Callejas empredradas para trazar mis caminos,
y lento al caminar, respiro y sueño,
y me ven las malezas de los jardínes
que las amas no cuidaron después
de los juegos artificiales de sangre.
Antes de cantos fúnebres,
ahora de dulces como azucarado abedul,
flor de antes de nada y de silencio
moribundo al que camina sin pulso,
y al muerto que no volvió a pensar.
Allá se oyó en el rumor del río,
que es vespertino y dulce pero
cuando nocturno es cándido de sal,
a veces de neutro sabor de crepúsculo,
a veces lágrimas de arroyos íntimos.
Vuela vuela castañuela,
canta canta el ruiseñor.
Ahora, corriendo por el pueblo,
buscando las pasadas primaveras,
encuentra el abedul que no canta y silencia.
En las callejas empedradas,
donde lloran las amantes cansadas.
Muerto ya, cuando dejó de pensar en nada,
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