sé nada. Basándonos en el placer, creo que una sociedad no sería viable, no habría una ley que regule esas acciones que afecten la convivencia, porque no habría límites en el accionar, y no quiero pensar qué sería de todo.
—Yo lo sé profesor... O tal vez no lo sé, no sé nada. Basándonos en el placer, creo que una sociedad no sería viable, no habría una ley que regule esas acciones que afecten la convivencia, porque no habría límites en el accionar, y no quiero pensar qué sería de todo.
—Usted es víctima de la pasión.
G. Volteó a mirarlo a la cara con sus cejas arqueadas en el total desconcierto.
— En estos momentos—continuó el profesor—, usted se encuentra en una posición en donde quiere salirse de los conceptos, del lenguaje, de la cultura, del hombre. Pero no es esto posible. Además, siento que se llena de angustia por esto, y es porque la misma naturaleza del lenguaje, lo aflige, y de esta manera, vivirá afligido, porque le da a la objetividad un pedestal y se encuentra incómodo en lo subjetivo del mundo en que vive... Pero esto es consecuencia de que aunque usted exteriorice estar en el desconocimiento de todo, usted puede estar en estos momentos, con más certeza de muchas cosas que yo; indudablemente, usted parece tener incluso conceptos de bien y mal en su interior más radicales que los que yo le pueda manifestar ahora, y a pesar de la condición que predica, tiene evidente soltura para expresarse, sobre lo que dice usted no puede ser comprendido. Sin embargo, duda, piensa, reflexiona y gira alrededor de la situación; donde no parece darse cuenta que su mente y su ego están jugando mosquita con usted... Y sepa, que usted va quedando.
jueves, 15 de mayo de 2014
Tíbar
En sólo tíbar mi alma
por verte así tan lánguida y azul,
que por momentos se hace en esta guerra calma
y por momentos muere en ti mi juventud.
Y en sombras oscuras de aquellas pupilas,
rumores de ríos y un terso laúd,
que gritan estremeciendo las mansas lilas,
de estas colinas altas que has creado tú.
En suspiro diáfano y sonrisa al ocaso,
que guarda una amargura de intensa brisa de mar,
hoy vi tu ser en abrazado ensueño raso
sobre trémulas lumbres de estrellas brillar.
Sonata en silencios de inexistente relación,
de esa tu presencia de estentórea belleza,
que acaba con los disparos en mi corazón,
Y hacen caer mi alma entre el verde y el turquesa.
Dichoso cantar este,
¡Oh, rima de naturaleza!
domingo, 12 de enero de 2014
Cosas que pasan en París
Una chica pasa por un café, sí, una chica, no dos o tres, solo una.
El la mira sentado en una silla fuera del café, mientras bebe un capuchino, no un tinto, un capuchino.
Ella camina rápida y segura, con el viejo continente de su lado, no el nuevo, el viejo.
El no despega la mirada de su silueta, mientras en el aire viajan sus experiencias, no una, varias.
Ella mira al hombre de soslayo, no una vez, no dos, sino tres, antes de detenerse.
El sonríe y le guiña el ojo, una vez, no dos.
Ella sonríe de vuelta y se sienta en una silla al lado de él, en la misma mesa, no en otra, en la misma.
El aroma a capuchino entra por sus narices y el sol refleja en sus gafas el rostro del hombre, no las piernas, el rostro.
Sonatas de viejos juglares entran por los oídos, haciendo presente el pasado, no el futuro, el pasado, ese que está mas atrás del presente, atrás de donde están ellos sentados, puestos por la vida.
Se besan sin decirse una sola palabra, sus labios se abrazan, sus lenguas se casan, una vez, no dos.
Sonríen el uno al otro mientras París canta su historia, donde los amantes llegan, se conocen, se besan y los nuevos relatos empiezan.
Ella no está más en la silla, vuelve a su camino, caminando lentamente, impulsando su destino.
El se levanta, deja unas monedas y se marcha, una historia, un relato, cosas que pasan en París.
El la mira sentado en una silla fuera del café, mientras bebe un capuchino, no un tinto, un capuchino.
Ella camina rápida y segura, con el viejo continente de su lado, no el nuevo, el viejo.
El no despega la mirada de su silueta, mientras en el aire viajan sus experiencias, no una, varias.
Ella mira al hombre de soslayo, no una vez, no dos, sino tres, antes de detenerse.
El sonríe y le guiña el ojo, una vez, no dos.
Ella sonríe de vuelta y se sienta en una silla al lado de él, en la misma mesa, no en otra, en la misma.
El aroma a capuchino entra por sus narices y el sol refleja en sus gafas el rostro del hombre, no las piernas, el rostro.
Sonatas de viejos juglares entran por los oídos, haciendo presente el pasado, no el futuro, el pasado, ese que está mas atrás del presente, atrás de donde están ellos sentados, puestos por la vida.
Se besan sin decirse una sola palabra, sus labios se abrazan, sus lenguas se casan, una vez, no dos.
Sonríen el uno al otro mientras París canta su historia, donde los amantes llegan, se conocen, se besan y los nuevos relatos empiezan.
Ella no está más en la silla, vuelve a su camino, caminando lentamente, impulsando su destino.
El se levanta, deja unas monedas y se marcha, una historia, un relato, cosas que pasan en París.
Corta escena sexual
Es una corta narración de algo tan pasajero como natural, pero no podía evitar traer la imagen a mi mente y mantenerla un rato frente a mi pensando en ella, mi querida y tan apreciada amiga.
Al desocuparse el teléfono de la casa, que ratos llevaba la mujer del servicio hablando en él, la quise llamar, tenía hambre y quería saber si estaba en el restaurante aquel, sonaron dos tonos y nada, y después del tercero, yo tiendo a pensar cosas, desde los mas tonto a lo mas natural.
Debe estar ocupada realizando algo y no tiene tiempo para contestar, no tiene a su lado el celular, está lejos de ella y le da pereza contestar, pero entre muchas, la mas preocupante para mi siempre es: o tal vez tiene sexo e interrumpo. Sería lo que mas pena me haría sentir, lo único era que estaba entretenido en mi laptop sin imaginar nada, y al oír su voz volví en cuenta de que la llamaba.
— Aló.
Salude de la misma manera, preguntó quien llamaba y le conteste con mi nombre, no sin antes notar aquellas cosas sospechosas que me hacen pensar que es un mal momento para que llamase, silencio en el lugar, su actitud de preguntarme qué necesitaba sin responderme dónde estaba, pero claro, esta la mas contundente de todas, la respiración agitada, y para confirmar mi sospechas, la voz de un hombre a lo lejos con una voz que refleja alegría por el momento que pasaba por esos instantes, cosa buena será.
—Sí, estoy en esas —concluyó—. ¿Pero qué necesitas?
Me parece a mi, que después de la premisa "estoy en esas", la pregunta "¿qué necesitas?" sobra en gran medida, porque ya la persona que llama pierde todo el interés que alguna vez haya tenido por responder esa pregunta y simplemente siente vergüenza al interrumpir un momento de trueque de placer, entre dos personas. Lo demás sobra, colgué inmediatamente.
Pero no pudé evitar que llegarán imágenes y bueno, solo quedaba acostarme y dejar que llegarán, en algún momento se irían y encontraría una distracción. He pensado que el hecho de saber que alguien que conoces se encuentra teniendo sexo te lleva a pensar muchas cosas, mas si no lo conocieras sería algo efímero y carente de significado.
Y comenzó la secuencia.
Ella se encontraba en cuatro con su pelo escondiendo su cara, mientras él movía rítmicamente su pene dentro de ella y soltaba leves suspiros cuando tenía altos picos de excitación, ella también, con el placer vibrando a manera de calambres por todas las venas de su cuerpo. Su piel morena bañada en sudor, soltando suspiros de excitación y placer mientras sus nalgas se estremecían en el vaivén de aquel falo que entraba y salía cada vez mas lubricado, tanto por sus propios fluidos como de los ajenos. Ella vuelve a soltar un pequeño chillido de placer, poniendo los ojos en blanco y entrecerrándolos un poco mientras sus paredes vaginales palpitan con la presencia de aquel visitante no visto antes, pero parecido a otros dos que habían ya conquistado aquellas tierras de calor, placer y orgasmos húmedos, agradable era su palpitar que abrazaban con pasión desmesurada al visitante, invitándolo a entrar más, entrar fuerte, y explorar en el interior de una cueva que guarda historias de fantasías pasadas, emociones y sensaciones.
Y yo miré al espejo, pero la secuencia siguió, así que cerré los ojos, si no tenía para ir a cine, al menos podía ver una película, aunque rara por ser la actriz principal una mujer que conoces y a la que le hablas... e incluso le tocas las nalgas en ocasiones.
Tal vez está escena nueva que llegó no entró con el mismo impacto que la anterior, no por ser anacrónica, si no porque ni mi inmanipulable imaginación generaba con exactitud los gestos de vuestros queridos protagonistas.
Ella se recostaba y abría sus piernas mientras él bajaba su cabeza para realizarle un Cunningulus, y las acciones de su lengua se transmitían en sonidos que venían del mismo clítoris hasta la boca de ella, y en pequeños electrochoques en su sistema nervioso, la libido estaba tan arriba como en esos momentos en donde el sentido reinante es el tacto, porque las sensaciones se vuelven lo único que el cuerpo busca, y al final su cuerpo se retuerce en placer, o por lo menos así parece, porque sus ojos están cerrados, sus labios vaginales hinchados, su clítoris asomándose para ser acariciado por unas papilas gustativas, su piel húmeda y mi toque favorito (si es que se puede decir favorito aquí), sus pezones duros y erguidos que dan un toque especial y diré, atractivo.
Y allí acabó todo, no fue más lo que vi... El final fueron unas pequeñas imágenes de ella montada sobre el cuerpo de él, mientras su sexo con locura se atraganta con su pene, en gritos de placer, ella llega a un orgasmo y él hace lo propio y terminan abrazándose, alguien dice un chiste idiota, los dos se ríen y todo vuelve a la normalidad.
Vuelvo en sí, puedo mirar a mi alrededor sin más imágenes en mi cabeza, ahora tranquilo, todo es normal otra vez y continuo con mis actividades.
Una corta narración de algo tan pasajero como natural.
Al desocuparse el teléfono de la casa, que ratos llevaba la mujer del servicio hablando en él, la quise llamar, tenía hambre y quería saber si estaba en el restaurante aquel, sonaron dos tonos y nada, y después del tercero, yo tiendo a pensar cosas, desde los mas tonto a lo mas natural.
Debe estar ocupada realizando algo y no tiene tiempo para contestar, no tiene a su lado el celular, está lejos de ella y le da pereza contestar, pero entre muchas, la mas preocupante para mi siempre es: o tal vez tiene sexo e interrumpo. Sería lo que mas pena me haría sentir, lo único era que estaba entretenido en mi laptop sin imaginar nada, y al oír su voz volví en cuenta de que la llamaba.
— Aló.
Salude de la misma manera, preguntó quien llamaba y le conteste con mi nombre, no sin antes notar aquellas cosas sospechosas que me hacen pensar que es un mal momento para que llamase, silencio en el lugar, su actitud de preguntarme qué necesitaba sin responderme dónde estaba, pero claro, esta la mas contundente de todas, la respiración agitada, y para confirmar mi sospechas, la voz de un hombre a lo lejos con una voz que refleja alegría por el momento que pasaba por esos instantes, cosa buena será.
—Sí, estoy en esas —concluyó—. ¿Pero qué necesitas?
Me parece a mi, que después de la premisa "estoy en esas", la pregunta "¿qué necesitas?" sobra en gran medida, porque ya la persona que llama pierde todo el interés que alguna vez haya tenido por responder esa pregunta y simplemente siente vergüenza al interrumpir un momento de trueque de placer, entre dos personas. Lo demás sobra, colgué inmediatamente.
Pero no pudé evitar que llegarán imágenes y bueno, solo quedaba acostarme y dejar que llegarán, en algún momento se irían y encontraría una distracción. He pensado que el hecho de saber que alguien que conoces se encuentra teniendo sexo te lleva a pensar muchas cosas, mas si no lo conocieras sería algo efímero y carente de significado.
Y comenzó la secuencia.
Ella se encontraba en cuatro con su pelo escondiendo su cara, mientras él movía rítmicamente su pene dentro de ella y soltaba leves suspiros cuando tenía altos picos de excitación, ella también, con el placer vibrando a manera de calambres por todas las venas de su cuerpo. Su piel morena bañada en sudor, soltando suspiros de excitación y placer mientras sus nalgas se estremecían en el vaivén de aquel falo que entraba y salía cada vez mas lubricado, tanto por sus propios fluidos como de los ajenos. Ella vuelve a soltar un pequeño chillido de placer, poniendo los ojos en blanco y entrecerrándolos un poco mientras sus paredes vaginales palpitan con la presencia de aquel visitante no visto antes, pero parecido a otros dos que habían ya conquistado aquellas tierras de calor, placer y orgasmos húmedos, agradable era su palpitar que abrazaban con pasión desmesurada al visitante, invitándolo a entrar más, entrar fuerte, y explorar en el interior de una cueva que guarda historias de fantasías pasadas, emociones y sensaciones.
Y yo miré al espejo, pero la secuencia siguió, así que cerré los ojos, si no tenía para ir a cine, al menos podía ver una película, aunque rara por ser la actriz principal una mujer que conoces y a la que le hablas... e incluso le tocas las nalgas en ocasiones.
Tal vez está escena nueva que llegó no entró con el mismo impacto que la anterior, no por ser anacrónica, si no porque ni mi inmanipulable imaginación generaba con exactitud los gestos de vuestros queridos protagonistas.
Ella se recostaba y abría sus piernas mientras él bajaba su cabeza para realizarle un Cunningulus, y las acciones de su lengua se transmitían en sonidos que venían del mismo clítoris hasta la boca de ella, y en pequeños electrochoques en su sistema nervioso, la libido estaba tan arriba como en esos momentos en donde el sentido reinante es el tacto, porque las sensaciones se vuelven lo único que el cuerpo busca, y al final su cuerpo se retuerce en placer, o por lo menos así parece, porque sus ojos están cerrados, sus labios vaginales hinchados, su clítoris asomándose para ser acariciado por unas papilas gustativas, su piel húmeda y mi toque favorito (si es que se puede decir favorito aquí), sus pezones duros y erguidos que dan un toque especial y diré, atractivo.
Y allí acabó todo, no fue más lo que vi... El final fueron unas pequeñas imágenes de ella montada sobre el cuerpo de él, mientras su sexo con locura se atraganta con su pene, en gritos de placer, ella llega a un orgasmo y él hace lo propio y terminan abrazándose, alguien dice un chiste idiota, los dos se ríen y todo vuelve a la normalidad.
Vuelvo en sí, puedo mirar a mi alrededor sin más imágenes en mi cabeza, ahora tranquilo, todo es normal otra vez y continuo con mis actividades.
Una corta narración de algo tan pasajero como natural.
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