Me matarán los incautos vacíos que nacen de los lagos de mi remordimiento. Habrán de consumir cada pedazo de mi espíritu y hacer con mis sueños fogatas, donde se ilumina la vida mientras se vuelven cenizas aquellos ideales que con tan esmero cultivó el jardinero viejo que mi ego encomendó para mantener vivo el anhelar. Y entonces, cuando se hayan marchitado las flores, cuando se hayan secado las fuentes, cuando no hayan nubes en el cielo, cuando ya ni siquiera los gritos angustiosos resuenen en mis campos, ¿qué quedará de mí...?
Y doy cuenta que lo que yo soy no eran esos sueños, esas ilusiones y esos deseos que me llevaron tentado al mundo de la ilusión. El cuerpo se hace tíbar, las almas flotan sobre las desoladas pampas, mientras la muerte se deleita con sus figuras danzantes y bellas. Ella, es más amiga de la vida que nadie aquí. Voy donde ella y le toco el hombro... Desaparece. No existe siquiera la muerte que se deleita al ver flotar las almas.
Son espejos esas flores que vi crecer, y son quienes cuentan la vida que soy, que queda, que sin morir nunca sólo es luz titilante en el cielo oscurecido, que otros soñadores miran en las lejanías sin siquiera imaginar los mundos que se mecen sobre aquella luz. Y soy la luz, y soy el soñador que la mira, y soy el césped sobre el que éste se sienta, y soy su mirada curiosa, y soy las flores ya marchitas, y soy todo el paisaje que lo rodea sin dejar de ser sólo una pequeña luz, que titilando y titilando, sólo es resplandor puro rodeado por oscuridades que no existen.
Y así, habiendo compendido que soy luz... ¿Cómo podrían matarme aquellos vacíos?
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