“Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No es el ruido externo lo que nos aturde; es el grito de las pasiones. No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas un medio para acallar la propia algarabía”.

Fernando González Ochoa

lunes, 1 de diciembre de 2014

La tertulia del macilento

Cuando recostado desperté en medio de la lluvia, sólo había oscuridad y humedad fría y penetrante, las gotas galopaban en la hojarasca y me abofeteaban la cara con ansias para después acariciarme con lentitud, cada vez más lentas, cada vez más cálidas. Se oía la fuerte ventisca que golpeaba el bosque de altos e imponentes pinos y a su vez estos crujían con tono terrorífico y casi fantasmal. Mi ropa estaba sucia y mojada, además de desgastada y fría como todo y como ella. Abrí los ojos y me quedé por un instante mirando al cielo, el que me lloraba con ansias desesperadas; yo miraba la luna que era la única luz del paisaje, la única divinidad de la travesía, y al fin y al cabo mi única compañía pura y divina.

Cuando intenté levantarme, mi cuerpo se contorsionó y por mi boca gemidos de dolor asustaron las ramas de las herbáceas y los arbustos. Me quedé recostado y mandé intuitivamente mi mano derecha a mi costado, para toparme con una hendedura ardiente de la cuál brotaba un líquido cálido acuoso y hasta podrán, quién sabe, decir los búhos y las gargolas que de color magenta.
El ramaje, violento se estremecía a medida que se hacía más fuerte el ventarrón de aquella tormenta de los mil demonios, o de los mil ángeles, o sólo del cielo mismo, diré que mía. Entonces un hermoso lago comenzaba a nacer gracias al agua celestial que precipitadamente se suicidaba contra la tierra, y mi cuerpo de a poco comenzaba a ser tapado por él. Las ranas comenzaron a nadar sobre el agua y realizaban piezas sincronizadas para demostrar sus habilidades anfibias únicas mientras sus futuras parejas desde una rama admiraban hoscamente sus intentos valientes para encontrar ese amor tan anhelado.

Con la fuerza que aún quedaba en mi, comencé a arrastrarme lentamente a una orilla, pero sólo conseguí llegar a un lugar donde mi cabeza era la única parte de mi consumido cuerpo que podía respirar del húmedo aire. El crujir de los pinos se hizo más constante y más fuerte, y sonreí al ver que el terror tenía más miedo que yo y se escondía entre los arbustos temblando, me daba cuenta que quizás, sólo quizás, jamás le hemos tenido miedo al terror ni al mismo miedo, más bien a nosotros mismos, más bien a esa rareza que llamamos yo. Quizás las mismas ranas que nadaban danzantes en su baile acuático sabían eso, tan convencidas en su accionar y tan elocuentes en sus movimientos.. !Ay es que ellos saben tanto más que nosotros!

Me había dormido por un momento, y desperté en la misma escena, quizás con un poco más de negro, menos viento y un toque de debilidad. La ranas estaban por parejas en el ramaje, hasta parecían haciéndose caricias mutuas y susurrándose secretos, tal vez hablaban de mi, después de todo no es común ver a un prospecto de ser humano en su momento más desastroso y raído. Qué curioso es que yo en realidad, en tal oscuridad jamás podría ver nada más que la misma luna, y que en ningún mundo cercano sería capaz de divisar esas ranas que con tanta avidez puse allí a mi lado, bailando, danzando, nadando, amando quizás.  Qué curioso es que en dicha oscuridad ignorara tanto el dolor que mi cuerpo sentía y me perdiera en fábulas hermosas y sonrisas tontas, pero tan extasiantes fábulas, tan necesarias sonrisas, de igual manera, ya no quedaba nada por lo que pelear más que por lo último a lo que verdaderamente me podía aferrar, la locura, sus incongruencias, sus contradicciones y sus radiantes cambios de identidad. !Ay! !Hacía rato que la vida había dejado de ser algo para aferrarse! ¡Hacía rato que no era nada para mi! ¡Hacía rato que me había convertido en la burla, la insania y lo absurdo, que hasta había dejado de ser persona! !Y cómo diablos le puede doler el cuerpo a alguien que no es más humano y que no tiene nada porque no es un ser de carne!
No... Sí era de carne... Pero falsa carne

En un momento un rayo azotó violentamente uno de los árboles más altos y gruesos, y por un leve momento se hizo luz a mi alrededor. Ojos por todos lados, penetrantes y grandes ojos posados en mi, de diferentes tamaños y tan terroríficos que un vacío devastador azotó mi pecho y abdomen y sentí mi desesperado corazón agitarse, pánico.  Los ojos se acercaban más y formas extrañas se comenzaban a acercar lentamente hacia mi, siluetas de personas que no eran personas, brazos más largos y gruesos, uñas largas y rojas, dientes filosos que se salían de las bocas de sus dueños, y un cabello negro y largo que tapaba gran parte de los rostros demoníacos. Sus formas extrañas precipitadamente contra mí se arremeterían y pronto todo habría llegado a su fin. Una lágrima alcanzó a salir de mi ojo derecho para ser la última de las muchas que alguna vez fueron, en aquellos tiempos en que quise ser feliz y dichoso, en aquellos tiempos en que sonreía y amaba, aquellos mismos en donde la inocente mirada de una mujer estremecía mi mundo, cuando fui apasionado y hasta bello.
Cerré los ojos con fuerza y escuché un estruendo mientras seguían cayendo estrepitosamente las gotas de lluvia. Abrí los ojos instantáneamente buscando a Dios, quizás a Pedro o al mismísimo diablo. No fue así. El árbol que había recibido el violento golpe de aquél rayo se precipito justo a unos metros de mi, en donde aquellas bestias buscaban mi sangre.

Y de repente, tan terrorífico como nunca, la lluvia cesó de golpe y un silencio de demencia invadió el lugar. Nada se oía, ni viento, ni lluvia, ni el crujir de los pinos, ni mis pensares. Esperé.
Un rostro blanco pálido se apareció frente a mi rostro, tocando mi nariz con la suya y con su cabello negro y largo cubriéndome parte de la cara. Su boca se dirigió a mi oído con una eterna lentitud y soltó unas frías y metálicas palabras: "Cesó la lluvia".

Y dormí. Al despertar todas las ranas estaban muertas y yo me fui saltando, porque en realidad jamás había sido, porque siempre las ranas habían sido yo, porque muerto ya estaba, mucho, mucho antes de morir.

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