“Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No es el ruido externo lo que nos aturde; es el grito de las pasiones. No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas un medio para acallar la propia algarabía”.

Fernando González Ochoa

domingo, 12 de enero de 2014

Cosas que pasan en París

Una chica pasa por un café, sí, una chica, no dos o tres, solo una.
El la mira sentado en una silla fuera del café, mientras bebe un capuchino, no un tinto, un capuchino.
Ella camina rápida y segura, con el viejo continente de su lado, no el nuevo, el viejo.
El no despega la mirada de su silueta, mientras en el aire viajan sus experiencias, no una, varias.
Ella mira al hombre de soslayo, no una vez, no dos, sino tres, antes de detenerse.
El sonríe y le guiña el ojo, una vez, no dos.
Ella sonríe de vuelta y se sienta en una silla al lado de él, en la misma mesa, no en otra, en la misma.
El aroma a capuchino entra por sus narices y el sol refleja en sus gafas el rostro del hombre, no las piernas, el rostro.
Sonatas de viejos juglares entran por los oídos, haciendo presente el pasado, no el futuro, el pasado, ese que está mas atrás del presente, atrás de donde están ellos sentados, puestos por la vida.
Se besan sin decirse una sola palabra, sus labios se abrazan, sus lenguas se casan, una vez, no dos.
Sonríen el uno al otro mientras París canta su historia, donde los amantes llegan, se conocen, se besan y los nuevos relatos empiezan.
Ella no está más en la silla, vuelve a su camino, caminando lentamente, impulsando su destino.
El se levanta, deja unas monedas y se marcha, una historia, un relato, cosas que pasan en París.

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