En el manto santo
se esconde al llanto
y aunque no canto, no son
tantos mis desvelados dolores
que predica el atardecer.
Antes fue gloria,
euforia implacable de
fiestas marroquínes,
en bulbosos trajes de olor
a canela.
Su piel sabor a miel,
apegada a mi tan fiel,
díganme quién a puesto el
sabor de su enriquecido corpus.
Grande el que ande por
la pradera y muera
con la fiera del salvaje
y errante amor sabor salmuera;
o acaso fuera nuera de
mi adornado paso,
que escaso y descalzo
se mira el albornoz
terso y raso.
Fuera flor sabor a sol,
si bemol, qué gran control,
sabor amargo y un pavor
que a veces le han llamado amor.
Sube en las nubes,
acaso nunca pude
en aquel cielo y sus clubes
buscar el hielo de mi
vagabundo corazón.
Esa sazón candente al diente,
si cazó fue en oriente,
o tal vez miente porque siente
que su cliente a otro observa.
Pero si no abrí
la puerta al colibrí,
vuela conmigo
y contigo
volará mi abril.
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