“Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No es el ruido externo lo que nos aturde; es el grito de las pasiones. No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas un medio para acallar la propia algarabía”.

Fernando González Ochoa

jueves, 4 de diciembre de 2014

Diálogo de dos

—Si supiera usted lo que es este duelo, si supiera que se han caído tantas cosas, que hay derrumbes y tiroteos en mi interior, que es una guerra sangrienta e inacabable, donde ya los soldados olvidaron el porqué todo comenzó. Si estuviera usted en donde yo comprendería la angustia que agobia la identidad de lo que soy o al menos de lo que he creído ser. Y pensar que todo se derrumba por mover sólo una ramita en la gran estructura que es mi presa.
—Puedo decir que no se ve bien, que no es estética su imagen a mis ojos, será por su conmoción interior. Puedo entender por lo que pasa, pero no me sentiría como usted en su posición. Yo no veo nada para caer en la pena, pero mis ojos no son los suyos.
—Es el error de todos, de esos que son incluso más cerrados que yo. Que dicen ponerse en mi posición para comprender qué me sucede, pero no entienden que ponerse en mi posición no es sólo vivir los eventos que suceden en el momento, sino que tienen que tener mis experiencias en su cabeza, mis pensamientos, mis miedos, mis alegrías, pasiones y penas. Tienen que ser yo, y eso no se puede. Ponerse en la posición del otro es metafórico, y sin embargo, lo mejor es aferrarse a esa metáfora, porque es lo único que hay de evidente y que nos permite al menos divisar que existe algo, algo que esa otra persona vive y sufre, que aunque jamás podamos entender cómo lo entiende ese sujeto, se puede al menos, tener las ideas más vagas y no por eso menos importantes sobre la naturaleza de su situación.
—Mire usted, ni siquiera intento ponerme en su posición, reconozco lo ajeno que es para mi. Pero no menosprecio su estado, ni siquiera me hago sordo cuando a veces en su discurso se percibe que habla sólo por hablar, sólo por decir, sólo por contar. Y no ignoro su condición no porque me preocupe enormemente su persona, ni por los grandes afectos que le pueda tener, sino más bien porque me reconozco en el entorno del mundo, y usted es parte de ese entorno. Ser parte del mundo del lenguaje es al fin y al cabo darle significado a las cosas, y junto con esto crearse una identidad con lo percibido. Hay restos por todos lados de cada uno de nosotros, aprender del mundo es, al fin y al cabo, aprender de uno mismo. Aunque bueno, eso es lo que creo yo, y es mi opinión, no hay nada que diga que sea un absoluto, pero tampoco nada que diga que no lo es.
—¿Todo se remite a uno, no?
—No lo sé.
—Pues yo sí, y así es. Habría usted de estar donde estoy yo para comprender lo que me pasa, pero sería pedirle que se convirtiera en mí, cosa que no veo posible, además no tengo el objetivo de ser entendido ni por usted ni por nadie, eso no es parte de mi angustia ni aumenta mi sudoración nerviosa. Pero no ser entendido si quiera por mi mismo es algo muy diferente y muy impreciso, por no decir confuso. Y le cuento si de algo vale.
—Cuénteme.
—Por voz de una mujer me he sentido como se sienten ustedes y todos cuando hay de algo de eso que los lleva a realizar poemas y dedicatorias, esas vibras extrañas que se escapan al razonar. Entiéndase que las palabras pueden ser sólo palabras a la boca de una persona y ser ataques, canciones, alegorías, poemas y penas en la voz de otras. Es algo común el caso segundo cuando se ama, y si ha amado usted aunque no ame como yo, podría atisbar la idea que creo pretendo transmitir. Las palabras de la amada siempre serán palabras sagradas, guías divinas, vocablos irreprochables, y siempre siempre, de un gran impacto, y aquel que ama está a la merced de aquello, pues es su sentir quien lo mueve, es su corazón quien lo dirige, no su razón. Sabiendo esto, le digo que me dijo algo absurdo, algo tan leve como el aire, tan imperceptible como el polen, tan minúsculo y simple como una gota; pero que para mi resultó ser una llama de violenta presencia, que una vez habiendo tocado la hojarasca de mi bosque interno, se expandió tan rápidamente, que sorprendido me encontré cuando vi que los árboles se caían y el humo era negro y denso, que todo se derrumbaba y las coloridas flores se volvían negras como el carbón. Así, así como le pasa a uno. Y sigo siendo espectador de semejante catástrofe, pero sabe usted, qué catástrofe tan penosa, tan angustiante, tan dolorosa, pero tan necesaria. La llamita de un principio por sí misma no representa la fuente de la pena y la angustia, porque nada tan pequeño e insignificante como una minúscula llamita al viento puede derribar las construcciones que tan fuertemente se han montado al interior de uno. Es su manifestación, es aquello que desencadena, es lo posterior, lo puntual, lo increíble. Eso precisamente, eso que parecía tan absurdo y leve, ha atestado golpes tan fuertes que mi cuerpo me duele, que mi identidad se balancea en el limbo, que las verdades escondidas y ocultas salen a la luz con más fuerza y energía que nunca, que la realidad me golpea con la fuerza astronómica de un Dios griego; y yo, tan mortal y tan débil, tan insignificante y chico, tan indefenso como la tortuga que apenas rompe el cascarón, yo, tan humano, no puedo soportar esta tragedia. Dije en un principio que había una guerra en mi interior, ¿pero sabe usted? Yo ya no tengo un ejercito que pelea, toda esta hecatombe ha acabado con él, y ahora sólo quedan volcanes y tormentas, terremotos y avalanchas... Y restos, restos de lo que soy, o bueno, que fui. ¿Se construirán nuevas edificaciones, tal vez mucho más fuertes que las que han caído? Todo se ve tan acabado, tan derruido, tan desgastado y tan triste, que decir que no, es lo más tentador, lo más atractivo a la razón, y sin embargo, lo más trágico.
Es evidente que vivimos en duelos constantes que nos construyen, y no debe ser eso misterio alguno. !Pero ay! !Cuando no hay siquiera un punto para pararse firme, cuando no hay lugar para asentarse, para decir qué es y qué no, cuando uno se vuelve tan ajeno a sí mismo y lo alto y lo bajo se convierte en lo mismo, cuando no se conoce nada sobre la verdad y desaparece todo criterio efectivo de ella, se precipita todo en la subjetividad, y se cae en el escepticismo,  qué existencia tan trágica!
Venga usted a ver qué es el mundo cuando uno se diluye con él y no logra distinguirse del mismo. Qué locuras pasan por la cabeza de aquel acabado y melancólico lacayo de su amor, de su mente, su razón o de quién sabe qué impulso trascendental. No controlamos ni siquiera lo que pensamos, y cómo pretender controlar la vida cuando ni siquiera nos hemos de controlar a nosotros mismos, a eso que somos. Es lo mismo que creer en la posibilidad necia de navegar los mares sin conocer cómo usar los remos o cómo utilizar la barca. Tonterías.
—Usted es un hombre de certidumbres.
—Todos lo somos, no hay humano sin certezas.
—Es cierto, usted ni es consecuente ni razonable cuando se ensimisma, cuando se vuelve más humano, y que es, no me sorprende, cuando habla de su sentir. Yo no soy como usted, y sé que lo sabe, pero su visible exigencia a entender lo que usted, ver lo que usted como usted, aunque tentadora, no me es hoy posible. ¿Sabe usted? Creo que podría, ya que es un universo de probabilidades, entenderlo e incluso sentir lo mismo, pero si lo hiciera dudo mucho que identifique que he entendido como usted y he sentido como usted. A diferencia de usted, yo creo que sí es posible ponerse en la posición del otro más allá de lo metafórico, pero no creo que se pueda identificar con total certeza el momento exacto en que se está totalmente en esa posición, donde se ve y se piensa igual. Ponerse en la posición del otro, no es para mi pensar igual y sentir igual para entender igual que el otro. No. Es para mi, vivir las mismas circunstancias y con la formación que es propia de uno, que está inscrita en uno, reaccionar ante ello.
—Ha de ser imposible comprender igual al otro si no se es el otro, porque la percepción del mundo de cada cual es diferente. Sin embargo, no niego la posibilidad de un entendimiento así sea vago, que aunque entra dentro de lo entendido, no deja de ser vago. No hay un conocimiento puro que podamos tener del otro. Ciertamente jamás entenderemos ni terminaremos de conocer al otro.
—Me parece que ignora lo general. Habrán cosas que podemos sentir todos igual, como es el amor, el odio y la envidia. Aunque no deja de ser verdadero que todos aman diferente, odian diferente y envidian diferente, la esencia del amor, del odio y la envidia, es la misma. Para usted y para todos. Debo darle la razón en algo, no podremos entender al otro verdaderamente aunque lo volvamos objeto de conocimiento, sólo podremos percibirlo, interpretarlo y crearnos una representación de esa persona, pero esa representación no es ni será la persona misma. Y tal vez, sólo tal vez, la representación podrá captar su esencia, que debería ser el único objetivo del amante en cuanto a su búsqueda de conocer la amada, y dejar como misterio el resto, porque el misterio en el amor es parte importante, amar es al fin y al cabo una eterna búsqueda de conocer y de apreciar. Amar es de lo más artístico.
—No habla como humano, señor. Pareciera recitando un texto de filosofía. Pero siempre ha sido propio de su persona. A veces debería, de intentar entender el mundo sintiéndolo, no analizándolo. Todo el saber puntual no es de la lógica, y que me perdone Platón la impertinencia. En qué momento se desvalorizo el sentir, la emoción y aquello que no somos capaces de explicar con lógica.
—No debe sentirse molesto.
—No lo hago. He llorado mucho como para tener suficiente energía para molestarme por la manera en que usted vea el mundo. Además me queda mucho por llorar, de verdad, de verdad que si supiera, si tan sólo supiera lo que siento, lo que me pasa, como sufro, entendería mi pena, entendería las lágrimas, y quizás podría entender algo de sí mismo. Quizás es este mundo hecho para vivir en la incomprensión, y saber vivirla con la mayor tranquilidad. ¡Pero ay! ¡Tan humano, tan mortal, tan débil, tan simple, que me estoy ahogando de a poco!
Amigo mío, me estoy muriendo en vida.
—Amigo mío, está viviendo más que nunca.

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