“Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No es el ruido externo lo que nos aturde; es el grito de las pasiones. No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas un medio para acallar la propia algarabía”.

Fernando González Ochoa

lunes, 10 de septiembre de 2012

La Risa y El Olvido



Estaba muy cansado, cansado de todo y de sí mismo, quería olvidarse de todo por unos instantes y se dirigió al bar de la avenida, esa que queda cruzando la fea iglesia de la ciudad, donde todos los habitantes escuchaban atentamente las palabras del sacerdote. Pero no era momento para entrar en ningún lugar que no fuese un bar, para ahogar las emociones, no necesariamente en el licor, sino con las palabras, con la conquista de un oído ajeno que sienta interés y se deleite por sus palabras, dulces como siempre, en la felicidad o en la tristeza, no dejaban de ser dulces.


    Se sentó al lado de la barra y miró a su alrededor, había poca gente, y conocía una que otra persona, estaba Veliko riendo a carcajadas en una mesa, acompañado por una mujer y unos amigos, siempre había sido distintivo en él la risa, la broma y diré que la felicidad, pero es algo que fluctua mucho. Lo acompañaba a veces en sus penas, pero no era mas que un borracho que pensaba que la vida no era mas que un gran chiste del que se debe de gozar con un buen whiskey y en la compañía de unos amigos, y nada mas. En cierta ocasión, en una de tantas borracheras, tuvo la osadía de salir a las calles corriendo a tocar el busto de cada mujer que veía, y sus carcajadas iban en aumento y en aumento, saltaba como un niño pequeño mientras detrás de él varios novios y maridos molestos le gritaban o le perseguían. Y el muchacho solo lo miraba y le daba gracia su actitud, incluso llegó a envidiarlo y se lo hacía saber, Veliko reía y respondía: "No seas tonto, tu debes valer mas que yo y que todos los que están aquí, solo que a mi eso no me importa y me parece graciosa mi situación".

   El muchacho notó la mirada de él y le hizo un gesto con la cabeza para saludar, Veliko hizo lo mismo y le guiño el ojo, acto seguido continuo en su mundo de risas y burlas, el mundo que no conoce el amor, el mundo en donde no hay poetas, ése era el mundo de Veliko.
      —¿Qué deseas muchacho? —le decía Zivanek.
      —Muchas cosas deseo, pero por ahora, que sea un whiskey —le respondió desganado.
      —Tiempos difíciles ¿ah? —preguntó el viejo Zivanek, mientras servía el whiskey como por inercia sin usar sus ojos. Treinta años manejando su negocio le dieron la habilidad de servir sin la necesidad de usar sus ojos, aunque no es talento que cause asombro en el público, el muchacho siempre admiraba su habilidad, él sonreía satisfecho por el cumplido y sonreía humildemente.
     —Sabes que siempre son tiempos difíciles, por lo menos lo son para mí —dijo el muchacho mientras miraba triste la mesa de Veliko y pensaba, "lo tiene todo, y yo, yo no tengo nada". Pensaba en que moriría sin ser y peor aún, moriría sin ser mientras ve como los demás son y dejan sus grandes huellas en todos lados, dejan las ondas del sonido de sus risas golpeando en el eco de las paredes de los edificios y en las montañas de los paisajes.
     —Hace un rato —dijo Zivanek—, estaba sentada en ésta misma silla en la que tú estas ahora una mujer, era muy bella — y sonreía mientras limpiaba un vaso con un trapo blanco.
Zivanek nunca tuvo hijos, y su esposa murió hacia ya unos quince años, no había vuelto a estar con ninguna otra mujer desde entonces, pero era un viejo simpático y el joven lo estimaba mucho, además no parecía tan viejo. Era muy amable con ellas y ellas siempre sonreían a sus tímidos cumplidos, era un gran conversador, eso era cierto y nadie le quita eso, era un hombre elocuente.
    —Deberías de buscar una mujer, ha pasado ya mucho tiempo hombre, el pasado es pasado por algo, para ser pasado.
Zivanek dejo el vaso a un lado, reluciente y brillante, y miró al joven con una sonrisa.
    —Yo no olvido, reír y olvidar no —dijo mirando fijamente al joven—, la única vida que me queda son los trozos de recuerdos que aún están vivos en mi mente, las vacaciones, los viajes, los amores y las tristezas. Olvidarme de ello sería olvidar mi vida, y si olvido mi vida quién soy yo, dónde están las huellas de mis pasos y las caricias perdidas en el viento. Recuerda algo hijo, el pasado nunca ha querido ser pasado, el pasado quiere ser presente pero el tiempo no se lo permite, y esos recuerdos son las visitas del pasado al presente, son lo que lo mantienen vivo. En cambio los olvidos, son la muerte total del pasado, de que hubo algo, es la inexistencia, es la nada.
    —Siempre te pones de profesor ¿no? —dijo el joven con una sonrisa sincera.
    —Siempre quieres escucharme ¿no? —respondió Zivanek con una sonrisa sarcástica y le dio una palmada en la cabeza.

   Así hablaron un rato y las vidas pasaban a su alrededor, tomaban uno, dos, tres tragos y se iban, o a lo mejor se quedaban hablando con nuevos conocidos, con nuevas historias. Porque después de todo, bien lo sabe el muchacho y bien lo sé yo, un bar puede ser el lugar con mas historias contadas, que aún se dejan oír en las bocas de los poetas y bohemios que arriman al sitio, viejo, acabado, pero único y claro, histórico.
"No hay que olvidar", decía en varias ocasiones Zivanek, y esas palabras habían quedado grabadas en la cabeza del jóven.
Pero ¿cuál era la razón por la que el joven Claude se encontraba en el bar hoy? la infelicidad lo rodeaba y estaba mas desdichado que nunca, ése día se había dado cuenta de que no era un hombre feliz, de que se mantenía en el desespero y en la angustia, y siempre sentía el vacío del amor de mujer que no había sido correspondido. Yo sabía de su angustia pero no podía hacer nada, y él tampoco quería que hicieran algo por él, no se abría mucho con sus sentimientos y le gustaba sufrir en silencio.
   ¡Qué digo le gustaba, por supuesto que no le gustaba! ¡Quién quiere vivir solo para sufrir y llorar! Mas bien preferia sufrir para sí sólo, que compartir el sentimiento con los demás, solo lo hacía cuando se dejaba llevar por el licor y terminaba en la madrugada cantando con Veliko, con Karel y con los demás clientes del bar. Con la botella en la mano y cada uno sufriendo las penas del otro, reían a carcajadas y volvían a la tristeza, y así sucesivamente, hasta que el sueño podía con ellos y se dejaban caer en el suelo para esperar otro sol nacer.

    —¡Hola muchacho! ¡ya te extrañaba hombre! —Veliko le dio una palmada en la espalda a Claude y soltó una risa de satisfacción por su compañía — ¿ves esa chica de allá? la rubia, la conocí ayer cuando llevaba unos encargos al....
    —No me interesa —dijo Claude sin mirarlo a los ojos.
Veliko se sintió ofendido pero creyó comprender la situación y puso una cara seria, algo que casi nunca se puede ver en él, un hombre al que temprano le empezaron a salir arrugas por reírse tanto, pero comprendía las situaciones que un hombre enfrenta y él no era todo alegría, era todo burla, porque sí hay que hacer la distinción, la burla no da alegría ni felicidad, da un sentimiento de euforia por la gracia con que se dice, pero en el fondo no debe esconder mas que o una tristeza reprimida o un odio reprimido. Así era para Veliko, no conocía el amor, solo conocía la amistad y le gustaban mucho las mujeres, aunque se jactaba de ser misógino y la gente lo veía con cara de desagrado cuando declaraba esto, pero siempre se paraba y aclaraba con su sonrisa distintiva y voz regia:
"No odio ni desprecio a las mujeres. Sé tratar a una mujer, sé hacerla sentir bien y sé hacerla sentir soñada. Admiro a la mujer, pero rechazo la femineidad por encima de ella, a diferencia del poeta o adorador. Yo sé hacerla feliz, yo hago que sea felicidad y placer". Y después reía.

   Pero la gente decía que no entendía qué era el amor, y bueno, pues en realidad es cierto, lo que hacía era ridiculizarlo y reírse de él a carcajadas. Bien sabía algo Claude, el amor no era ridículo, el amor no tiene nada que ver con la risa y sabía que el mundo se dividía entre el mundo del amor y la burla, él había escogido el primero, pero el segundo siempre le coqueteaba y sacaba risas de su interior, risas para olvidar los problemas, risas para olvidar que hubo un ayer y que habrá un mañana, que solo hay un hoy y el disfrute es para el bien del hoy, que el olvido es la salida del sufrir y la risa es la medicina. Pero cómo iba a olvidar, si el pasado era su identidad, sus cicatrices eran la señal de que alguna vez hubo, que alguna vez fue, y esos olvidos que la memoria no recuerda no harán mas que atacar como punzadas de dolor. La impaciencia, la angustia y la desesperación del joven eran precisamente porque sabía que necesitaba algo, pero no sabía qué, y eso le deprimía, lo dañaba por dentro, no lloraba muy seguido, pero su mirada sí se perdía en el vacío como buscando ese amor correspondido que nunca fue, buscando ese pasado lleno de alegría que nunca tuvo.
   Y tenía una profunda lítost, y acá abriré el paréntesis yo, para aclarar qué es la lítost. Ésta palabra es de origen checo, es intraducible, y representa un estado de padecimiento producido por la visión de la propia miseria puesta en evidencia, y es necesaria ésta palabra, porque el gran diccionario de la Real Academia Española no contiene un palabra que pueda usar en remplazo de ésta.


    —Otra vez te sientes miserable —dijo Veliko, no era una pregunta, era una afirmación. Claude movía su vaso rebosante de whiskey (ya era el tercero) y mando otro trago a su boca, después miro a Veliko.
    —Soy miserable, nunca he sido nada diferente, soy la inexistencia perdida en la nada.
    —Déjate de estupideces y no me hables esas bobadas a mí —Veliko se enojaba y fruncía el ceño—. Tienes que salir de esa tristeza que siempre te ataca.
   —No puedo hacer nada, soy un miserable, un infeliz, solo tengo deseos y esos deseos mueren con los constantes fracasos, y al final, en el silencio y la soledad, moriré yo junto con todos, todos ellos.
Veliko miró hacia el fondo del bar pensativo y ya se dignaba a hablarle después de organizar sus ideas, pero se le adelantaron.
    —La muerte es bella —comentó un hombre al otro lado Claude. Éste ganó la atención del mismo y Veliko lo miraba como con molestia por encima del hombro del joven, pero no dijo nada. El hombre tenía una barba blanca larga y unas gafas redondas, se parecía a Santa Claus.
    —Sí, la muerte es bella —continuo—, de la misma manera la vida es bella, en este mundo lleno de contradicciones es mejor apreciar la belleza de cada cosa, saber apreciar la muerte requiere de que haya aprecio por la vida, y viceversa. Ser miserable no es ser víctima de la mala suerte, es apreciar mas la tristeza que la felicidad, es bueno estar triste, y es bueno estar feliz, las cosas solo son y hay que vivir con ellas. Goce su tristeza, admírela, apréciela y sepa saborearla, deje la tristeza ser, ya le llegará turno a la felicidad.


   Veliko y Claude ya no decían nada y los dos tenía su mirada clavada en los ojos del viejo, de ese papá Noél que mandaba un trago a su boca y se saboreaba hasta la última gota de alcohol. El viejo los miró y solto una risa infantil, ellos esperaban que continuará con su discurso después de aquella intervención, o lo que pareció serlo, pero el viejo se paró, se puso su sombrero, dejo unos billetes en la barra, los volvió a mirar sonriendo y se fue.
   Me sorprendía yo que no estaba allá presente, con estas situaciones de todos los días, siempre había una persona nueva y un cofre de recuerdos mas, gente que escuchaba con atención las situaciones de la otra persona e intentaba contar las propias también, esa conquista del oído de la otra persona que es tan valiosa para el ser humano, esa necesidad de hablar de sí mismo y reafirmar su cualidad del ser. En El libro de la risa y el olvido, Kundera dijo del amor: "... el amor es un preguntar constante. Sí, no conozco ninguna definición mejor del amor", y claro, hablar de cada uno es una cualidad del ser, algo que hace parte de su naturaleza. Una persona muy sola no le parecería mala la idea de ir a un interrogatorio solo para que le pregunten de él, y hablar de él con la fluidez con la que pocas veces lo hace. Esa necesidad de decir "Yo existo", "Yo soy". La necesidad del ser de ser. Buscar el amor.


    —Pero claro que fue una mujer —dijo Zivanek—. Las mujeres son el todo y la nada del hombre, y por lo tanto, éste esta en el limbo de la felicidad y la tristeza.
Veliko hizo un gesto de desaprobación e irritación.
    —¡Claro que es una mujer! ¡Siempre es una mujer! —dijo Veliko colérico e irritado mientras se ponía las manos en la cabeza como gesto de desesperación.—¡No le des tu vida a una mujer, porque estarás en el borde del abismo! ¡Qué necio eres!
    —Tú no lo entiendes —dijo Claude.
    —¡Por supuesto que lo entiendo! ¡Te dejaste llevar por la belleza de una mujer, quieres estar con ella y no puedes! ¡No puedes darle tu vida a una mujer! ¡Es lo mas peligroso que puede hacer un hombre!
  Mientras Veliko gritaba, Zivanek vio un pequéno papel (tal vez no tan pequeño) al lado del vaso de Claude, quien lo había puesto ahí cuando llegó, pero al cual el cantinero no le había prestado atención hasta ese momento en que el ruido de las cuerdas vocales de Veliko caía como ráfagas sobre Claude. Disimuladamente, lo cogió y se apartó como si fuera a servirle un trago a alguien mas, en parte era cierto, claro, y se digno a leer. Eran unos versos tristes, o tal vez no tristes, pero sí miserables, el joven los había escrito, quien sabe qué habrá pasado para que quedara en su miserable lítost o digamos simplemente, infelicidad. Zivanek lo leyó detenidamente:

"La sensación de asombro que ahora me abarca,
me da fascinación del mundo y todo me parece tonto;

todas las personas caminan, ríen y viven,
sin embargo, todo me parece tonto;
mi padre pasa como un infinito libro de recuerdos, de vivencias,
yo no le hago una sola pregunta y me parece que soy un tonto;
hay una mujer que me atrae y me invita al peligro,
me niego y en mi soledad me parece tonto;
las gotas de lluvia caen y golpean el asfalto con ansias de romperlo,
yo mientras tanto pienso en el amor y me parece tonto;
solo la tristeza y la soledad me acompañan calladamente,
me concentro en no pensar, sonrío y sigo siendo tonto;
ni amor, ni compañía, ni la vida misma quiere hablarme,
yo sé que ellos son unos tontos;
todo pasa, la vida pasa, la risa y el olvido pasan,
y yo sigo siendo un tonto, un tonto, un tonto;
y allá está ella"

Miró al muchacho pensativo, no es un buen poema, pensó, pero eso no era lo que le importaba, sino el significado del mismo, la muestra de un hombre que ya no le encuentra significado a nada, que no ve la belleza, que no ve el sentido, que no ve... ¡Que no ve la vida por Dios! era una muestra de la entrega a la muerte, pero entiéndaseme, a la muerte en vida, al vivir por vivir sin mas, es decir, una vida que no quiere hacerse valer, que no quiere hacer nada mas que quedarse quieta mirando al entorno y viendo su estupidez, su tontería. Todo vacío, silencio y nada.
   Zivanek estaba inquieto, o quizás no inquieto, pero si muy curioso por algo, pero no sabía qué, no era la tontería hablada por el muchacho, ni las memorias de un padre lleno de recuerdos, no. Miró otra vez al muchacho, seguía discutiendo con Veliko, si se puede llamar eso discusión, porque solo eran los regaños de Veliko, que no perdían fuerza, a pesar de que estaba un poco mas calmado que hace unos minutos y no había... ¡Claro! ¡Eso es! Zivanek se dió cuenta de lo que lo inquietaba, por supuesto que sí, era el final del poema, y allá estaba ella, debe ser una mujer, claro, pensó. Pero quién era la mujer en sí, qué significaba ella, la mujer puede llamarse desde amor hasta odio, puede llamarse peligro y salvación, aventura y calma, ¿qué era ella? ¿simplemente una hermosa musa de la cual cayó enamorado el joven? ¿o no era una mujer y ese ella representaba algo mas? Estaba confundido.

     —...¡¿O es que necesitas dinero?!— dijo Veliko, un poco mas calmado.
     —No, no, eso no. Simplemente no quiero nada ahora, quiero ahogarme en mí —dijo el joven, hizo una pausa como recordando algo y se dirigió a su amigo—, ¿sabes? creo que haré lo que el viejo dijo, gozaré de mi tristeza, la apreciaré y después la dejaré ir, pero por ahora es su turno.
     —Tienes razón, las emociones hacen fila ansiosas por tener su turno —dijo irónicamente Veliko—, la felicidad no importa.
     —Está bien, te diré —dijo, y Zivanek se acercaba interesado, todavía confuso.

   Claude había estado tras una hermosa mujer llamada Hana, una mujer de cabello rubio, ojos azules y unos senos pequeños y redondos. Pasaba noches desvelado con ella, solo hablando y hablando, tenían mucho de que hablar y nunca estaban de acuerdo en nada, eran muy diferentes, por lo que siempre habían muchos temas al aire y les gustaba debatir, de la política del país, del ser, del amor y el sexo. Ella acostumbraba a pasearse desnuda por toda su casa, lo veía muy normal y le gustaba que el viento de su balcón golpeara su desnudo cuerpo. Claude no hacía mas que admirar todo su ser, su cuerpo, y en una ocasión, después de hablar sobre por qué el mundo occidental estaba regido por el discurso judeo-cristiano, ella fue por un café y se fue para el balcón, era con vista a la playa y seguro nadie la vería a esas horas de la noche (tampoco le importaba si lo hacían). Claude la veía desde atrás, su forma y su figura, sus anchas nalgas y su larga espalda sobre la que caía su rubia cabellera, y la admiraba como nunca, en esta ocasión Claude sintió como su líbido empezaba a aumentar, pero se quedaba quieto y la miraba, y a ella le gustaba ser mirada por él. Esos momentos de silencio, eran incluso mas valiosos que los que se pasaban hablando, ella observaba el paisaje, el turbulento mar y el viento que lo seguía, el lunar blanco del cielo anochecido y la luz de las estrellas haciéndose notar, mientras que él veía el deseo vuelto mujer, el todo y la nada, y toda su filosofía se perdía solo en ella, todos sus versos se perdían en ella. Toda su poesía se perdía en el cuerpo de una mujer, desnuda y con la noche abrazándola.
   Sólo sus ojos la tocaban, a veces también sus manos y su boca, pero nunca su cuerpo, era una obra de arte a la que si se le tocaba se le correrían las delicadas pinceladas y los colores bien mezclados. Era ver su vida hecha un paraíso, pero no hacer parte de ese paraíso, simplemente estar en la frontera del mundo y de él, esto lo desesperaba y la angustia carcomía sus entrañas, porque sabía que todo era muy peligroso, todo era muy nocivo para él y podría hundirse en el olvido en cualquier momento, porque la amaba, pero no quería entregar su mundo a una persona, se fundiría con ella y serían un solo ser, ¿pero de verdad quería eso? ese es el amor, cuando comprendemos a la otra persona hemos de entender que comprenderla es fundirse con ella e identificarse con ella, no sabía qué hacer.
   Ella lo amaba, y creo que él lo sabía, al menos yo sí, pero el miedo no dejaba ser al poeta un adorador, el miedo lo convertía en un hombrecillo nervioso, que mira a los lados en busca de un lugar seguro, porque siente que los gigantes monstruos se acercan y buscan por él para llevarlo a un mundo de tinieblas y muertos. Acostarse con ella sería echar a perder la obra, nunca la vería igual otra vez, por eso todo eran caricias y besos, solo caricias y besos, y palabras, claro, la mejor caricia es dada por la palabra, susurrando al oído el sentimiento guardado, conquistando el oído, conquistando la mujer. Y la seguía Deseando con todo su cuerpo, fundirse con ella en una cama, estar bajo su cuerpo con sus hermosas nalgas saltando sobre él, y los dos embriagados de placer, y de gritos de satisfacción, cansancio y deleite. Pero siempre se detenía, y recordaba que admiraba tanto la pintura como para dañar las delicadas pinceladas con que se hizo, y como en un museo, solo se dignaba a mirar y a apreciar.
Era infeliz, era miserable, lo sabía.


   Veliko se miró con Zivanek, una mirada rara y difícil de describir, no eran amigos, pero les gustaba hablar de mujeres.
De pronto, Veliko estalló en risas, carcajadas que llamaban la atención de las otras mesas, miradas ajenas se posaban en él y algunos se contagiaban del sentimiento y lo seguían.
 Se calmó un poco, tenía algunas lágrimas en los ojos, esas lágrimas de risa, tan contradictorias con el sentimiento.
     —¡Eso fue hermoso muchacho! haz feliz a una mujer, pero ten tus ojos bien abiertos —dijo limpiándose las lágrimas—, ahora, ve por ella —concluía mientras señalaba la entrada del bar y se recuperaba de su ataque de risa.
     —No, ahora no, ahora quiero quedarme aquí, quiero morirme aquí, y mañana quizás no, y vuelva al mundo de afuera, a sufrir, pero estoy bien, estoy bien.
     —El problema es que le pones demasiada importancia a las cosas muy rápido —dijo Veliko golpeando la mesa y sonriendo, otra vez como siempre sonriendo.
     —Tú le tienes miedo al amor —interfirió Zivanek dirigiéndose a Veliko—, por eso vienes aquí y tienes una mujer distinta siempre, porque temes amar y nunca vas a saber lo que es amar —Veliko lo miró fijamente, con su sonrisa pícara.
     —Yo sé vivir, yo sé reír, yo sé disfrutar, no tengo que ver todos los días a la misma mujer para vivir feliz.
Zivanek soltó una risa de lástima.
     —Es que tú no eres feliz, lo deberías saber —le dijo Zivanek—, te ahogas en licor para evitar recordar que no tienes alguien con quien dormir y ver el amanecer, con quien tomarse de la mano, alguien con quien ir mas allá del beso y la caricia, la entrega a la mujer, ese salto al vacío, que se mide por la valentía de cada hombre. Usted señor, usted es el miserable aquí —concluyó el viejo canoso, viudo sin nada mas que una cantina, pero lleno de vida y experiencias. Bien entendido fue, lo llamó cobarde, un pobre cobarde, y todas miradas fueron atraídas por esto (el bar ya estaba lleno en esos momentos), a pesar de no haberlo dicho en voz alta, pero por esas cosas de la vida, se había hecho el silencio cuando pronunciaba las palabras: "usted es el miserable aquí".

   Veliko se pasó la mano por su barbilla, mientras miraba una botella de vino guardada en los estantes, cosecha del '58 si mal no recuerdo, una estampa holandesa, el vino que solía escoger su padre cuando bebía, un alcohólico que lloraba todos los días porque no encontró nunca un amor, o si lo encontró se le escapó fugazmente, todos los recuerdos de un padre llorando, una esposa que vivía aburrida de él, un hijo que veía como sucedía todo esto, golpizas por malas calificaciones, vacaciones encerrado en un cuarto, días de lluvia soportando frío cuando era echado de su hogar, maltratos, insultos y humillaciones. Todo esto, en esa botella de vino holandés. Sus ojos estaban llenos de agua salada, miró al viejo cantinero y haciendo énfasis en cada palabra, en cada sílaba, en cada acento, respiro hondo y le dijo a Zivanek.
    —Hay que reírse de las desgracias, porque sino, nos encerraremos a llorarlas —¡Era su famosa frase! ¡Era la ley por la cual vivía! ¡Era él escrito en prosa! Eso era. Toda su vida eran esas palabras, todo él era esa frase y no se podía negar a ello.
Todos miraron curiosos, sus palabras golpearon las paredes y las caras incrédulas se miraron, abrieron sus bocas con euforia y gritaron juntos, a unísono como si lo hubieran ensayado todo el año, toda la vida: "¡HAY QUE REÍRSE DE LAS DESGRACIAS, PORQUE SINO, NOS ENCERRAREMOS A LLORARLAS!", alzaron sus copas y brindaron juntos, esas palabras eran parte de todos los allí reunidos, no sólo del amigo del joven.


    Al poco tiempo Claude se encontraba riendo a carcajadas en la mesa de Veliko y éste le abrazaba con una mano y levantaba su botella de whiskey, mientras cantaban y cantaban y cantaban, la noche se iba esfumando, el sol llegando, y el cantar de ellos se escuchaba mas animado aún, todo el bar se les unía y reían el uno del otro, se burlaban del mundo, porque si había una frase que distinguía a Veliko y la repetía varias veces: "Hay que reírse de las desgracias, porque sino, nos encerraremos a llorarlas". Y ése era su lema y el de los acompañantes con los que iba, la muerte era objeto de risa, la vida era tan ridícula que reír ya se volvía un acto inercial. Risas, burlas, canto, amistad, alcohol y gritos de euforia llenaban el bar, llenaban a cada uno de los integrantes del corillo de borrachos buenos para nada, todos tan felices y dichosos, que ocultaban en el alcohol las desdichas de los recuerdos, o mas bien, de los olvidos. Reír y olvidar, en eso se basaba todo, en borrar el pasado y borrar las huellas del ayer para pensar en el hoy. Sin saber que al borrar el ayer, se borraban a sí mismos.


"No hay que olvidar", murmuraba para sí mismo Zivanek, mientras los miraba. "No hay que olvidar, hay que ser". Y en la lejanía vio al viejo barbudo papá Noél, que lo miraba y soltaba un risa infantil. Todo era risa, todo era olvido. Todo había muerto ya.





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