“Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No es el ruido externo lo que nos aturde; es el grito de las pasiones. No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas un medio para acallar la propia algarabía”.

Fernando González Ochoa

jueves, 22 de mayo de 2014

G. y El Profesor. Parte II

Durante unos momentos, sólo se oían las gotas precipitándose afuera, golpeando violentamente el asfalto, los autos y los transeúntes, y por misteriosa preferencia, acariciando las hojas de los árboles. El cielo gris violáceo argentaba las nubes, que misteriosas, calladas y silentes, daban luz a perlas blanquecinas de inmensa belleza y luminosidad idílica, que animadas por el mismo sol, se despeñaban cándidas hacia la tierra de verde vida, y el cemento anodino y plomizo.
Una paloma blanca se refugiaba bajo un pequeño techo saliente de uno de los tantos ventanales de la ciudad, esperando a que calmase la lluvia vespertina, y en su curiosidad inocua, miraba con discutible curiosidad hacia el salón al otro lado del ventanal, donde un hombre recostado en un diván con mirada perdida en el espacio esperaba lo desconocido; y otro hombre detrás de éste, y sentado en una silla, apoyaba la barbilla sobre su mano y parecía buscar ideas en el aire, tan invisibles para él como para la paloma y las gotas de lluvia.

—No sé si estar de acuerdo con eso que usted dice—masculló G.
—No tiene que estarlo.
—Simplemente creo que no estoy buscando salirme de nada, estoy confundido, por chocar con el hecho de que parece que todo no es lo que siempre fue, si no que se reduce a conceptos, que por su obvia naturaleza, son subjetivos en su constitución, y me parece imposible entender las cosas si no es objetivamente, por lo que tengo que situarme en la duda de todo y en la no comprensión, si es que quiero ser fiel a mi razonar... Sea lo que sea esto que acabo de decir.
¿No le parece que me está dando en parte la razón?
—No sé.
¿No cree que esto que lo aflige es el producto de ser una víctima de la pasión?
—No lo sé...Y no lo sé, porque no entiendo, me resulta difícil entender lo que usted dice, porque he llegado al punto en que me confunde la manera en que se expresan los demás, y no puedo comprender verdaderamente lo que querían decir, si no más bien, capto ideas, y las relaciono con lo que se supone significan, y acto seguido, doy un sentido a aquello.
G. dio cuenta del alado espía en el ventanal y lo señaló con su mano derecha, la que levantó débil del diván, como si pesara más que su propio cuerpo.
—Esa paloma... Es bella, sé que no sé, pero inevitablemente algo me impulsa por dentro a sentir impulsos tan misteriosos como el mirar de esa ave. A veces me encuentro en la noche, mirando las estrellas, clavadas en un amplio manto cobalto, y aunque mis pensamientos nunca me abandonan, no puedo evitar dejarlos a un lado por un momento para decirme: ´´no sé porqué lo digo, no sé qué digo, no sé para qué lo digo, incluso no sé si es cierto que nada sepa... Pero esto es algo tan bello, tan hermoso, que conmueve, que fascina``... Y algunas lágrimas corren por mi rostro.
—Razonar no siempre es lo mejor, no siempre es la conciencia quien tiene la razón, a veces hay que dejar hablar el alma.
—No sé ponga poético profesor.
—No viva confundido G.
—Acláreme usted algo: ¿a qué se refiere con víctima de la pasión?
El profesor se levantó de su silla y soltó un suspiro expresando el cansancio de un día ajetreado. Se dirigió a la cafetera que se encontraba a lado del escritorio de la estancia, poco más a atrás del diván donde G. se encontraba, éste le miró mientras él se servía un café con toda tranquilidad y dando la espalda a su huésped. Tomó un sorbo de aquel oscuro y amargo elixir etiópico, y cerró los ojos mientras dejaba al líquido caliente recorrer su boca y su garganta. Finalmente, dio un nuevo suspiró y se volvió hacia G.
—Esa pasión nace de los deseos y anhelos ilimitados, que nos atan a las actividades materiales y crean el apego. Todo es consecuencia de los sentidos y no tener una mente controlada. Me explico: aquella persona sin apego, que no se regocija cuando lo bueno le sucede, ni se enfada algo malo le pasa, tiene una estabilidad mental perfecta. No es fácil llegar a tal punto, pues renunciar al goce de los sentidos mediante regulaciones, no borran la permanencia del deseo sensual. Esto que digo, es algo de conocimiento védico. Ahora, lo sentidos son parte de todos nosotros y no se puede pretender eliminarlos, pero sí controlarlos, a pesar de que son tan fuertes e impetuosos, que llegan a arrastrar la mente del hombre que intente controlarlos.
—Continue.
—Aquí llegaría la parte interesante, que explica el origen de su confusión. Cuando son contemplados los objetos de los sentidos, una persona desarrolla apego por ellos, de este apego nace la lujuria, y de esta lujuria surge la ira. De la ira, nacerá la ilusión, y de ésta, la confusión de la memoria. Entonces es aquí, cuando la memoria se confunde, que se pierde la inteligencia, y una vez perdida esta, caemos en el charco materialista, a merced de nuestros sentidos. Esa pasión, se fundamenta en la identificación con el cuerpo, y la búsqueda por complacer los sentidos.
—Pero...—Se detuvo G.¿Si no soy mi cuerpo, qué soy?
—Esa pregunta, es una pregunta que usted debe de hacerse.
—Me gustaría que me diera respuestas.
—Y a mi me gustaría ser portador de ellas.
G. se detuvo a pensar un momento, absorto en sus pensares, mientras clavaba su mirada en las argentadas nubes del cielo, que servían de testigos a aquella conversación de dos hombres en negro, con nada más que sus pensares, y nada menos que sus sentimientos, sólo dos hombres en el tiempo de apurado paso, nada más que uno de tantos recuerdos, que se van añejando y se vuelven amarillentos.
—Yo...—entonó G.—Creo que esta conversación no llegará a una respuesta.
—Llegará a donde deba llegar.
—Pues entonces creo que ha llegado allí. A veces nuestras palabras se pierden en el aire, nuestras miradas en el rumor de la lluvia, nuestras ideas en las penumbras y nuestras emociones en la pasión. Yo no sé porqué sigo viniendo a hablar con usted. Siempre vengo buscando respuestas, y me marchó con muchas preguntas; no comprendo porqué usted continua recibiéndome, porqué continua escuchándome, y porqué me habla con tan amistosa elocuencia. He de decir, que en lo estrepitosa que es la actividad de vivir, aún quedan razones para sonreír, como esta simple y pueril plática, tan vana, pero tan única.
—Ahora el poeta no soy yo, su manera de hablar dice mucho de usted, el fiel ejemplo de dos personas luchando dentro de una sola. Una constante pelea entre el Yo racional y el Yo emocional, esa relación tan estruendosa que lo llena a usted de angustias y preocupaciones. Usted se hunde en los charcos filosóficos propios de la razón, pero lo domina tanto la emoción y el sentimiento, que se siente perdido, se confunde y cae en la intranquilidad y la zozobra. Usted es aquel que come con pinceles, y pinta con cubiertos.
¿Dice que no soy racional?
—Digo que es una persona de emoción, de intensa pasión y sentimiento. Digo que busca desesperadamente aferrarse a la razón como único medio para entender un mundo tan inentendible como él mismo. Que cae desconsolado en una lucha sin espadas ni soldados, que sólo vive en una mente turbia como lo es la suya. Usted es la fiel imagen de la pelea entre lo que se es y lo que se quisiera ser, y cae en el círculo del tormento como si no hubiese otro destino. Está perdido, porque así parece quererlo, buscando con ahínco a quien le ha robado, para encontrarse con que aquel criminal es usted mismo.
—No lo sé.
—Claramente lo sabe, pero hoy no será cuándo se de cuenta de ello.
—Gracias por el tiempo prestado profesor, valoro esta charla. Hoy es una de las muchas conversaciones que sin fin tendremos.
—Ciertamente.
G. se levantó del diván y le extendió la mano al profesor, el cual se la tomó y la apretó con fuerza, dejando avistar una ínfima señal de sonrisa maliciosa en su rostro. La puerta del aposentó se cerró al tiempo que caían las últimas gotas en las azuladas montañas de aquel manso paisaje, mientras una paloma blanca hacia allí volaba, buscando el azul que en el cielo aún quedaba.

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