Menestetes y Tridias se encuentran como siempre en el balcón de la edificación arcaica del teatro, el día no es más soleado que los demás ni tan sórdido como todos. Alcidias les ha dejado vino y un pan francés con uvas, se marchó dejándoles no más que una sonrisa y un ademán de respeto.
—Por estos días decía Licias que nada puede ser peor que un enamorado y que no hay error más grave que hacerle caso a una persona enamorada—dice Menestetes—.
—¿Por qué?
—Porque no hay nadie que tenga menos capacidad crítica que un enamorado. Al enamorado le parece divino todo lo de su amada, incluso sus defectos que pueden ser tan o más grandes que sus virtudes, ¿Cómo hacerle caso a una persona así, que se encuentra trastornada?
—El amor es un delirio al fin y al cabo.
—Ciertamente, el amor es un delirio.
—Pero recuerda que el delirio no es malo, sin el delirio no habría arte, sin la locura no hay arte, no hay amor. Las reglas de la métrica y los acentos bien estudiadas no hacen grande al poeta, jamás es el arte una colección de reglas que posteriormente se llevan al papel, al lienzo o al mármol. Es el delirio, de allí sale esa esencia bella y natural, donde reluce la más altísima demostración artística y junto con el conocimiento, dan lugar a las bellas obras.
—No debe ser el delirio malo, ¿Pero qué espacio encuentra el delirio en la lógica? En el delirio no hay una mentalidad crítica, ni siquiera racional.
—No es racional, no parece serlo. El delirio es una manifestación intangible que se escapa al razonamiento. Vaya que uno se enamore, y la razón se hace de lado automáticamente, las ideas lógicas se esconden, y el ser se pierde en la admiración de lo amado, es por eso que el hombre se convierte en el ser con menos capacidad crítica, porque no está en el plano de la razón, está elevado en nubes rosas mientras oye sonatas dulces, y sonríe a las hadas y los duendes. Es por esto, que el amor está sobre la razón.
—Ese mundo del amor es una fantasía. No puedo negar que el amor se nos escapa, pero no porque no este al alcance del razonar, sino que su complejidad es abrumadora y daría la impresión que el pensar se queda corto a su lado. El amor puede relacionarse con la levedad, el cuerpo está elevado sobre el piso y flota con la brisa, mientras se mece un ser sonriente y agraciado. La razón, en cambio, es de peso, el cuerpo está con los pies bien establecidos en la tierra, pero el ser es más abrumado y atribulado, no sonríe tanto y ciertamente no es muy agraciado, pero es más conocedor.
—¿Dirías entonces que el enamorado es un ahogado en el delirio, con su razón borrosa y su ser sosegado?
—No es tan sosegado como aparenta a primeras.
—¿Por qué lo dices?
—Tridias, el sosiego es el punto de partida para la angustia. El enamorado en su delirio afirma que su objeto de amor es completamente esencial y necesario para su vida, y sin él no puede vivir, lo cual es peligroso. Además exige al amado que proclame lo mismo de él y tiene la disposición para servir cual esclavo a ese objeto de su amor. Eso es, un esclavo del amor, es una marioneta de su sentir, a pesar de que puede ver los hilos que lo mueven no opone resistencia ante ellos, y bueno, tampoco es que la tenga que oponer.
—Diciendo esto Menestetes, te contradices. Estas equivocado. Me decías que el amor se relaciona con la levedad y ahora me pintas el amor como un peso gigante, como un servilismo incondicional al objeto del amor y una angustia por la complacencia constante y la búsqueda de la reciprocidad en el sentimiento. Eso es un peso grande, eso no es levedad. El enamorado es tan inestable como una edificación sin columnas. Podría decirse que el enamorado oscila entre peso y levedad, es leve cuando tiene su objeto de amor en la cercanía y éste se encuentra plácido, dichoso, cómodo; vive en la aletargante belleza de su enamoramiento. Pero se vuelve pesado cuando el objeto de amor está ausente, cuando recuerda que no puede vivir sin él, que es completamente esencial, que debería estar complaciéndolo y que podría perderlo (a pesar de no tenerlo); vive en la angustia y la pena de su enamoramiento.
—Es un idiota.
—Ciertamente es un idiota... Pero es bello.
—Es un bello idiota entonces, pero es un idiota. Sin embargo, no pierde una autoridad en su vida, al menos tiene un punto de referencia para actuar, y no se ha perdido en el escepticismo de nuestro pueblo. Qué peligroso sería caer allí, porque aquel que se enamora al menos vive en la certeza, y no duda de su existir ni de su amor. Pero aquel que pierde una referencia para actuar y pierde toda noción de verdad ha caído en la más insoportable levedad de todas; ése sí, ése sí anda en las nubes, ése está suspendido en el espacio y ni de su existir tiene certeza, porque en el mundo de la más altísima e insoportable levedad, certeza es una palabra desconocida.
Siendo así, el enamorado es un ser de peso, con los pies en la tierra, pero que a veces da largos saltos, donde flota por momentos pero siempre vuelve a caer en la tierra.
—Y cómo es de fuerte el enamoramiento que incluso racionalistas tan distinguidos como tú, una vez atrapados por él no muestran el deseo de escaparse de esa sensación y se pierden de la misma manera en la admiración de su amada. Por eso, Menestetes, por eso es que el amor está por encima de la razón.
—Por eso, todos somos unos potenciales idiotas.
—Por eso todos somos bellos.
—Bellos idiotas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario